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Intimidades de su satánica majestad

Philip Norman desvela los misterios de Mick Jagger en una prodigiosa biografía

Mick Jagger, en un momento de la actuación de The Rolling Stones en Madrid en 1982.
Mick Jagger, en un momento de la actuación de The Rolling Stones en Madrid en 1982.

No hubo noticia de ello. Pero a uno le entra la duda después de leer la nueva biografía de Philip Norman. ¿Le contaría Mick Jagger al príncipe Carlos cuando fue investido con la orden de caballero del Imperio Británico la alucinación que tuvo en su primer viaje al probar el LSD? Según quienes le acompañaron en esa experiencia, entre otros, su novia de entonces, Chrissie Shrimpton, el cantante de los Rolling Stones vio la cabeza del duque de Edimburgo —padre del heredero— clavada en una pica medieval mientras recorrían en coche una ruta pegada a un abismo de más de 100 metros por carretera de montaña.

Pero, probablemente, aquella aparición quedara borrada en tan insigne momento por otro de sus proverbiales síndromes no exentos de habilidad: la amnesia Jagger. Plagado de ese lujo de detalles, junto al vendaval de su nueva gira, llega también este prodigioso retrato de uno de los iconos más inquietantes, vivos y enigmáticos de nuestra era, publicado por Anagrama. Un personaje lleno de aristas, fascinantes ambigüedades, desesperantes silencios medidos con una inquebrantable sonrisa y acciones en cadena que le han mantenido activo más de 50 años sobre los escenarios.

Mick Jagger, cumplidos ya los 70, habla todavía por medio de su fibroso y flexible cuerpo con más elocuencia que con su propia voz un tanto contaminada por su a menudo fingido acento cockney. La palabra es otra de sus máscaras. Aun así, Norman ha construido un relato ejemplar, basado en múltiples testimonios y archivos de gente muy cercana al músico, en el que no sólo descubrimos sus rincones más oscuros —menos los que atañen a Keith Richards y al difunto y atormentado Brian Jones—, sino que, por momentos, nos sentimos dentro de las escenas más cruciales, escabrosas o luminosas de su vida.

El autor construye un relato ejemplar con testimonios de gente cercana

Desde su primera experiencia en la cárcel de Brixton, a los nada disimulados escarceos bisexuales de quien ha sido símbolo para todos por igual, sus medidas experiencias con la droga o su algo acomplejado —y sin embargo brillante— crecimiento como letrista y compositor al lado de Richards, todo parece caber en este trabajo de casi 600 páginas.

El niño Jagger era un proverbial, discreto y cumplidor vástago de Dartfort (Kent). Buenas notas, ejercicio físico programado por un padre que fue profesor de gimnasia y una madre ama de casa ejemplar, consiguieron que Mick —que durante su infancia y adolescencia fue Mike y sufrió cuando vio transmutado su nombre— creciera armoniosamente en un ambiente tranquilo y preñado de una nada desdeñable ración de puritanismo

Semejante ambiente pacato le produjo, pese a las apariencias, tal agobio que no extraña se encargara de dinamitarlo después —con efectividad, pero sin demasiada acritud— convirtiéndose en el enemigo público número a batir por el establishment anglosajón, CIA incluida. Buena prueba de ello fue la trampa que se les tendió para acabar con el grupo por medio de un oscuro personaje —que resultó agente estadounidense con el propósito de arruinarles futuras entradas en Estados Unidos—, vestido de camello y gurú de los alucinógenos, llamado Acid King David Snyderman.

Desde sus problemas con la justicia a sus mujeres —Marianne Faithfull, Bianca Jagger, Jerry Hall, Carla Bruni…—, en Mick Jagger Norman va montando y desmontado mitos, como el de una nada tensa relación con The Beatles, producto más bien de estrategias previas cara a la imagen que de visos de realidad.

Mitos como la enemistad con The Beatles quedan desmontados

Ni demonio ni profeta, ni extremista, ni guarro, ni desparramado… Más bien pulcro, poco amigo de los gatos, curioso, lector atento y avispado para los negocios, Jagger gobierna el imperio de los Stones y lo mantiene vivo milagrosamente, pese a sus reales, palpables y probadas tensiones constantes contra el cambio de los tiempos, los desbarres y ataques de su socio Richards y el ruido, las críticas o el hartazgo convertido en asombro de los más escépticos ante su obra.

Un asombroso tacto para la supervivencia a prueba de bombas ha catapultado su figura y la ha mantenido en forma. Capaz de sobreponerse a su reciente viudedad (de L’Wren Scott) y las campañas de la prensa más sensacionalista con el contoneo enérgico de un equilibrista, Jagger pasó ayer por Madrid, donde dejó la sólida energía de sus gestos, los únicos que nos sirven para captar una esencia legendaria, la jugosa materia de los mitos que perduran en mitad de la espuma contemporánea.

 

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