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OPINIÓN

‘Güeros’

La cartelera comercial española es en muchos periodos del año un fracaso ciudadano, pero jamás hay que tirar la toalla

Una imagen de 'Güeros'
Una imagen de 'Güeros'

El triunfo del cine mexicano no consiste, como algunos creen, en convertirse en norteamericanos, sino en volver a hacer buenas películas mexicanas. Y en ese sentido también hay muy buenas noticias, aunque no reciban el impulso universal de la propaganda de Hollywood. Aún no ha llegado a las carteleras comerciales españolas una primera película que se llevó múltiples premios el año pasado por todo el mundo, incluyendo secciones paralelas del Festival de San Sebastián. La cartelera comercial española es en muchos periodos del año un fracaso ciudadano, pero jamás hay que tirar la toalla. Güeros es la ópera prima de Alonzo Ruizpalacios, rodada en blanco y negro y en formato cuatro tercios, no panorámico, sino asociado a la televisión de nuestra infancia, con pretendida precariedad, pero buen ojo, e interpretada por actores desconocidos.

En el arranque hay algo de película ambiental, heredera de aquel David Lynch recién salido del AFI, pero pronto comienza a aparecer el sentido del humor y, sobre todo, el sentido de aventura, y termina por ser una película que quiere contar el atasco monumental de la juventud, la sensación de descarrilamiento, con una universidad en estado de guerra alzada y protesta permanente, donde las psicopatías personales son la herencia de un estado de ánimo nacional. La historia de los dos hermanos protagonistas se cita a través del recuerdo compartido de unas canciones que su padre les dejó como único legado grabadas en una casete.

Es esa vieja estrella del rock, olvidada y hundida, que responde al nombre mayúsculo de Epigmenio Cruz la que los pone en marcha, cuando leen que agoniza en un hospital y pretenden declararle la importancia personal que ha tenido para ellos. Es entonces cuando la película elabora su mejor discurso, que la convierte en una obra especial, que habla de la importancia de la admiración, de la huella de la cultura popular calada en los huesos de los protagonistas en viajes en coche familiares y tardes de domingo perdidas en la infancia. Hay un cine que está hablando sin grandilocuencia de una nostalgia particular de la juventud actual, una nostalgia inventada, que añora el tiempo que no tuvo, negada la calle en favor de las pantallas, que habla, como Güeros, de vidas míticas cochambrosas y maestros en el desgüace.