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crítica | torrente 5. operación eurovegas

Apocalipsis nacional

La comedia intenta encontrar un difícil equilibrio entre sus despliegues de producción y cierto pragmatismo indulgente, con gags reducidos a su mera enunciación

Santiago Segura, en 'Torrente 5. Operación Eurovegas'. pulsa en la foto
Santiago Segura, en 'Torrente 5. Operación Eurovegas'.

En los primeros minutos de Torrente 5, el desastrado personaje sale de la cárcel, más flaco, para encontrarse con una España apocalíptica, situada unos pocos años en el futuro: un país del que se ha desgajado una parte (Cataluña), que ha vuelto a la peseta y donde gobierno (el PP, todavía) y el líder de la oposición (Pablo Iglesias) pactan, con el aplomo de la casta, una nueva reducción del salario mínimo. Una España donde el ciudadano de a pie suplica el ingreso en la cárcel (por la opción a alimento diario) y donde algunos símbolos eternos parecen estar en fase de demolición. En el prólogo está lo mejor de la película —incluida una opción estilística que ensucia de degradación hiperrealista la textura de imagen—, pero también el anuncio de sus debilidades: en efecto, la España que acoge el estreno de esta quinta entrega no es la que recibió Torrente 4 que, para este crítico, quizá sea la cima de la saga, y resulta, a ratos, doloroso comprobar que la realidad misma se ha hecho más hostil y despiadada que el propio José Luis Torrente. El escueto chiste dedicado a Undargarín y Bárcenas da la medida del problema: ante una realidad que invita a la indignación, el personaje ofrece el lado más amable de su incorrección política.

TORRENTE 5. OPERACIÓN EUROVEGAS

Dirección: Santiago Segura.

Intérpretes: Santiago Segura, Alec Baldwin, Jesús Janeiro, Julián López.

Género: comedia. España, 2014,

Duración: 102 minutos.

Torrente 5 intenta encontrar un difícil equilibrio entre sus despliegues de producción —del fichaje de Alec Baldwin (más divertido como idea que como resultado) a su clímax modelo blockbuster (tosco en sus formas, pero bien puntuado por los tutoriales de Ricardo Darín)— y cierto pragmatismo indulgente, con gags reducidos a su mera enunciación. Lo mejor del conjunto son las aportaciones profesionales: las notables composiciones cómicas de Julián López, Carlos Areces y Florentino Fernández. Jesulín de Ubrique no logra completar una pareja cómica tan eficaz como la que Segura formó con Kiko Rivera. El mayor lastre, no obstante, llega con una de las señas de identidad de la saga: los cameos, aquí asociados a la frase consigna o a la rutina cómica de cada presencia en cuestión, en aras de subrayar el reconocimiento. Los fans no se sentirán estafados, pero todo estaba sembrado para que Torrente mordiese más fuerte y se reivindicase como gran agente provocador.

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