Selecciona Edición
Selecciona Edición
Tamaño letra

Dos películas sobre la destrucción y la pérdida suben el nivel de la Mostra

Son los trabajos del director polaco Jerzy Skolimowski, '11 minutes', y la artista y compositora Laurie Anderson, con 'Heart of Dog'

Los actores Wojciech Mecwaldowski y Paulina Chapkov (izquierda), junto a al director Jerzy Skolimowski, durante la presentación de '11 Minutes'.
Los actores Wojciech Mecwaldowski y Paulina Chapkov (izquierda), junto a al director Jerzy Skolimowski, durante la presentación de '11 Minutes'. WireImage

Un nuevo aire se respira, desde anoche, en la Mostra de Venecia. Dos atípicas películas, firmadas por personalidades tan distintas entre sí como el cineasta polaco Jerzy Skolimowski y la artista conceptual estadounidense Laurie Anderson, han logrado elevar esta mañana el nivel de una competición oficial que, hasta hace pocas horas, no había acumulado más que mediocridad y decepción. Sumadas a la entusiasta acogida que ayer obtuvo Anomalisa, la extraordinaria película de animación firmada por Charlie Kaufman, han logrado provocar la sensación de una especie de segundo arranque de este festival, muy distinto del que tuvo lugar hace una semana.

Con la ovacionada 11 minutes, el veterano Skolimowski se posiciona como uno de los favoritos para figurar en el palmarés que se anunciará el sábado. La película parte de pequeñas historias cruzadas que protagonizan un puñado de personajes cotidianos en la Varsovia de hoy. Un marido celoso y fuera de control, una actriz que pasa una audición con un director hollywoodiense, un vendedor de perritos calientes recién salido de la cárcel, un camello con afición a probar su mercancía o un grupo de monjas esperando el autobús en una ciudad invadida por las cámaras de vigilancia.

El director alterna una historia con otra como si observara distintos monitores de seguridad, hasta terminar por ensamblarlas en un final apoteósico. “Sin ese final, la película no tendría sentido. Debía ser así para dar a entender que, en el próximo minuto o incluso segundo, cualquier cosa puede suceder”, ha explicado Skolimowski en rueda de prensa. “Ese es el mensaje de la película: la vida es un tesoro que solo apreciamos cuando la estamos perdiendo. Aprovechémosla lo mejor posible mientras podamos”. Con mano maestra, el autor de Deep End o Trabajo clandestino parece describir un mundo marcado por el ruido, la falsedad, la violencia y una constante sensación de inseguridad, que dejan a sus personajes al borde del abismo, como le sucede literalmente a una de las protagonistas. En ese retrato, hay quien ha visto una descripción del mundo tras el brutal cambio de paradigma que impuso el 11-S. “La conexión es muy vaga, pero existe. Ahí está el ruido de los aviones”, reconoció Skolimowski. El cineasta polaco, capaz de reinventarse en cada película pero siempre siendo fiel a sí mismo, ha definido así su película como “una respuesta al cine de acción de Hollywood”, a la que ha intentado aportar “inteligencia”. Misión cumplida: lo que parecía un thriller costumbrista acaba tomando derroteros bastante más profundos.

Todos los perros van al cielo

Nada en la trayectoria de la artista y compositora Laurie Anderson ha sido habitual desde que, en los setenta, realizó su primera performance tocando el violín en plena calle, subida a un par de patines incrustados en un bloque de hielo. Cuando el hielo se derretía, su espectáculo había terminado. Es lógico que su primera incursión en el cine, marcada por un lenguaje cercano al que utiliza en sus instalaciones multimedia, tampoco tenga nada de convencional. Heart of a dog, ensayo fílmico presentado esta mañana con calurosos aplausos en la sección oficial, arranca con una extraña secuencia en la que Anderson describe uno de sus sueños recurrentes, en el que da a luz a su perro Lolabelle, que murió en 2011.

Lo que se anunciaba como un homenaje algo cursi y new age a su mascota se termina convirtiendo en algo muy distinto: un compendio de textos poéticos y filosóficos sobre la existencia, a través de los que intenta descodificar el mundo de hoy y aceptar la desaparición de cosas que creíamos eternas. A través de la muerte del perro, Anderson habla también de la desaparición de su madre. Y, pese a no pronunciar su nombre, también de la de su compañero, Lou Reed, que falleció en 2013. El cantante planea por la película como un espectro –primero en un video doméstico; después, interpretando a un médico–, hasta que termina entonando Turning time around, un título cargado de significado, durante los créditos finales. “Lou está presente en la película de muchas maneras distintas. Quise que su espíritu estuviera en ella. Es decir, quise hacer algo que tuviera parte de su ferocidad”, ha apuntado Anderson, con cierto pudor.

La directora ha querido subrayar el carácter universal de su relato. “No he hecho está película sobre mí. Esta es mi historia, pero también la tuya y la de cualquiera”, ha declarado. “Es extraño que la muerte sea un tabú. Hay mucha muerte en las películas, pero muy pocas hablan del proceso real que conlleva morir. En Estados Unidos, la muerte es una experiencia muy controlada. Intentan que uno pase por ella sin sentir dolor, pero también sin ser plenamente consciente de lo que ocurre. Esta forma de sentir la muerte, sin sentir absolutamente nada, me parece terrorífica”, ha añadido.

Anderson, que nutre su película de citas de Wittgenstein o David Foster Wallace, se inspiró en el consejo de uno de sus profesores budistas: “Debes aprender a sentirte triste sin estar triste”. La directora ha reconocido que lo encuentra “muy difícil”. En especial, en una cultura que rinde culto a la juventud eterna y el pensamiento positivo. Heart of a dog también examina el clima que se instaló en Estados Unidos tras el 11-S y la obsesión por la seguridad, la vigilancia y la sensación de amenaza, de una manera parecida, en el fondo, a la de Skolimowski. Lo resume esa advertencia omnipresente en los transportes públicos neoyorquinos, convertida en un mantra protector que Anderson no duda en poner en duda: “Si ve algo, diga algo”. Ante la paranoia que se expandió en Manhattan, donde vivía entonces, Anderson decidió mudarse temporalmente a California, donde pasaba los días paseando con su perro. Una mañana, un halcón intentó convertirlo en su presa. Descubrió entonces una expresión de pánico en los ojos de Lolabelle que nunca había visto antes, pero que le resultaba extrañamente familiar. Terminó cayendo en la cuenta: era la misma que la de sus vecinos tras el atentado.