Selecciona Edición
Selecciona Edición
Tamaño letra
UNA DE BATALLAS

Al marqués de Montcalm se le desmadran los indios

En Norteamerica, Francia e Inglaterra luchan una guerra paralela a la que libran en Europa

Al marqués de Montcalm se le desmadran los indios

Soy de los pocos que relacionan Formentera con El último mohicano. Tiene que ver probablemente con que en la isla, en la que pergeño este texto, no es raro que lleves el pelo muy largo e incluso te prendas de las guedejas una pluma de cormorán, adoptes una vestimenta y un aire salvajes y aspires a bocanadas la atmósfera limpia e indómita de una naturaleza tan omnipresente como la de la vieja frontera americana. Es cierto también que identificarte con Uncas —el protagonista del libro de James Fenimore Cooper— no te facilita obtener mesa en El Beso, tan de moda.

Tengo conmigo en el chiringuito Pelayo mientras escribo la novela y el guion original (una de mis posesiones más preciadas) la inolvidable película de Michael Mann que protagonizaba Daniel Day Lewis como el certero Hawkeye. Con ellos –y con guías históricamente más fiables como Betrayals, Fort William Henry & the massacre, de Ian K. Steele, y Montcalm and Wolfe, del gran Francis Parkman, vamos a viajar a una batalla de la guerra de los Siete Años, una contienda que en su extensión a Norteamérica incendió los prístinos bosques de aquellas románticas latitudes. Se trata del asedio del fuerte William Henry, su conquista y la posterior masacre, un enfrentamiento que quizá no sea tan notable como los de Ticonderoga, Monogahela, o el definitivo de las Alturas de Abraham (Québec), pero que se convirtió en un acontecimiento legendario que impregnó la imaginación de la época y marcó el espíritu estadounidense, por no hablar de que es uno de los episodios centrales de El último mohicano.

Ext. Battlefield –close shots- night”, leo en el guion del filme. ¡Allá vamos! Rugen los cañones. Tropas regulares francesas –incluidos 472 hombres del Royal Rousillon, regimiento con muchos catalanes pre procés- uniformadas de blanco con vueltas azules en las casacas y empuñando picos y palas hacen avanzar las trincheras para llevar la artillería más cerca del fuerte y pulverizar los muros. Fort William Henry, bastión inglés en la orilla sur del lago George, en la imprecisa, evanescente, silvestre y peligrosa frontera entre las colonias americanas de Inglaterra y la Nueva Francia canadiense se halla bajo un masivo asedio del ejército francés y sus pintarrajeados aliados hurones. No íbamos a dejar de tener en esta serie una batalla con indios, faltaría más. El asalto a un fuerte es un clásico ¡y que viva Comansi!

Los indígenas combatientes eran muy difíciles de controlar

El filme de Mann, aunque muy exacto en lo referente al asedio, simplifica las cosas porque en realidad en las filas del marqués de Montcalm, el comandante francés encargado de tomar Fort William Henry, formaban –es un decir- 1.800 indios de 41 tribus, desde iroqueses, ottawas, abenakis, ojibwas, potawatomis y los propios hurones a gentes menos conocidas como los 48 winebagos que se apuntaron al raid contra el fuerte esperando conseguir brandy, o los diez iowas (no confundir con los viejos amigos kiowas) que hablaban un idioma que no entendía nadie. Los indios eran valiosísimos como rastreadores y combatientes irregulares, aparte de que daban mucho miedo, y los franceses les sacaron siempre gran partido, pero eran difíciles de controlar. Los de Montcalm no luchaban al servicio de Francia sino como aliados con su propia hoja de ruta que consistía en guerrear, lograr fama, botín, prisioneros (para utilizarlos como esclavos, pedir rescate por ellos, adoptarlos en la tribu, torturarlos o, en algún caso, cocinarlos y comérselos) y cabelleras, sin olvidar el alcohol: las tribus preferían el Marqués de Riscal que el de Montcalm, por así decirlo.

Montcalm, con 8.000 hombres, toma posiciones alrededor del fuerte el 3 de agosto de 1757 y comienza a desplegar sus 45 cañones. Desde el principio está claro que tomarlo es solo cuestión de tiempo. Más aún porque no va a llegar socorro: el general Webb (el cobarde que necesita toda buena historia), en el vecino Fort Edward, decide que no cuenta con suficientes fuerzas para ir en socorro de Fort William Henry sin dejar desprotegida la ruta a Albany e incluso a Nueva York. El  teniente coronel Monro, un escocés del 35º regimiento, que manda el fuerte, mantiene la defensa seis días, pese a que Montcalm le advierte de que ello encoleriza a sus indios –“vilains monsieurs”- y no responde de poder sujetarlos después. Una bala de cañón se lleva la bandera inglesa entretanto y luego otra la cabeza del carpintero que con gran profesionalidad trata de reparar el mástil roto.

La truculenta leyenda crece por las historias de los que sobrevivieron

El 9 de agosto Monro, el honor a salvo, 45 soldados muertos y 70 heridos, rinde Fort William Henry, sobre todo porque Montcalm le ofrece unos honrosísimos términos: que se marchen los ocupantes con sus banderas y armas (sin munición) bajo promesa de no luchar los próximos 18 meses. Pero no cuenta el francés (o quizá sí) con el chasco de los indios a los que la elegante etiqueta de guerra europea les importa una higa y no entienden que les hayan dejado sin botín, ni cabelleras ni nada. Así que muy enfadados se lanzan al día siguiente contra la columna de soldados y civiles que parte. La escolta francesa no puede defenderlos a todos. Y se produce la célebre masacre. En realidad no es tanta, quizá medio centenar de muertos, porque los indios lo que andan es en busca de bienes que robar y prisioneros, que valen una pasta (se los liberará a cientos en los años venideros), pero cuando ven que Montcalm se los quita matan a algunos para al menos tener las cabelleras. También se cargan feamente con sus tomahawks y escalpan a los 17 pacientes del hospital de la guarnición.

Los supervivientes del ataque que van llegando a Fort Edward, muchos a la carrera, despojados hasta de la ropa, cuentan historias terribles que aumentan su truculencia al correr de boca en boca. Indios que arrancan los niños a sus madres y los estrellan contra las piedras, cosas así. Eso alimentará durante los años por venir la leyenda negra de los indios, que servirá de útil justificación para las muchas y terribles injusticias que se cometerán contra ellos.

Tortura y cocina

Montcalm destruye completamente Fort William Henry tras conquistarlo, pero no sigue adelante y vuelve a Montreal. La reputación del marqués, que era bajito y bibliómano, queda muy maltrecha por el episodio de la matanza. Fenimore Cooper lo juzgará en su novela muy conradianamente: “Carecía de ese valor moral sin el que ningún hombre es verdaderamente grande”. Tras diversas vicisitudes, Francia perderá la guerra y Canadá.

En el lado inglés y provincial (los colonos americanos) también luchaban indios, como los mohawk y los delaware. Hay constancia de varios mohicanos en Fort William Henry. Uno fue capturado por los abenakis de Montcalm y lo torturaron hasta hacerle saltar los ojos de un golpe de maza: una muerte menos romántica que la de Uncas bajo el cuchillo de Magua.

El malo de El último mohicano nunca pudo vengarse de Monro a través de sus hijas Cora y Alice porque no consta que este las tuviera ni menos que se encontraran en el fuerte. Tampoco se le comió Magua el corazón, tras matarlo, al coronel, que en realidad sobrevivió a la masacre y falleció de una apoplejía en la calle en Albany.

“Tú tienes gusto francés, yo indio”, le contestó al misionero Roubaud un otawa que cocinaba a un inglés capturado tras la toma del fuerte cuando el jesuita le afeó su culinaria acción, que llevaba a cabo, con muy poco tacto, a la vista de otros prisioneros.