OPINIÓN
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‘Madame’

Le Pen se autodenomina eurorrealista, pero responde más bien a una ficción patriótica donde las fronteras se trazan a fuego, ignorando que el mundo ya no es como le contaron en su infancia protegida y feliz

La entrevista con Marine Le Pen expresa la ambición de un programa como El objetivo en La Sexta por trascender la falta de curiosidad por Europa tan común en nuestras cadenas. La presencia masiva de los Oscar no se compensa ni con una mención a los César franceses concedidos dos días antes. La actividad literaria, artística o musical en los países de la Unión no existe para nosotros. Sin embargo, Ana Pastor se plantó frente a la líder más en forma de la derecha europea, que de inmediato mostró la evolución desde los postulados jurásicos de su padre hacia una dialéctica mucho más seductora, asentada en el discurso antieuropeo que va a mejorar sus resultados en las elecciones de mayo.

Para marcar la distancia, con una especie de higiene cortante, la señora Le Pen repitió el tratamiento de madame hacia la periodista. Cuando se pisó la arena de la inmigración, argumento de conquista de votos de la derecha en todo el continente acosado por los datos del paro, la falta de sutileza en las propuestas fronterizas desnudó un populismo que hoy avanza por la sencilla razón de que no gobierna y por lo tanto no sufre ni desgaste ni la humillación previsible hacia una política que es irrealizable. Le Pen se autodenomina eurorrealista, pero responde más bien a una ficción patriótica donde las fronteras se trazan a fuego, ignorando que el mundo ya no es como le contaron en su infancia protegida y feliz.

En el rato más absurdo de la entrevista se planteó una comparativa entre la protección de las fronteras nacionales y la puerta de tu propia casa. Un país no es un pisito de soltero donde las visitas se descalzan para no rayar el parqué, sino un ente colectivo, imbricado en el mundo real y expuesto, para bien y para mal, a un flujo perpetuo comercial y social. No es un geriátrico atendido por esclavos obedientes. Negar algo tan sencillo puede que gane votos entre la urgencia simplificadora del europeo cabreado. Pero resulta insultante reescribir la propia historia, incluida la extracción de recursos que se llevó a cabo sobre las colonias en la nostálgica idealización del imperio. Los problemas complejos atraen las soluciones primarias, quizá porque muchos confunden los fieros ladridos con la verdadera protección.

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