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Un ‘western’ feminista y ambicioso

‘Brimstone’, del holandés Koolhoven, asume riesgos y se queda cerca de un gran resultado. Ozon propone la correcta ‘Frantz’

Emilia Jones, el director Martin Koolhoven y Dakota Fanning en la presentación de 'Brimstone'.
Emilia Jones, el director Martin Koolhoven y Dakota Fanning en la presentación de 'Brimstone'. AP

Cada semana las salas acogen otro remake. E incluso en un festival de cine como Venecia, a priori la meca de la creatividad, se han visto hasta ahora varios filmes que adaptan una novela, un relato o algún espectáculo. Así que se agradece el riesgo de guiones nuevos como La La Land, El cristo ciego y, ayer, Brimstone, presentado en competición. El salvaje western feminista del holandés Martin Koolhoven es aire fresco y esperanzador, además del intento de un director hasta ahora de comedias irrelevantes de mostrar que puede rodar grandes películas. Se quedó, por lo menos, cerca de lograrlo.

A lo largo de cuatro capítulos, Brimstone compone una suerte de biblia de vaqueros. En el centro, la protagonista, Liz (Dakota Fanning), y el enloquecido reverendo que la persigue (Guy Pearce), aunque los fans de Juego de Tronos también celebrarán la breve presencia de Kit Harington. Alrededor y dentro de los personajes, se desatan venganza, el fundamentalismo de la fe, amor y mucha sangre. “El género me intimidaba. Son algunas de las películas que más adoro”, relató Koolhoven. Pero el holandés es capaz de construir una historia que avanza adelante y atrás en el tiempo sin perder nunca su tensión narrativa. La falta de sutileza y una secuencia final disparatada turban sin embargo la belleza del viaje.

Pese a basarse en una novela –Broken Lullaby, de Ernst Lubitsch-, el francés François Ozon también asumió riesgos para su Frantz. La rodó en alemán y en blanco y negro, dejando que los colores aparecieran en pantalla solo para subrayar los escasos momentos felices. Con su estética nostálgica, la película relata la historia de una joven germana que ha perdido a su novio en la Primera Guerra Mundial y un día se encuentra a un soldado francés ante su tumba. El tipo dice ser un amigo de Frantz, pero, como en todo filme de Ozon, su afirmación es solo el arranque de un largo juego psicológico retorcido. El resultado es correcto, pero el director de En la casa puede aspirar a más.