Crítica
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Cantar al piano

El pianista Emanuel Ax apuesta por el lirismo en Schubert y Chopin

El pianista Emanuel Ax.
El pianista Emanuel Ax.Lisa Marie Mazzucco

Emanuel Ax (Leópolis, Ucrania, 1949) hizo una “modesta propuesta” al público en 2009 a través de su blog. El pianista estadounidense de origen judíopolaco sugirió un comportamiento similar a la ópera en los recitales pianísticos. Se refería a los aplausos. Mientras lo habitual entre los movimientos de una sonata era toser o carraspear, en la ópera se producían imponentes algarabías colectivas tras un aria. Interrupciones que, según sus palabras, permitían enjugar las lágrimas o sonarte la nariz. Han pasado los años y todo sigue igual. Los integrantes del público nos mantenemos obedientes a Schumann al transmutarnos en pagodas de piedra durante cada recital, aunque no siempre con éxito. Nada ha alterado el desparpajo mediático de algunos pianistas ni tampoco los experimentos teatrales de dramaturgos y artistas plásticos. El recital clásico de piano se mantiene inmutable en su seriedad desde hace más de un siglo. Lo reconocía con humor el pianista Arthur Rubinstein cuando confesaba haberse pasado la vida vestido como un empresario de pompas fúnebres tocando un instrumento parecido a un ataúd.

EMANUEL AX.

Obras de Schubert y Chopin. XIX Ciclo de Grandes Solistas Pilar Bayona. Auditorio de Zaragoza, 10 de noviembre.

Ax pertenece a una tradición mítica de grandes pianistas. Por formación se remonta a nombres de la talla de Egon Petri o Ferruccio Busoni. Aunque nació en la Ucrania soviética de padres polacos, se formó en Nueva York en la famosa Escuela Juilliard. Pero también en el Carnegie Hall. Allí escuchó en los sesenta recitales de los más grandes nombres del teclado como Horowitz, Rubinstein, Richter o Gilels. Creció imitándolos. Y, a pesar de que no pueda compararse con ninguno de ellos, sus recitales mantienen idéntica estructura y repertorio. Ax tiene un sólido prestigio internacional como solista y músico de cámara. Son actividades que trata de emparentar y hasta en sus recitales como solista se siente la huella del fértil acompañante. Su repertorio es eminentemente germano, desde Mozart hasta Brahms, al que suma un Chopin de hondas raíces polacas.

En su gira europea, que ha pasado por Madrid, Alicante y Zaragoza, el pianista norteamericano ha combinado lo germano con Chopin, tras suprimir la nueva composición del joven Samuel Adams que estrenará próximamente. En la primera parte emparejó los cuatro últimos impromptus de Schubert con los de Chopin, es decir, los tres de su catálogo junto a la póstuma Fantasía op. 66. Una combinación peculiar ya que ambos ciclos no comparten entre sí mucho más que su denominación. De hecho, Schumann pensaba que tras el D. 935 se escondía una sonata perfectamente planificada por Schubert. Con esa coherencia sonó en manos de Ax. Tras el espontáneo aplauso del público al final del tercer impromptu, el pianista despertó de una inicial grisura. Ofreció una feroz versión del último impromptu que casi emparentó en carácter con una cabaletta operística. Llegó después ese Chopin entre polaco y francés que cultiva Ax. Tan equilibrado en fraseo como en articulación. Y nuevamente reservó lo mejor al final y la Fantasía op. 66 sonó más atrevida y vigorosa.

En la segunda parte regresó a un Schubert eminentemente lírico. Pero su interpretación de la segunda pieza del D. 946 sonó neutra y poco proclive a representar los paisajes desolados que la emparentan con el Viaje de invierno. Su recital se cerró con la Tercera sonata de Chopin donde apenas ahondó en lo enérgico de una música escrita tras la ruptura del compositor con George Sand. Ax enlazó un movimiento con otro, sin dar pie a ninguna reacción del público. Al menos reservó lo mejor de la noche para el movimiento lento, con un inolvidable cantabile final al que llegó sorteando un rosario de fascinantes modulaciones. Tras los fuegos de artificio del último movimiento de la sonata, terminó decantando su recital hacia el lirismo chopiniano con otro ejemplo de canto al piano como propina: el Nocturno Op. 15 nº 2.

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