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“Hay muchos prejuicios que son una forma de fanatismo”

El antropólogo e historiador palestino ahonda en la pulsión hedonista en su último libro, ‘Los placeres ocultos de la vida’

Theodore Zeldin (Palestina, 1933) tiene el aspecto de un pájaro curioso, como si esa nariz aguda oliera todo lo que pasa, en el remoto pasado y en la actualidad más intensa. Los libros de este antropólogo, filósofo, exdecano del St Anthony College de Oxford, reflejan la pertinencia (y la impertinencia) de esa mirada. Entre esas obras están Historia íntima de la humanidad y Conversación, ambas publicadas por Plataforma Editorial, que edita también Los placeres ocultos de la vida, que acaba de aparecer. Sus obsesiones son el diálogo, la estupidez humana, la curiosidad, la amistad, el odio o las guerras. De esos asuntos hablamos con él cuando fue a La Térmica de Málaga con motivo de la pasada Noche de los Libros.

Theodore Zeldin.
Theodore Zeldin. Getty

Pregunta. Usted reclama conversación para entenderse.

Respuesta. El diálogo es lo que hacen los diplomáticos. Regatean a ver quién consigue un precio mejor. La conversación es algo diferente. La nueva conversación incluye respeto por lo que dice el otro, para descubrir su visión del mundo: uno sale como otra persona. La importancia de la nueva conversación es que las mujeres participan de ella. Es el 50% de la población mundial y ahora se le escucha. Yo aprendí a hablar en mi juventud porque me hice amigo de mujeres inteligentes. Ellas me dicen cosas que desconozco. Se trata de compartir ideas inteligentes para que la mente se expanda.

P. La falta de conversación lleva a la guerra, dice, y a ello nos conducen el fundamentalismo, el hambre.

R. Una guerra nunca tiene éxito porque produce odio. ¿Por qué seguimos librando guerras? Porque nos gobiernan idiotas que han olvidado el pasado. ¿Y por qué odiamos a estas personas o tememos a esas otras? Porque nunca hablamos con ellas. No hablamos con el enemigo. Yo conversé con un ayatolá iraní. Me habló con ira, con amargura: “Los americanos, los europeos, los británicos son gente terrible, bla bla bla”. Al final su ira se desvaneció, sonrió, me abrazó. Le había escuchado, y eso era importante para él. No escuchamos a los demás, pero cuando se declara una opinión diferente la conversación se vuelve interesante.

La importancia de la nueva conversación es que las mujeres participan de ella"

P. Así que cuando concebimos a los demás como enemigos nos volvemos salvajes.

R. Absolutamente. Y de forma inútil, porque sólo les irritamos más si luchamos contra ellos. Le cuento la historia de un argelino joven que llega a Francia e intenta convertirse en electricista. Fue a ver al alcalde y no lo recibió, fue a las escuelas y no quisieron saber de él. Nadie le hizo caso, así que les arrojó una bomba. La alternativa a la guerra es hablar con la gente, saber que la gente tiene familia, saber quiénes son; si sabemos todo de ellos se convierten en seres humanos, no en objetivos bélicos. Este salvajismo nuestro no hace sino repetir los errores del pasado.

P. En su último libro escribe que la falta de distinción entre información y conocimiento puede volvernos idiotas.

R. Así es. Todos somos idiotas porque no podemos acoger todo el conocimiento. Lo más llamativo del ser humano es la capacidad de pensar, de tomar ideas y de mezclarlas. Ningún animal hace esto, sólo los humanos. Y a la gente le da miedo pensar porque cree que es doloroso, pero te permite absorber lo que dicen otros para devolverles algo tuyo. Y yo me he pasado toda la vida impartiendo conocimiento y por supuesto soy más ignorante ahora de lo que era al principio, porque he descubierto las muchas opiniones distintas que hay. El conocimiento siempre está cambiando. Internet nos ha hecho creer que con la información lo sabemos todo. ¡Y no lo sabemos!

Internet nos ha hecho creer que con la información lo sabemos todo. ¡Y no lo sabemos!

P. Su asunto, en este último libro, es el placer. ¿Dónde está el placer hoy?

R. El placer es lo que busca un ser humano y tiene dificultades para encontrar. Cuando hablo de “placeres ocultos” quiero referirme a lo que aún no hemos descubierto. Por ahora hemos enfatizado los placeres más elementales: tener una familia, pertenecer a un grupo y tener bastante para comer. ¿Dónde podemos ir ahora? Tenemos una tendencia a permanecer en el mismo lugar y a pensar que debemos guiarnos por estas certezas: esto es el mundo, esto es un ser humano, y no se puede cambiar. Yo opino que sí podemos cambiar las cosas, que los seres humanos siempre las han cambiado. Piensas que una cosa es un placer, pero estás equivocado porque también contiene mucho dolor.

P. ¿Y por qué siendo posible el placer buscamos el dolor de otros?

R. Porque la modernidad no nos ha dado lo que esperábamos. Pensábamos que para cambiar las cosas había que cambiar todo el pasado. La modernidad significa olvidar el pasado. Toda la historia ha estado dominada por la exigencia de escuchar a los ancestros, de seguirlos. Eso era una prisión. Salimos de ella, pero fuera de la cárcel también estamos perdidos. El placer es una búsqueda, la exploración del mundo, sin intentar cambiar lo que fue bueno.

P. Tuvimos el fanatismo de la Edad Media, ahora está el de la Edad Moderna. ¿Cuál es la diferencia?

R. Todo el mundo discute, pero cada uno señala su verdad, la incontrovertible, lo que Dios manda. La certeza. Ese es el lenguaje fanático. Desde mi punto de vista tenemos muchos fanatismos de distinto tipo nosotros también. No sólo los violentos. Hay muchos prejuicios que son una forma de fanatismo. Sólo tienes una idea y todo lo demás es malo. Es una respuesta humana básica. La raíz del fanatismo.

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