Algo más que textos sencillos

En la interacción entre el niño y el libro está la construcción de la identidad individual y colectiva

Ilustración de Blexbolex

Corría el año 1945 cuando Lo que sabía mi loro salía de la imprenta en México. Se trata de una colección de piezas populares (canciones, retahílas, fábulas, aleluyas... que José Moreno Villa reunió e ilustró en un hermoso volumen dedicado a su pequeño hijo. En este sugerente libro, editado por Manuel Altolaguirre y en la actualidad recuperado por Visor, se conjugan la necesidad de mantener vivo un legado tradicional y trasmitirlo a una nueva generación; junto a la preocupación del poeta republicano por la posibilidad de que su hijo, y con él toda una generación de niños nacidos en el exilio, perdiera sus raíces culturales españolas.

Releyendo Lo que sabía mi loro advertimos que el primer contacto entre los libros y los niños es ante todo oral, afectivo. Al abrir sus páginas sentimos su musicalidad y mientras se lo leemos a un pequeño, nuestra voz experimenta nuevos registros, se avivan los recuerdos. Al cerrar el libro, historias, imágenes y motivos permanecen en el imaginario infantil y pronto poblarán sus juegos, dibujos y lenguaje. Y es que solemos olvidar que cuando un niño nace, no sabe cómo ser niño. Este aprendizaje lo va adquiriendo conforme a las imágenes que los adultos les procuramos acerca de la infancia. Imágenes contradictorias entre sí y no necesariamente conscientes: algunas, idealizadas y ñoñas; otras, condescendientes y moralizantes; también las hay trasgresoras, lúdicas, nostálgicas...

Los libros para niños son mucho más que textos sencillos y dibujos bonitos, historias divertidas y mensajes valiosos. El aprendizaje de la lectura también va más allá del dominio de una técnica de decodificación, del acopio de vocabulario y de inculcar un hábito. En la interacción entre el niño y el libro está presente la construcción de la identidad individual y, me atrevería a añadir, de la colectiva. En este sentido, es preocupante constatar cómo en España carecemos de clásicos propios que pasen de una generación a otra. En Estados Unidos, por ejemplo, La pequeña oruga glotona, Dr. Seuss o Donde viven los monstruos han sido leídos por al menos tres generaciones y, seguramente, seguirán siendo disfrutados por las próximas. Aquí, ni Marcelino, pan y vino, ni Celia, ni Manolito Gafotas logran permanecer en el tiempo ni formar un imaginario intergeneracional.

Muchos padres y maestros reclaman recetas infalibles que hagan de sus niños buenos lectores. Diversas instituciones ofrecen guías de obras recomendadas, ingentes sumas de dinero se destinan a campañas de animación a la lectura e incluso agresivas políticas de mercadeo editorial aseguran que sus novedades están respaldadas por sus hiperbólicas ventas y vienen a ser algo así como panaceas lectoras. Desconozco la efectividad de estas mediaciones. Sí estoy convencido, en cambio, de que cuando la lectura se convierte en un espacio compartido entre el niño y el adulto, cuando les leemos en la cama antes de dormir o todos los días durante unos minutos en clase, entonces no solo estamos sentando las bases de un hábito o les apoyamos en el complejo proceso de comprensión que implica la lectura, sino que además experimentamos el significado último del acto de leer: la elaboración de sentidos, la comunicación y el placer. Por esta razón, es indispensable que cuando leamos con nuestros niños, leamos buenos libros. En caso contrario, difícilmente la lectura será una actividad significativa para el niño. La calidad del libro infantil sí cuenta, a pesar de lo que muchos creen.

En las páginas de Lo que sabía mi loro hay algo más que una colección de textos folclóricos. La pluma y el pincel de Moreno Villa son capaces de transmitir el valor de un legado popular y de una forma de ver y concebir la infancia. Su lectura nos hace partícipes de los fantasmas que acosaban al poeta exiliado, del sentido profundo que le atribuye a la palabra y del placer que halla en su sonoridad. Este libro nos recuerda la importancia que tienen los libros para niños a la hora de alimentar el imaginario y forjar la identidad.

 

Lo que sabía mi loro. José Moreno Villa. Visor. Madrid, 2011. 56 páginas. 22 euros. Natán y sus hijos. Mirjam Pressler. Siruela. Madrid, 2013. 214 páginas. 19,95 euros.

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