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CRÍTICA | AHORA SÍ, ANTES NO

Camino de corrección

En las películas de Sangsoo palpita el recuerdo de la obra de Rohmer, con su capacidad de observación de las minúsculas fragilidades cotidianas

Fotograma de 'Ahora sí, antes no'.
Fotograma de 'Ahora sí, antes no'.

El cine del coreano Hong Sangsoo levanta sus lúdicas estructuras narrativas en la zona de transición que se extiende entre la memoria del cine de la modernidad y las posibilidades de una revolución digital que ha cumplido el sueño utópico de tantos cineastas experimentales –entre ellos, Stan Brakhage y Maya Deren- de enriquecer el lenguaje y las formas del medio a partir de una mirada (y una ética) amateur. En sus películas palpita el recuerdo de la obra de Rohmer, con su implacable capacidad de observación de las minúsculas fragilidades cotidianas y la voluntad de convertir la anécdota no tanto en categoría como en espejo universal. Sangsoo rueda con cámara digital y ha encontrado una de sus figuras de estilo en un uso del zoom que cualquier cinéfilo con apego a las formas clásicas puede recibir como una patada en los ojos. Al coreano le basta con muy poco para levantar fascinantes laberintos: la repetición, las variaciones y los retruécanos estructurales son una constante en su trayectoria; una seña de identidad que se va afinando, depurando, tal y como demuestra la extrema simplicidad de Ahora sí, antes no, su último trabajo, pero tan sólo el segundo de su amplia trayectoria que ha conocido estreno comercial en España.

AHORA SÍ, ANTES NO

Dirección: Hong Sangsoo.

Intérpretes: Jeong Jae-yeong, Kim Min-hee, Yoon Yeo-jeong, Gi Ju-bong.

Género: comedia. Corea del Sur, 2015.

Duración: 121 minutos.

Si En otro país (2012) multiplicaba a Isabelle Huppert por tres en un tríptico narrativo con unidad de espacio, Ahora sí, antes no parece apropiarse de la estrategia de esos manuales de urbanidad –que parodió de manera muy imaginativa el ilustrador holandés Joost Swarte en su serie Niet Zo, Maar Zo! (Passi, Messa!, en la edición francesa)-, en los que se confrontaba una manera reprobable de ejecutar el juego social con su justa corrección: así, la película se parte en dos para contarnos la misma historia, con ligerísimas pero sustanciales variaciones. Un director de cine viaja de Seúl a Suwon para asistir a la proyección y posterior coloquio de uno de sus trabajos. Allí, conocerá a una joven pintora, con la que flirteará en el curso de la ociosa jornada previa al acto programado. Pequeñas emanaciones de narcisismo frustran el diálogo. La película vuelve a empezar y detalles mínimos alteran el curso de los acontecimientos. Con fina lucidez, Sangsoo no nos habla del azar al modo de La vida en un hilo (1945), sino de las minúsculas variables que pueden transformar la percepción de un sujeto ridículo en sujeto más o menos decente.