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PATIO DE COLUMNAS

Congreso de Jornaleros

Una encuesta del Southern Law Poverty Center encontró en 2009 que al 80% de los trabajadores latinos en Nueva Orleans se les había negado en algún momento el pago por un trabajo realizado

Cuando llegué a Nueva Orleans escuché historias de horror que habían sufrido los trabajadores que vinieron a la reconstrucción posKatrina. Hay una que resume sus padecimientos: en esa época, los delincuentes solían llamar a los migrantes Walking ATMs, cajeros automáticos ambulantes, porque siempre cargaban efectivo (no tenían cuentas bancarias ni tarjetas de crédito), y si eran asaltados no podían llamar a la policía. Los constantes robos que sufrían no se limitaban a la delincuencia común; también fueron víctimas de la delincuencia legal organizada. El caso más notable es el de cientos de trabajadores que participaron en la limpieza del Superdome luego de que miles de personas se refugiaran ahí del huracán, a los que se les negó el pago o fueron denunciados ante Migración por sus contratistas para no tener que pagarles. Pero no es el único. Una encuesta del Southern Law Poverty Center encontró en 2009 que al 80% de los trabajadores latinos en Nueva Orleans se les había negado en algún momento el pago por un trabajo realizado.

En este contexto surgió el Congreso de Jornaleros, una organización de migrantes, en su mayoría hondureños, que cada miércoles se reúne en la First Grace United Methodist Church, su santuario. El Congreso de Jornaleros asesora a trabajadores en riesgo de deportación, pone a los migrantes en contacto con sus comunidades de origen, provee información sobre derechos laborales y sirve de puente con otras organizaciones. La mayoría de sus líderes son muchachos y muchachas jóvenes. Hacen política, pero, habiendo presenciado la peor ola de deportaciones masivas en una generación, no confían en los partidos confían en las redes que han ido construyendo.

A pesar de que en las reuniones del congreso se escuchan historias terribles (una mujer contó que estuvo 16 meses con un grillete en una pierna, esperando su juicio de deportación) y de que no es época para ser optimista, los asistentes hacen bromas, aplauden, se ríen de sí mismos cuando una consigna no sale o es cantada torpemente. Y aunque las reuniones suceden al final de un día de trabajo, todavía se solidarizan con otras causas. Este miércoles vino un muchacho negro que encabeza un movimiento para quitar los monumentos racistas de la ciudad. Lo escucharon, le prometieron acudir a un acto en su apoyo y al final le enseñaron a gritar en español la consigna del congreso. “Sin pa-pe-les”, dijo titubeando, y la congregación gritó “¡Sin miedo!” y él sonrió y repitió “Sin papeles” y la congregación gritó “¡Sin miedo!” y él levantó el puño izquierdo y todos juntos gritaron: “¡Sin papeles! ¡Sin miedo!”.