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crítica

La amistad puesta a prueba

Esta comedia dialéctica de Éric Assous tiene todas las cartas para repetir el éxito de 'Arte'

Una comedia conyugal… protagonizada por tres hombres, amigos desde hace 35 años. Tienen más confianza entre ellos que con sus mujeres respectivas: Pablo intercambia tres o cuatro frases al día con su esposa; Max entra en caos cada vez que su novia se instala en su casa, y Simón, al que ambos llevan una hora esperando para echar una partida, cuando aparece les anuncia, descompuesto, que acaba de estrangular a Estela, en un rapto de ira, después de que lo abofeteara violentamente. El asunto de Nuestras mujeres es la amistad, sus fundamentos y sus límites —Simón ruega a sus camaradas que declaren que estaba con ellos a la hora del crimen— y la imposibilidad de conciliar su lealtad mutua con la justicia que su víctima merece.

Nuestras mujeres

Autor: Éric Assous. Intérpretes: Gabino Diego, Antonio Garrido y Antonio Hortelano. Dirección: Gabriel Olivares. Madrid. Teatro de La Latina, hasta el 1 de noviembre.

Éric Assous, dramaturgo tunecino, ganador de dos premios Molière al mejor autor francófono, guionista de películas que repiten los éxitos de sus piezas sobre la pareja, concilia la comedia dialéctica con el teatro de bulevar. Sometida a una prueba tan grave (un cisne negro, en el argot financiero), la amistad de Pablo, Max y Simón hace aguas, el barniz que recubre sus relaciones se corroe y cuanto en sus vidas sentimentales respectivas parecía claro, aparece, una vez sincerados, turbio y desgastado.

Nuestras mujeres es, para entendernos, un Arte escrito con más mala leche y en torno a un asunto más grave. Assous orquesta el debate sobre lo que procede hacer como un caso judicial con sus derivadas de carácter clínico, con Pablo haciendo las veces de abogado defensor y Max las de fiscal. Su comedia, que transcurre en un santiamén, va muy en serio: abre un debate moral, pero con la ligereza de un vodevil. En sus tres actos, hay un ir y venir constante del drama al humor. Para que la acción no decaiga, Assous introduce otro par de cisnes negros, que imprimen sendos giros en los dos actos restantes.

Mientras intentan salir del embolado, Pablo, Max y Simón hablan de relaciones conyugales y paternofiliales, de trabajo y de asuntos de ahora mismo. Sus intérpretes les imprimen vida y teatralidad, pican los diálogos y sostienen con éxito los monólogos interiores, dichos a público siguiendo una convención aurisecular. Son todos mucho más jóvenes que el trío francés que estrenó la obra: rejuvenecer los repartos (y los personajes) es un tic de la escena española actual. En este caso poco importa, porque están bien los tres: Gabino Diego, en el papel de reumatólogo reumático, razonador y dubitativo; Antonio Garrido, en la piel del radiólogo bipolar, obsesivo e impaciente, y Antonio Hortelano, en la del marido que sufre el arrebato de sangre, papel de extensión menor, pero decisivo. Gabriel Olivares ha punteado minuciosamente la trayectoria emocional del trío, en una producción impecable que lleva cartas ganadoras.