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DIOSES Y MONSTRUOS

Y la pequeña pantalla se hizo grande

'Hombres fuera de serie' reconstruye la historia de los creadores que revolucionaron la televisión

Bryan Cranston, en el papel de Walter White, a la izquierda y Aaron Paul (Jesse Pinkman) en 'Breaking Bad'.
Bryan Cranston, en el papel de Walter White, a la izquierda y Aaron Paul (Jesse Pinkman) en 'Breaking Bad'.

El título original de un libro de lectura obligatoria, para todos los cinéfilos que en los últimos 15 años han comprobado que el cine más poderoso, inteligente y adictivo se podía disfrutar sin necesidad de salir de casa, en pantallas con un tamaño al gusto de cada espectador, contenido en el formato de las ancestralmente despreciadas (por razones frecuentemente incontestables) series de televisión, es Hombres complejos. Y habla de los cerebros, personalidades y espíritus de la gente que ha creado el duradero esplendor en la hierba, de algo con aroma y sabor a gran cine transmitido por series de televisión. Pero aquí ha sido traducido como Hombres fuera de serie. A ver si la cortedad de mi entendimiento pilla la gracia. Después de un rato dándole vueltas, lo capto. Se refiere a que van a hablarnos de las cualidades excepcionales de los hombres que acaudillaron la gloriosa revolución de las series. Vale, enterado.

También destacan en la portada del libro una frase promocional reproduciendo la opinión de The Guardian sobre Hombres fuera de serie. Dice así: “Este libro es a las grandes series de los últimos años lo que Moteros tranquilos, toros salvajes fue al cine de los setenta”. Estoy de acuerdo. Probablemente, la investigación de Peter Biskind sobre la gloriosa generación de directores que hicieron inolvidable el cine estadounidense de los años setenta se ocupaba más de las miserias humanas de aquellos directores que de su grandeza artística. Buceaba con complacida mala hostia en los pasotes, envidias, traiciones, desencuentros y zancadillas que marcaron la relación de aquellos señores tan creativos y listos, una sordidez que todavía alcanzaría cotas más altas en Sexo, mentiras y Hollywood, aquel ajuste de cuentas con los rapaces hermanos Weinstein, y con la muy tonta idealización de los propósitos, principios y logros del cine independiente, que alentaba desde el Festival de Sundance, el no tan inmaculado Robert Redford. Brett Martin, autor de Hombres fuera de serie, no hurga con afanes taxidermistas tan extremos en la existencia de los showrunners que parieron y desarrollaron series tan apasionantes como Los Soprano, The Wire, Deadwood, A dos metros bajo tierra, Mad Men y Breaking Bad. Está más atento a la imaginación, el talento, la creatividad y la capacidad de liderazgo de esos tipos que a las lógicas sombras que habitaban en ellos. No descuida lo segundo, nos informa de esas tinieblas, neurosis y crueldades, pero no se ensaña demasiado. Todos eran hombres complejos, que alternaban virtudes espectaculares y defectos terroríficos, obsesionados con la evolución de la criatura artística que engendraron, con inevitable lista de agraviados entre las personas que trabajaron con ellos, pero también con colaboradores que les guardan eterno agradecimiento a pesar de los pesares. Y ante todo, Brett Martin destaca el genio, la originalidad, la audacia y la determinación de estos tipos para cambiar todo en un género que siempre había estado regido por las convenciones, la mediocridad, los tópicos y la voluntad caprichosa o puritana de los anunciantes publicitarios.

La aristocracia de los directores cinematográficos, gente como Martin Scorsese y David Fincher, han dirigido algunos capítulos

Para mi gusto, Brett Martin dedica poco espacio a dos series excelentes como Roma y Boardwalk Empire. El nombre de John Millius, coautor de la primera, clausurada al final de la segunda temporada por el incendio de los estudios de Cinecittà, no aparece entre la crema de los showrunners. En cuanto a Terence Winter, creador de esa serie admirable sobre la hermandad entre el gánsterismo y la corrupción política en la Atlantic City de la prohibición, se le cita muchas veces por su trabajo como guionista y productor en Los Soprano, pero no por haberse inventado Boardwalk Empire.

En los últimos años de las series, la aristocracia de los directores cinematográficos, gente como Martin Scorsese y David Fincher, han dirigido algunos capítulos y figuran como productores ejecutivos en series como Boardwalk Empire y House of cards, algo que había sido impensable a lo largo de la historia de la televisión. De acuerdo en que existió la ilustre generación de los Ritt, Frankenheimer, Pollack y otros futuros directores de cine cuyo aprendizaje lo realizaron en la televisión de finales de los años cincuenta, pero todos tenían claro que no querían quedarse ahí, que su anhelo era hacer películas. David Chase, el hombre que imaginó en Los Soprano al jefe de la mafia de Nueva Jersey absolutamente deprimido porque la familia de patos que visitaba su piscina decidió emigrar a otros parajes al cambiar de estación, y recurriendo a una psiquiatra, siempre se sintió frustrado por trabajar para la televisión, su sueño era dirigir cine. Seguimos sin saber lo que hubiera logrado hacer en él, pero nos conformamos con la maravilla que nos regaló con el derroche de sabiduría y ambigüedad sobre la naturaleza humana titulada Los Soprano.

Y es muy fascinante el retrato que hace Brett Martin de ese Chase intuitivo, neurótico y temible, capaz de aprovechar para su causa lo mejor del talento ajeno, a través de un puñado de guionistas con enorme capacidad para inventar situaciones, desarrollar personajes, escribir diálogos brillantes. Esa facultad para seleccionar todos los elementos de la orquesta y utilizar el virtuosismo de cada solista para conseguir que todo sea armónico es común en todos los showrunners que aparecen en este libro.

Resulta transparente que Brett Martin tiene sus preferencias entre ellos, a través de las entrevistas que les ha hecho, o de los datos y los testimonios que ha recibido de las personas que trabajaron con esos creadores, pero esa simpatía o antipatía no nubla jamás la valoración que hace de su profesionalidad, el reconocimiento de la brillantez de su cerebro.

Después de leer este libro descubro muchas y enriquecedoras cosas sobre el funcionamiento de la productora HBO, mecenas arriesgado de tanta concentración de talento. Y de la inspiración y la metodología de personas inquietantes como David Chase, David Milch, Mattew Weiner, Vince Milligan y otros personajes que han hecho más feliz nuestra existencia con sus extraordinarias series. Y, por supuesto, el que mejor me cae es un señor calvo —y aseguran que siempre vestido como un estibador polaco—, alguien que no concibe su trabajo sin discutir continuamente sobre todo. Se llama David Simon. Junto a Ed Burns, es el autor de la serie más desasosegante, profunda, emocionante, compleja y genial que he visto nunca. ¿Hay que aclarar que se titula The Wire?

Hombres fuera de serie. Brett Martin. Traducción de Jorge Paredes. Ariel. Madrid, 2014. 400 páginas. 22,90 euros (electrónico: 9,99).