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LA CRÓNICA | Audra McDonald en el Teatro Real

La Callas de Broadway

La reina de Nueva York ya ha conquistado la Plaza de Oriente

Audra McDonald, en el Teatro Real. Ampliar foto
Audra McDonald, en el Teatro Real.

Tardó exactamente cinco segundos en meterse al público en el bolsillo. La platea, los palcos y gallineros del Teatro Real no es que sean muy dados a la entrega incondicional a primera vista, sobre todo cuando la inmensa mayoría no teníamos idea de lo que nos íbamos a encontrar más que de oídas. Era su primera aparición en Madrid. A fe que no será la última. Porque a Audra McDonald (Berlín, 1970), la reina de Broadway —con seis Premios Tony en su currículum que la convierten en algo así como la Meryl Streep del género—, no le cuesta conectar con las moléculas de cualquier escenario, sean estas propensas a la reserva o no.

Pureza, encanto, presencia de animal escénico, virtuosismo, una enorme capacidad para contar historias que envuelven, ganas de gustar, arte poliédrico: una enorme dama, es lo que pudimos atestiguar el sábado por la noche. En el repertorio, un intenso repaso al género que domina —el puro musical de Broadway—, desde los portentosos años veinte, hasta lo más próximo a nuestros días con perlas de clásicos vivientes como Go back home, de The Scottsboro Boys, firmada por John Kander y Fred Ebb, autores, entre otros títulos, de Cabaré.

En la lista, además, Gershwin y Sondheim, Irving Berlin, Rodgers y Hammerstein, los ecos de un Summertime a pelo, sin micrófono, y la poderosa presencia de una voz que todo lo llenaba de plena pureza comunicativa. Autenticidad, pronunciación cristalina (la limpieza al alcance de quienes se muestran realmente grandes del género), ningún artificio, ni un gesto que evidenciara ampulosidad, distancia. Todo potenciaba al cubo un fascinante divismo sano, labrado en horas de ensayos, disfrute y noches de guardia en los escenarios.

Su extraordinaria línea —acompañada a la perfección por su magnífico pianista de cabecera, Andy Einhorn, junto a Mark Vanderpoel (bajo) y Gene Lewin (batería)—, el contundente golpe marfileño de su garganta al servicio de la única intención del relato cantado; la humildad expansiva multiplicada por una nada corriente simpatía extrajo sonrisas permanentes en un público atónito, que se levantó en más de una ocasión a ovacionarla —caso de su exhibición trabalenguas en I can't stop talking about him (Frank Loesser) o al cerrar en homenaje a Judy Garland con Somewhere over the rainbow—, se carcajeó ante sus bromas y apoyó su discurso reivindicativo en pro de derechos civiles.

Nada sobraba, todo lo midió con un cálculo para las tablas que dimensionaba en sus justos términos lo que debe ser un espectáculo musical de altísima calidad para nuestra época ecléctica. Los teatros de ópera renacen y se vivifican así para el diálogo con géneros que hasta hace poco consideraban menores, pero que pasarán a la historia con más facilidad que algunos títulos a los que solo unos cuantos carcas irredentos dan categoría de mayores.

Audra inauguró las Sesiones golfas del Real. Su estela de niña hiperactiva que adoptó la música como terapia y fue a nacer, con cierto dote de predestinación, en Berlín —cuna de gran parte del género, donde su padre cumplía misión en el ejército—, se ha transformado en dominio indiscutible. Contemplarla es lo más parecido a hacernos una idea de lo que pueda ser equiparable a la Maria Callas de lo suyo. Sabemos que marcará época. La reina de Nueva York ya ha conquistado la Plaza de Oriente. Por favor, que vuelva. Cuanto antes.