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OPINIÓN

El enfado de Nativel

Es muy difícil hallar tanta serenidad en la tele, sobre todo en estas teles que hacen del ánimo alterado la salsa de su elemento

Un momento del programa de Cuatro 'En la caja'.
Un momento del programa de Cuatro 'En la caja'.

Hay momentos memorables en la historia universal de las tertulias. Mi preferido, el que sucedió en una dirigida por Iñaki Gabilondo, en la Ser: un tertuliano dijo que no tenía ni idea de algo que le proponía el gran periodista. Iñaki paró el programa. ¡Era un acontecimiento! El otro día, viendo laSexta noche, ocurrió algo parecido, aunque mucho más complejo: harta de escuchar que los periodistas no saben lo que hacen con el oficio, Nativel Preciado, periodista (y novelista, acaba de publicar Canta sólo para mí, Planeta) que sólo se altera cuando tiembla el misterio, pidió la palabra, serenó su ánimo y dijo, para que se entendiera que estaba enfadada: “estoy muy enfadada”.

Es muy difícil hallar tanta serenidad en la televisión, sobre todo en estas teles que hacen del ánimo alterado la salsa de su elemento. Nativel siguió hablando con el ánimo sin alzas, pero en su voz, que trataba de desmontar los distintos tópicos con que los ignorantes tachan el oficio, como si los periodistas fueran pingüinos en una nevera, se notaba que la mujer estaba ya que no podía más. Lo singular del hecho era que, para decirlo, la periodista ni alzó la voz, ni insultó a nadie, ni le pidió al presentador que callara a los otros contertulios. La aplaudieron todos: claro, estaban atónitos.

Juanra Bonet se prestó a un juego afortunado en términos periodísticos en el programa En la caja

Me gustó ese instante de tele, la verdad; como me gustó el domingo por la noche la segunda sesión de En la caja en Cuatro (1.104.000 espectadores, 7,7% de cuota de pantalla), protagonizada esta vez por Juanra Bonet, conocido por sus divertidísimos acertijos. Tiene ese rostro impávido que es mezcla de Évole y de Woody Allen, y se prestó a un juego afortunado en términos periodísticos: lo trasladan en una caja, lo sueltan en medio de la nada, y ha de buscar a tientas dónde está.

Estaba en Marinaleda, el pueblo en que desde hace siglos manda el alcalde Sánchez Gordillo. Desde que aterrizó se dedicó a buscar la razón de tanta unanimidad como la que ha alcanzado el edil de las asambleas. Y rascó de tal manera que al término del programa la baba demagógica que siempre se le cae a uno cuando ve la felicidad con un ojo solo se fue agotando gracias a su capacidad de pesquisa. Resultó que no era oro todo lo que reluce ni todo lo que le fueron diciendo. Bastó que destapara el tarro de la oposición para saber que la demagogia sólo se desmonta cuando haces las preguntas adecuadas y no siempre en la misma dirección. Como me pasó con Nativel el sábado, el domingo dio la sensación de que con una simple mirada Bonet mostraba desnudo al rey. A los tópicos les pasa eso, tienen los pies de barro.