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Alta cultura

La Fundación Juan March propone un doblete arriesgado, pero pleno de sentido: una tonadilla de Julio Gómez y una breve ópera bufa de Igor Stravinsky

Acudir a la Fundación Juan March menos de doce horas después de haber salido del estreno de Parsifal en el Teatro Real es lo más parecido a un antídoto para cuerpo y alma. Y no porque Wagner sea venenoso, pero sí absorbente y acaparador. Todo lo que el sábado había sido denso, largo y espacioso se mudó el domingo en leve, conciso y concentrado. Esta nueva entrega de teatro musical de cámara proponía un doblete arriesgado, pero pleno de sentido: una tonadilla de Julio Gómez y una breve ópera bufa de Igor Stravinsky.

JULIO GÓMEZ: ‘EL PELELE’
IGOR STRAVINSKY: ‘MAVRA’

Intérpretes: Susana Cordón, José Manuel Montero, Marina Makhmoutova y Anna Moroz.

Dir. de escena: Tomás Muñoz. Dir. musical: Roberto Balistreri. Fundación Juan March, 3 de abril. Hasta el 10 de abril.

El ruso conoció Parsifal en partitura y admitió que la música del Viernes Santo dejó su huella en la sección lenta de su Scherzo fantástico. Luego la vería en compañía de Serguéi Diáguilev en 1912 en Bayreuth, cuando aún ostentaba la exclusividad de sus representaciones, y años después, denostaría las “ridículas formalidades” imperantes en la Verde Colina.

No resulta descabellado pensar que el entonces joven e inquieto Julio Gómez debió de asistir a alguna de las cinco representaciones de Parsifal en el Teatro Real a comienzos de enero de 1914, como tampoco lo es suponer que Conrado del Campo se encontraba en el foso al frente de la sección de violas. Y viene a cuento citar a este último no solo por ser amigo y compañero de generación —la de los Maestros— de Gómez, sino porque hace un año se representó en este mismo escenario su extraordinaria ópera de cámara Fantochines, también con dirección escénica de Tomás Muñoz, y muchas de las virtudes que hubieron de ensalzarse entonces vuelven a repetirse ahora, casi punto por punto.

Muñoz saca un partido asombroso del modesto escenario del auditorio de la Fundación Juan March. Jugando de nuevo con un teloncito translúcido, con delicados cambios de iluminación y movimientos escénicos medidos al milímetro, consigue dar apariencia de teatro a un espacio que no lo es. Traza también puentes entre ambas obras, con los cantantes de una y otra ejerciendo de figurantes y construyendo nexos más allá de la común temática amorosa de dos mujeres jóvenes: la protagonista de El pelele no encuentra quien la quiera y ha de conformarse con un muñeco de trapo que ella misma confecciona, mientras que la de Mavra mete a su amado a en casa disfrazado de cocinera y su madre acaba sorprendiéndolo en pleno afeitado.

Gómez arriesga mucho menos que Del Campo en Fantochines, pero es notorio el esfuerzo por insuflar vida y verosimilitud al texto monologado de Cipriano de Rivas Cherif, cuñado de Manuel Azaña. En 1956, el compositor tituló su discurso de ingreso en la Real Academia de Bellas Artes Los problemas de la ópera española y en esta tonadilla a solo de 1925 aporta una posible vía de acceso al género, tan impregnada de lo popular como Mavra, tan solo tres años anterior, aunque aquí abundan las frases asimétricas, los cambios de tonalidad y los ritmos irregulares.

Susana Cordón pareció mucho más cómoda cantando Stravinsky que Gómez, el resto de los cantantes no desentonaron y, desde el piano, Roberto Balistreri concertó con vivacidad y sentido teatral, aunque con escaso refinamiento pianístico. Excelente secuencia de saludos final —Muñoz no deja detalle sin perfilar—, programa de mano para coleccionar y una nueva muestra de cómo tras lo aparentemente pequeño puede esconderse algo grande. Alta cultura gratuita: tres palabras difíciles de encontrar juntas.