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El poeta apátrida

Carlos Edmundo de Ory pertenecía a una tradición distinta del resto de sus coetáneos

Carlos Edmundo de Ory, en noviembre de 2007.
Carlos Edmundo de Ory, en noviembre de 2007.

Carlos Edmundo de Ory (1923-2010) era un poeta deliberadamente apátrida, perteneciente a otra tradición distinta del resto de sus coetáneos españoles. Mejor dicho, una vez asumido su correspondiente pasado lírico, el poeta reconstruye su pensamiento apoyándose en múltiples lecturas pertenecientes a lejanas y “extrañas” tradiciones. Oriente le conmovió muy joven, y a él debe en parte la brevedad de sus sentencias y la concisión de sus observaciones que alcanzan su plenitud en los aerolitos como sustancia última de su poesía.

La poesía de Ory es fruto de un acertado maridaje de cuanto bulle precipitadamente en la conciencia y la pertinaz observación de cuanto le rodea. Su ritmo singular está marcado por un pulso distinto, no acompasado por la métrica o la dinámica repetitiva que suelen imponer las palabras encadenadas entre sí, sino por un tiempo suspendido y, a la vez, impetuoso, producto del sorprendente encuentro de su interno discurso con la disposición exterior de la naturaleza contemplada. Todo esto nos hace recordar la precisión de los haikus japoneses, la delicada ornamentación de la poesía china, la seca arquitectura de los versos budistas o la metáfora discordante y pretendidamente equívoca de la lírica persa. Buda, Lao Tse, Basho, Omar Kayan, Hafiz van construyendo, más que un pensamiento, un sentido distinto de percepción que en el poeta configura una dialéctica negativa —según término del propio autor—, porque en la negación encuentra la esencia de su búsqueda, su propio verbo. No es Ory, por otra parte, un poeta, ni oriental, ni orientalizado, ni tampoco desorientado —como han querido hacernos ver algunos críticos de miras demasiado estrechas y nacionales—, sino alguien que supo congelar la imagen del presente, aislarla de su pasado y su futuro, desnudarla de referencias aditivas e insuflarle vida desde su negación. En esta voluntaria fragmentación del tiempo logra Ory concentrar su mirada y, de un sólo golpe, mostrarnos cuanto mira por dentro y por fuera, sin temor a las convenciones de la lengua y sin el vano prejuicio de la memoria.

Ory usa el lenguaje como un juego en continua creación, capaz de remover las emociones más internas del ser humano, pero también de reforzar la integridad moral contra las imposiciones sistemáticas, manteniendo una constante rebelión contra todo tipo de gregarismo. Por ello, el aislamiento voluntario configuró en vida el territorio idóneo de su escritura y acrecentó el desdén por el aplauso fácil y la gloria de espuma.

José Ramon Ripoll es poeta y periodista.