UNIVERSOS PARALELOS
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

El guerrero del jazz

Juan Claudio Cifuentes.
Juan Claudio Cifuentes.

Por una vez, unanimidad: hemos visto una catarata de despedidas a Juan Claudio Cifuentes. Se ha repetido que era un enorme comunicador y una bellísima persona. Con o sin micrófono, compartía generosamente los conocimientos de una vida entera consagrada al jazz.

Con todo, se infravalora lo que finalmente le hacía único: su compromiso estético y, aún diría más, ético. Su voz afable escondía un espíritu férreo. Su disidencia destapaba el pensamiento blando que reina en la radio, incluyendo la radio pública. Era un creyente en un panorama dominado por las veletas.

Luchaba contra la banalización de la palabra jazz. Se le llevaban los demonios cuando los grandes festivales se transformaban en escaparates de músicas variadas. Usaba un símil gastronómico: “si voy a un restaurante chino, me preocuparía que en la carta también ofrecieran espagueti”.

De izquierda a derecha, Juan Claudio Cifuentes, Atahualpa Yupanqui y el disquero Miguel Blasco.
De izquierda a derecha, Juan Claudio Cifuentes, Atahualpa Yupanqui y el disquero Miguel Blasco.Archivo Hispavox

No se confundan: amaba músicas alejadas del jazz. Cuando participó en aquel ciclo autobiográfico llamado La Música Contada, se llevó discos de Beatles, Stones, Dylan, Serrat y Crosby, Stills & Nash, aparte de dosis de soul y chanson (coincidió en París con el esplendor de Brel o Brassens).

Pero detestaba los engaños. Esas muchachas de piernas largas, esos jovencitos esbeltos que misteriosamente aparecen en venerables sellos de jazz… y descubrías que allí solo había otra cantautora más o un candidato a actuar en Las Vegas. Aspiración legítima pero, por favor, que no lo vendan bajo la sagrada etiqueta.

En general, aparte de las figuras indiscutibles, Cifu dedicaba poca atención a las voces jazzísticas. En los tiempos del todo-es-guay, resultaba “un purista”, descripción que esconde un reproche en determinados ambientes. No: sencillamente, se regía por su canon. Con Cifu, tenías muchas probabilidades de escuchar swing, be-bop, cool y hard bop. Pero rara vez daba espacio a las fusiones. Como dijo Monk, “straight, no chaser”.

Por coherencia, “a palo seco”. Sin concesiones, sin guiños a la mitología noir, sin recurrir a las versiones jazzeadas de éxitos pop. Lo explicaba todo de pe a pa, mediante larguísimos parlamentos, pero no bajaba el listón para llegar a un hipotético nuevo público.

Podía ser puñetero. Estaba en un estudio de RNE cuando presenté un tema de Cannonball Adderley y su cuarteto. Se enfadó: “Cannonball grababa entonces en quinteto, Diego”. El joven técnico miraba asombrado a dos tipos maduros que discutían por una mínima cuestión terminológica: efectivamente, era una grabación del Cannonball Adderley Quintet, aunque en mi disco venía acreditada a Cannonball Adderley and his Quartet” Tanto da que da lo mismo.

Lo menciono para recordar que Juan Claudio tenía todo el jazz —su jazz— en la cabeza. En los homenajes de estos días, hemos contemplado el abismal contraste. Cifu habría pasado por alto los testimonios de esos “compañeros de toda la vida” que ahora le recordaban como “Juan Carlos”. Pero se habría cabreado seriamente al escuchar que, en reconocimiento a su apoyo al jazz europeo, alguien pinchaba a Monty Alexander. Saben, Monty Alexander es jamaicano. Y Cifu habría detectado que ese patinazo escondía una impostura. RNE tiene un problema si quiere reemplazarlo.

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