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CRÍTICA | 13 MINUTOS PARA MATAR A HITLER

La soledad del magnicida

El 8 de noviembre de 1939, el carpintero Johann Georg Elser colocó un artefacto explosivo de fabricación casera en las instalaciones de la cervecería Bürgerbräukeller de Múnich

Christian Friedel, en '13 minutos para matar a Hitler'.
Christian Friedel, en '13 minutos para matar a Hitler'.

El 8 de noviembre de 1939, el carpintero Johann Georg Elser colocó un artefacto explosivo de fabricación casera en las instalaciones de la cervecería Bürgerbräukeller de Múnich que podía haber reescrito la historia. Una bomba de relojería construida para eliminar a Hitler que no cumplió su objetivo y dejó, tras su estallido, la seductora tiniebla de los misterios sin resolver: la misma perplejidad que impedía a sus interrogadores de la Gestapo ver en Elser a un idealista que había actuado en solitario es la que, años más tarde, fue nutriendo una lectura conspiranoica de los hechos, que veía en el fallido atentado una puesta en escena planeada desde dentro para reforzar la imagen invencible del líder nacionalsocialista.

13 MINUTOS PARA MATAR A HITLER

Dirección: Oliver Hirschbiegel.

Intérpretes: Christian Friedel, Katharina Schüttler, Burghart Klaubner, Johann Von Bulow, Felix Eitner, David Zimmerschied, Rüdiger Klink.

Género: drama. Alemania, 2015.

Duración: 114 minutos.

La figura de Elser, que ya había sido llevada al cine en dos ocasiones y había inspirado otros tantos telefilmes, propicia el regreso al cine alemán del hijo pródigo Oliver Hirschbiegel, afirmándose como contrapunto del discurso de la tan discutida como insoslayable El hundimiento (2004). 13 minutos para matar a Hitler utiliza el brutal interrogatorio a Elser como hilo conductor del trenzado de flashbacks que reconstruirá su historia.

El resultado es funcional y académico, pero en su desenlace, donde se sugiere el poder vírico de las ideas de Johann Elser, aflora una seca y eficaz contundencia.