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DANZA | 'FUEGO' DE ANTONIO GADES

Artesanía y razones de estilo

¿Por qué 'Fuego' y no 'El amor brujo'? Los motivos de Gades no fueron solamente artísticos

Ensayo general de 'Fuego' el pasado viernes en Madrid. Ampliar foto
Ensayo general de 'Fuego' el pasado viernes en Madrid.

Entre otras contradicciones palmarias como las de la ficha artística, se sale de ver Fuego sin la convicción de haber visto un ballet de Antonio Gades. Esto puede explicarse con muchísimos detalles y en varios campos o componentes. Está presente la artesanía y están algunos vectores del inconfundible (y muy imitado después) estilo Gades, pero algo falla, algo no discurre con naturalidad. Vayamos por partes. Habría que rascar en lo filológico y en lo circunstancial. Para empezar: ¿por qué esta obra se llama Fuego y no El amor brujo? El propio Gades nunca respondió taxativamente, pero se sabe que los motivos no fueron solamente artísticos, sino logísticos. Luego Fuego se informa de hallazgos propios precedentes (los caballos y los corros de Bodas de sangre) y de algunas influencias ajenas (la boda es deudora directa de la Medea de Granero) y aún hay alguna referencia al Amor brujo de Antonio Ruiz Soler; la Danza del Fuego es casi ingenuamente “bejartiana”. Todo eso sería secundario si hubiera un hilado más fino, pues hay partes y transiciones no resueltas, así como, el troceado de la partitura de Manuel de Falla resulta a la postre una masacre inútil, tanto que aunque conocida al dedillo, pierde fuerza al ser escuchada tan fragmentariamente y al haberse suprimido el esperado, necesario final, llamado “de las campanas del amanecer” (“Ya está despuntando er día…”). Gerardo Vera con los trajes hizo un noble y respetuoso trabajo, cálido en lo cromático y adecuándose a las normas del estilo del coreógrafo.

FUEGO

Coreografía y escenografía: Antonio Gades y Carlos Saura.

Decorado y vestuario: Gerardo Vera.

Luces: A. Gades, C. Saura y Dominique You. Compañía Antonio Gades.

Directora artística: Stella Arauzo. Orquesta de la Comunidad de Madrid.

Dirección musical: Miquel Ortega.

Cantaora: Sara Salado.

Teatro de La Zarzuela, Madrid. Hasta el 20 de julio.

Antonio Gades, cuando se refería a su propio repertorio, lo cierto es que saltaba, si no eludía, hablar de los resultados escénicos reales de la pieza de marras; y esto se entiende perfectamente por su rigor, su inveterada seriedad sobre el trabajo creador (propio o ajeno) y que esa sinceridad especular lo llevaba a no saber dónde colocar exactamente a un material concebido en poco tiempo y sobre el que no regresó jamás después de esa gira por el extranjero. Viendo lo que vemos ahora, se comprende tal dubitación.

El estrecho catálogo de Gades comienza con Don Juan, continúa con sus trabajos italianos (Teatro alla Scala de Milán, Teatro Filarmónico de Verona, etc.) y luego recorre hasta Bodas de sangre, Carmen, Cuadro flamenco y culmina con Fuenteovejuna. Siempre comentaba con amargura que se le quedó en el tintero Don Quijote, un sueño sin cumplir. Así, Antonio Gades conocía varias versiones precedentes de El amor brujo, como el de Encarnación López La Argentinita (1933) a través de su maestra seminal, Pilar López, lo mismo que de oídas fiables el de Antonia Mercé de 1936 a través de su amigo Vicente Escudero (que hacía Carmelo). La cuestión estribaba en someter ese poso a su estilo y a su tiempo, revertirlo hacia su propia estética, en la que el cineasta Carlos Saura ha jugado un importante papel. La actual compañía se esfuerza en mantener ese repertorio vivo, un empeño enorme, lo que los sitúa en una disyuntiva compleja, como otras compañías que han perdido a su creador titular (Garham, Bausch, Limon). La encrucijada actual es decisiva de cara al futuro. Fuego no es una baza en esa lucha por la subsistencia.

La cantaora Sara Salado merece una mención por su arrojo y su manera de atacar la parte vocal de ese monumento sonoro que es El amor brujo. No solamente es difícil en cuánto tesitura sino que, quien cante, a la letra, deberá hacer profundo empaste de verso y compás, transmitir una atmósfera muy cargada, “tanática” y enrarecida al venir del mundo de los muertos y de las estantiguas.

El público, que no llenaba la platea, se mostró caluroso y entregado en los aplausos, lo que motivó un bis coreográfico con palmas.