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OPINIÓN

Excepcional tejedora de atmósferas

Sus lectores conocemos su capacidad para diseccionar el destino a través de los actos más sencillos en apariencia

Hay autores que marcan nuestra infancia, a los que luego no volvemos jamás, aunque sigan ahí como el humus permanece en el bosque. Y hay autores que, literalmente, estallan en nuestra juventud y nos acompañan, sin nunca decepcionarnos, durante el resto de nuestras vidas. Éste es el caso de mi relación con Alice Munro, a quien tengo presente como un clásico vivo desde mis veinte años. Presente quiere decir a mi lado. Ella, Margaret Atwood, Robertson Davies y Alistair Macleod formaban el núcleo duro de la literatura canadiense en la biblioteca de mi casa. Ella es la primera canadiense premio Nobel de Literatura, tras tantos años de sonar su nombre en todas las listas. Pero sobre todo, ella es la vida discreta que se transfigura en una potente luz que ilumina todos los pliegues del alma femenina. Como si nada. Con alegría chejoviana, música jamesiana y una atmósfera que nadie —ningún escritor ni escritora contemporáneos— ha sabido tejer como ella. Todos sus lectores conocemos su minuciosidad natural, la profundidad de su mirada y su capacidad para diseccionar el destino a través de los actos más sencillos en apariencia. Pero para mí, Alice Munro es esto y más que esto: es mi vida de joven lectora y mi vida de lectora adulta; es la literatura de mi país; es alguien que está y estará siempre en distintos fragmentos de mi mirada: también como mujer. Fui su editora en España —me gustaría poder decir que me la traje desde Canadá y de alguna manera así fue— y nuestra relación profesional duró bastantes años. Ahí están los libros. Y aquí está el Nobel, que a algunos nos confirma —e ilumina también— una parte importante de nuestras vidas. Decir que soy feliz quizá suene a exceso, pero la verdad es que lo soy.

Anik Lapointe fue la editora de Alice Munro en RBA.

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