Bombones caducados
Gana casi siempre el estereotipo, comenzando por ese intento de retratar a cada presidente con apenas un par de pinceladas que no son sino brochazos


Hay películas que se pueden resumir en un instante, una decisión artística y / o narrativa, de dirección y de guion conjuntos, que puede durar apenas un segundo: lo que ocupa un corte en el plano, un cambio de secuencia. Este santiamén señero se produce más o menos hacia la mitad de El mayordomo, relato de Lee Daniels basado en la historia real de un trabajador negro al servicio de la Casa Blanca durante casi 40 años, y es el que sigue a una escenificación más bien meliflua de un lúgubre suceso: la quema de un autobús por parte del Ku Klux Klan, en la estación de Anniston, en el año 1961, con 13 jóvenes activistas, negros y blancos, que habían desafiado la prohibición legal de viajar mezclados. Si tras decidir no mostrar totalmente el hecho, compones una elipsis, la imagen subsiguiente resulta clave; y esta, por desgracia, muestra al mayordomo protagonista leyendo un cuento a la pequeña hija de John F. Kennedy. Es decir, primero se huye de la cruda realidad, y luego se aparca en la blandenguería. Eso es la película-río El mayordomo, un Forrest Gump de los derechos civiles de los negros en Estados Unidos, sin la magia ni la capacidad para la fábula de la película de Robert Zemeckis.
EL MAYORDOMO
Dirección: Lee Daniels.
Intérpretes: Forest Whitaker, David Oyelowo, Oprah Winfrey, Cuba Gooding Jr., Terrence Howard.
Género: drama. EE UU, 2013.
Duración: 132 minutos.
Por supuesto que hay momentos esporádicos de cierta fuerza (sobre todo cuando se utilizan imágenes documentales), que el recorrido por la lamentable situación de la comunidad afroamericana puede contener elementos didácticos, y que utilizar a Obama como clímax puede ser incluso emocionante. Pero casi siempre sale ganando el estereotipo, comenzando por ese intento de retratar a cada presidente con apenas un par de pinceladas que no son sino brochazos. Para Forrest, la vida era como una caja de bombones, pero el estilo políticamente correcto y superficial de Daniels, más dirigido al kleenex y al Oscar que al impacto verdadero, está ya más que caducado.
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