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Una partida amañada

Aunque se supone que somos beneficiarios del algoritmo, lo cierto es que no sabemos cómo funciona nuestro mapa cultural

Ilustración: Setanta
Ilustración: Setanta

En el mundo predigital del siglo XX, nuestro gusto lo determinaban unas autoridades externas, los críticos y especialistas en quienes confiábamos y que nos presentaban las novedades en música, revistas, noticias, libros y películas. En el siglo XXI, los algoritmos predictivos sustituyen al especialista, y esos mapas se han convertido en nuestra nueva guía cultural. A diferencia de los mapas externos de los cartógrafos tradicionales, estos algoritmos son geografías del yo, una vuelta a la cartografía egocéntrica de autores antiguos como Ptolomeo, que situó Babilonia en el centro del universo.

Los algoritmos digitales proporcionan a todo el mundo su Babilonia. Cada uno tiene su mapa propio, un análisis de nuestro comportamiento en la Red, que cambia constantemente y predice nuestros gustos y nuestros deseos. Son automapas. Hoy llevamos esos algoritmos en el móvil; mañana estarán en las prendas de vestir inteligentes, los hogares inteligentes y las ciudades inteligentes; quizás incluso en nuestros cuerpos.

Esos datos tienen un valor inmenso que Google, Facebook o Spotify no comparten con nadie

Silicon Valley nos presenta y vende esos mapas como una forma de adquirir poder cultural. Nuestro algoritmo personal nos conoce mejor que nosotros mismos. Sin embargo, falta algo que tenía la biblioteca de Borges, que es su sentido económico. Y ese es el problema de la economía de Internet. Los datos personalizados que se emplean para sumar nuestros automapas pueden ser un entretenimiento para nosotros, pero para las empresas tienen un valor de miles de millones de dólares.

“Estamos al borde de una nueva geografía”, dice Jerry Brotton, catedrático de Estudios del Renacimiento en el Queen Mary College de Londres, “pero es una geografía que corre el riesgo de dejarse llevar más que nunca por un solo imperativo: la acumulación de beneficios financieros mediante el monopolio de informaciones cuantificables”.

Esos datos tienen un valor inmenso que Google, Facebook o Spotify no comparten con nadie. Son unos algoritmos patentados. A pesar de sus promesas de “transparencia” y “apertura”, sus algoritmos son fundamentalmente opacos.

Internet no es la respuesta. Andrew Keen. Catedral, 2016

La locura del solucionismo tecnológico. Evgeny Morozov. Katz/Clave Intelectual, 2015

La distinción. Criterio y bases sociales del gusto. Pierre Bordieu

Taurus, 2012

Atrapados. Cómo las máquinas se apoderan de nuestras vidas. Nicholas Carr. Taurus, 2014

You May Also Like: Taste in an Age of Endless Choice. Tom Vanderbilt Simon & Schuster, 2016

Every Song Ever: Twenty Ways to Listen to Music Now. Ben Ratliff. Allen Lane, 2016

De modo que, aunque se supone que somos beneficiarios del algoritmo, no sabemos cómo funciona nuestro mapa cultural. “Por primera vez en la historia”, advierte el profesor Brotton, “se está construyendo una visión del mundo con arreglo a una información que no es pública ni de libre disposición”.

Algunos sociólogos como Pierre Bourdieu comprendían la política del gusto. Bourdieu señaló que la economía cultural del siglo XX daba más poder a unos grupos y clases sociales que a otros.

La economía cultural del siglo XXI es aún más escalofriante. El algoritmo fragmenta el elemento social del gusto. Todo se reduce a un acuerdo íntimo entre él y la persona. Es inevitable que el poder económico y cultural esté sesgado en favor de las grandes empresas de datos.

La partida entre el ser humano y la máquina inteligente está amañada. No podemos derrotar a un algoritmo que nos conoce mejor que nosotros mismos y al que no comprendemos.

Silicon Valley nos presenta y vende esos mapas como una forma de adquirir poder cultural. Nuestro algoritmo personal nos conoce mejor que nosotros mismos

El algoritmo fomenta el eclecticismo cultural, un mapa completamente exclusivo de cada uno de nosotros. A medida que pasamos de forma indiscriminada de Shostakóvich a Madonna y de ella a Drake, tenemos cada vez menos cosas en común con los demás. La cultura se reduce a una conversación de confirmación con nosotros mismos, una caja de resonancia personal. De ahí la epidemia de narcisismo que está corrompiendo nuestra cultura.

La política del algoritmo cultural es especialmente aterradora. Hannah Arendt decía que las raíces del totalitarismo del siglo XX estaban en la destrucción de las instituciones intermedias entre el individuo y el Estado.

En el siglo XXI, el Gran Hermano se transforma en un mapa laberíntico de nosotros mismos, propiedad de una empresa de datos que es la que lo gestiona: más DeLillo que Orwell. Y que nos ofrece no solo un mapa, sino también una prisión. El reto es huir de ese algoritmo omnisciente sin necesidad de un plano.

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

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