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“Crece el racismo, y eso es perturbador”

Steve McQueen ha pasado de cotizado artista ganador del Turner a cineasta de impacto

Tras ‘Hunger’ y ‘Shame’, el realizador británico firma con su tercera película, ‘Doce años de esclavitud’, todo un alegato contra la historia del racismo y su huella contemporánea

Steve McQueen, en el rodaje de 'Doce años de esclavitud'
Steve McQueen, en el rodaje de 'Doce años de esclavitud'

Hacía una década que Steve McQueen no pasaba por Madrid, y lo hizo cuando su nombre solo era conocido por los expertos del arte, no como ahora, enfangado como está en la carrera a los Oscar. Anoche repitió una visita: al Museo del Prado, para volver a ver obras de su amado Goya. En un paseo rápido, revisó Las parcas, Saturno devorando a un hijo, La romería de san Isidro y Perro semihundido, cuadro de las Pinturas negras que ya le perturbó en la anterior ocasión. Aún le sorprende su libertad, su apuesta por una incipiente abstracción. Algo que él aporta como director de cine, una depuración visual que puede paladearse en la brutal Doce años de esclavitud,que se estrena en España el viernes, la historia real de cómo un hombre libre negro acabó de esclavo en el sur de Estados Unidos.

Michael Fassbender y Chiwetel Ejiofor, en la película. ampliar foto
Michael Fassbender y Chiwetel Ejiofor, en la película.

McQueen (Londres, 1969) no olvida de dónde viene. Premio Turner en 1999, videoartista nombrado Comandante de la Orden del Imperio Británico por sus servicios a las artes visuales, su paso al cine nació “de forma natural, manteniendo mi obsesión por los colores, por el algo más en la imagen”. Y por temas políticos, sociales, como ya los trataba en su videoarte. Por ejemplo: sus tres largometrajes tienen que ver con las prisiones: “Bueno, es una coincidencia, pero es cierto que ahí está. Forma parte del ser humano. Tanto Hunger como Doce años de esclavitud se basan en hechos reales relacionados con la falta de libertad forzada, mientras que en Shame el protagonista se autoencierra en una adicción, el sexo, una falta de libertad voluntaria. Otra esclavitud. A mí me atrae contar historias de seres humanos que chocan contra los esquemas de sus épocas”. McQueen quería rodar un filme sobre la esclavitud, le pidió ayuda a su esposa, una historiadora, y ella le pasó el libro homónimo, la autobiografía de Solomon Northup, que en el año de su publicación, 1853, fue un best seller. Northup, músico, y hombre libre neoyorquino, fue secuestrado en un viaje a Washington con 30 años y vendido. Durante los siguientes 12 años fue esclavo en diversas plantaciones, la peor de ellas Bayou Boeuf, en Luisiana, donde sirvió como bestia de carga y recolector de algodón de su sádico propietario, Edwin Epps. “Leí el libro y no sé, me pareció como El diario de Ana Frank, el recuerdo de alguien que hoy parece increíble que existiera, que le pasara todo aquello”. De buena educación, en un momento Northup resuelve un problema de transporte creando un nuevo canal. Tras alegrarse, alguien le dice. “¿Eres ingeniero o negro?”. Que nunca se le olvide lo que es en realidad: esclavo.

Doce años de esclavitud está levantando tanta polvareda mundial como en su momento provocó Hunger (2008) en Reino Unido. McQueen no entiende el arte sin su faceta política. Y si Hunger —Cámara de Oro en el festival de Cannes— mostraba la muerte en prisión en 1981 del líder del IRA Bobby Sands tras una huelga de hambre, Doce años de esclavitud saca a la luz una parte de la historia más oscura de Estados Unidos. “Me pregunto por qué hay más películas sobre el Holocausto judío que sobre la trata de negros. Lo entiendo: es un periodo vergonzoso. Y si ahora vemos mi trabajo y otros filmes sobre capítulos de la historia protagonizados por negros se debe a la presidencia de Barack Obama, que ha influido hasta en el cine”.

La película es una de las claras favoritas para los Oscar de Hollywood

Con la película, McQueen está dando la vuelta al mundo, e inconscientemente radiografiando el estado del racismo en la actualidad. “Está claramente creciendo. Triunfan el racismo y la intolerancia, nadie parece oponerse, y eso es realmente perturbador”.

Por primera vez, Michael Fassbender no protagoniza una película de McQueen (eso queda para un prodigioso Chiwetel Ejiofor). Es obvio, pero le ha reservado el personaje del despiadado dueño de la plantación Edwin Epps. “Michael da verdad a todos sus papeles. Sabe acompañarme hasta el borde del abismo”.

Al artista nunca le ha preocupado embarrarse en el fango político. En 2006 fue a Irak como official war artist, y al año siguiente presentó la instalación Queen and country, en la que conmemoraba a los soldados británicos fallecidos en la guerra, convirtiendo sus retratos en pliegos de sellos: incluso propuso que se usaran de manera oficial. “Como artista debes pensar en todas las caras de la guerra: en los crímenes bélicos, en los caídos, en las injusticias, y aquella fue una gran oportunidad de mostrar los rostros de los inocentes, en este caso, de mis compatriotas muertos”.

La presidencia de Barack Obama ha influido hasta en el cine”

McQueen está en plena carrera por los Oscar, algo a lo que ha entrado con cierto desagrado. Si ayer era lunes, estaba en Madrid. El domingo promocionó la película en Berlín, hoy en París, mañana pasa por Londres —el estreno británico será en enero— y de ahí a la campaña por las estatuillas de Hollywood. Su familia tendrá que esperar en su casa de Ámsterdam. “Ésta es la película más americana que podré hacer sin entrar en Hollywood. No llegaré a esa industria. No puedo. Solo sé hablar mi lengua”.

Parte de la familia de McQueen procede del Caribe, de Granada, es decir, de esclavos. ¿Esta película nace de una responsabilidad moral, de un ajuste de cuentas con el pasado? “No es una obligación, algo que tenía que hacer, sino algo que quería hacer. El libro era ya en sí mismo un guion, y deseaba mostrar ese guion en imágenes. Que pudiéramos disfrutar de su narrativa poderosa. Soy videoartista y en cuanto leí Doce años de esclavitud visualicé en mi cabeza la película. Vivo cierta contradicción: veo las imágenes inmediatamente, las tengo claras, pero nunca sé si van a funcionar. Es un equilibrio que busco durante todo el proceso de realización de una película”. Siempre desde el respeto a la inteligencia del público: “Soy muy puntilloso con eso. Porque el primero que es espectador soy yo”. Y de ahí su defensa de la violencia de Doce años de esclavitud, que le ha granjeado críticas que le acusan de pornografía de la tortura. “A ver, ¿hacemos una película sobre la esclavitud o no? Hay que ilustrarla en pantalla, y así ocurrió. De otra forma, estaría rodando un cuento de hadas”. Más aún, McQueen leyó el libro y sospecha que al trasladarlo a pantalla, lo ha suavizado. “Es que no es lo peor que pasó. Al fin y al cabo, Solomon sobrevivió, lo pudo contar. Él mismo escribió en una página: ‘Si de algo soy culpable es de haber dulcificado la narración".