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Atracón de palabras en el Festival de Aviñón

'Par les villages’, montaje sobrio y exigente de la obra de Peter Handke, abre el festival

Liddell traslada los asesinatos la matanza de Utoya al país de Nuncajamás de Peter Pan

Los actores Angélica Lidell, Lola Jiménez, Sindo Puche y Fabian Augusto Gómez Bohorquez en 'Ping Pang Qiu'. Ver fotogalería
Los actores Angélica Lidell, Lola Jiménez, Sindo Puche y Fabian Augusto Gómez Bohorquez en 'Ping Pang Qiu'. AFP

Ça suffit”, musitó lastimeramente la espectadora con tono suplicante. La actriz Jeanne Balibar llevaba más de veinte minutos de monólogo sin sacar las manos de los bolsillos, inmóvil en el escenario, y sin que ninguno de sus compañeros de reparto moviera un músculo. Pero es que además íbamos ya hacia las cuatro horas de función y antes de ese gran momento de Balibar, de enorme altura poética y de extraordinaria exigencia memorística (¡diez páginas de texto!), había habido otros monólogos de parecida envergadura, un verdadero baño de palabras, un atracón semántico casi a palo seco, sin concesiones, muy exigente con el público. Este, sin duda, sabía a lo que iba el sábado en la Cour d'Honneur del Palacio de los Papas de Aviñón —entramos con los vencejos aún chillando en el cielo azul y salimos casi a las dos de la madrugada—.

El espectáculo elegido para inaugurar oficialmente el 67º festival de la ciudad provenzal era Par les villages, montaje de Stanislas Nordey (París 1996) de la obra de Peter Handke de 1981 (la estrenó Wim Wenders en 1982 en el festival de Salzburgo), definida como “poema dramático” y que consiste en una serie de largas salmodias que los personajes declaman apenas sostenidos por un hilo argumental abierto a interpretaciones diversas. El estreno, con la presencia de la ministra de Cultura, Aurélie Fillippetti, empezó con retraso por las tradicionales reivindicaciones de los intermitentes del festival que desde el escenario y la platea criticaron los bajos presupuestos culturales.

El evento ofrece

40 espectáculos

en la sección oficial y 1.265 en el ‘off’

En esencia, la obra (traducida al francés por Georges-Arthur Goldschmidt), en parte autobiográfica, presenta el reencuentro y confrontación de dos hermanos y una hermana con motivo del reparto de una finca familiar. Uno de los hermanos, Gregor (Laurent Sauvage), que se ha marchado a la ciudad es un intelectual y los otros dos, Sophie (Emmanuelle Béart, algo gris) y Hans (encarnado entusiásticamente por el propio Nordey), pertenecen al mundo obrero. La pieza trasciende la situación personal para devenir una serie de parlamentos llenos de palabras bellísimas y consideraciones en torno al arte, el trabajo y la naturaleza, la vida y la muerte, y acabar en una auténtica explosión (el personaje de Balibar se llama Nova) de significados que nos instala en el terreno del mito y la alta poesía. Una celebración del lenguaje. Parte de la obra, sobre todo los textos de Hans y sus compañeros obreros, se lee, en estos tiempos duros, como un canto a los desheredados. Nordey, que este año es, con Dieudonné Niangouna (Brazzaville, 1976), el artista asociado del festival, ha montado la pieza de Handke, considerada un monumento del teatro europeo del siglo XX, sin dejarse una coma y con una devoción litúrgica a la palabra. Tiene unos intérpretes formidables (entre ellos la madre de Nordey, la veterana Véronique Nordey), que se pasan el testigo en ese verdadero festival de la palabra, y entre ellos y el texto —y el subrayado de una guitarra eléctrica en directo— el espectáculo brinda momentos de fulguración poética, con crescendos sobrecogedores. El público acabó exhausto y los aplausos al final, mientras la gente desfilaba ansiosa por marcharse, fueron corteses pero breves, con algunos pitos. Unos cuantos espectadores ya habían claudicado en el descanso o salido durante la representación.

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El 67º festival de Aviñón, el último de la pareja Hortense Archambault y Vicent Baudriller, en la dirección desde 2004 (los sustituirá Olivier Py), programa 40 espectáculos en la sección oficial hasta el 26 de julio y da acogida a otros ¡1.265! en el off (hasta el 31), una avalancha, de creatividad que convierte la vieja ciudad de los papas en un escenario en todas sus calles, plazas y rincones. Ayer, recorriendo su arteria principal te cruzabas con un tipo disfrazado de batiscafo de Julio Verne (!), una banda musical celta ataviada como extras de Braveheart, al menos tres compañías de Comedia del Arte, un tipo caracterizado de Molière, una chica tocando el acordeón sobre un viejo vehículo destartalado y un chamán balinés. En los teatros, una oferta inenarrable, incluido un montaje sobre Diane Fossey y sus gorilas, otro protagonizado por Spiderman y una escenificación de las cartas de san Pablo a los Hebreos. Para su despedida, el dúo de directores ha invitado a participar a muchos de los artistas que han escrito grandes páginas del festival durante su época: Castellucci, Ostermeier, Marthaler, Pippo Delbono, Jan Lauwers… La actual edición está especialmente dedicada a África y la nueva generación de creadores del continente. Niangouna estrenó ayer en la cantera de Boulbon Shéda.

Todo el cielo sobre la tierra (el síndrome de Wendy), también es teatro de la palabra, con los textos inflamados, verdaderos poemas que caracterizan el teatro de Angélica Liddell. La dramaturga, directora y actriz —flamante ganadora del León de Plata en la bienal de teatro de Venecia— está en Aviñón, donde la adoran, como en casa. Tiene dos obras en la selección oficial, Ping Pang Qiu, y la citada al principio, que se presentó aquí (el estreno fue en Viena en mayo), en la Cour du Lycée Saint-Joseph, el sábado a la misma hora que Par les villages y que tiene el inquietante atractivo de juntar la historia de Peter Pan con el terrible asesinato de 69 jóvenes en 2011 en la isla noruega de Utoya a manos de Anders Breivik.

Esta edición es

la última que dirigen Baudriller

y Archambault

Me encuentro con Liddell en uno de esos claustros aviñonenses que te protegen del calor mientras tomas un pastis y que parecen albergar al fantasma de Jean Vilar con pantalón de peto (sobre todo a partir del tercer pastís). La directora está de un acerado humor a la vez negro y jovial, como es ella. Es la única persona que echa de menos a Mourinho. “Oh, por favor, lo encontraremos a faltar”. Subraya que ha cambiado tantas cosas de Todo el cielo sobre la tierra que puede considerarse el de Aviñón un verdadero estreno. La obra “une dos islas, la de Utoya y la de Nuncajamás, Breivik cumple el sueño de Peter Pan”. Le digo que me ha puesto la carne de gallina y ríe encantada. “Es una forma violenta de cumplir el sueño de que los jóvenes no crezcan”. Explica que Wendy (a la que interpreta ella misma) ofrece una visión poética de la violencia, “se siente vengada en la matanza por su pérdida de la juventud, como Frankenstein si no puede ser amada, si no puede inspirar amor al menos inspirará miedo”. La pieza es entonces “la historia de una venganza”, en la que introduce Shangai —y escenas de Esplendor en la hierba, de Elia Kazan— que es para ella como una tercera isla en la que se siente bien, aislada, y que fue donde encontró a los dos veteranos bailarines callejeros chinos que bailan el vals en el espectáculo.

Venganza es una palabra recurrente en Liddell. “Siiiií”, ríe, “yo trabajo con mi peor parte, ese es mi lado Medea, la venganza es un tema de gran productividad y una fuerza arrasadora. Aunque yo me vengo desde los escenarios, de manera poética y mediante la belleza”.

Escenográficamente, el espectáculo es muy simple, “un puñadito de tierra y tres cocodrilos”. Ante mi cara de entusiasmo explica que se trata de tres reptiles disecados, de 2,5 metros, procedentes de una granja de cocodrilos de Jerez. Le digo que no hacía falta traerlos de tan lejos porque aquí en Aviñón en el Museo Requien de Historia Natural he visto esta mañana que tienen unos estupendos. Liddell explica que los cocodrilos son los que se comen el reloj de Garfio, claro, y están ahí para indicar el paso del tiempo. La directora aclara que el tema de Utoya está en la pieza como referencia evidente, pero no se escenifica la escena de la matanza sino que pasa por el filtro poético de Peter Pan. Breivik no aparece como personaje.

¿Estrella en el festival, Liddell? “Uy no, quita, quita, eso d estrella, Penélope Cruz, nosotros currantes”. Dice que en Aviñón está muy cómoda. “Trabajar aquí es algo único, tiene sentido, es epifanía pura”. Le digo que Par les villages no tiene cocodrilos ni bailarines chinos sino solo unas casetas de obreros y una escalera de mano y me mira con divertida compasión.

Si Nordey y Liddell rinden culto a la palabra, Ouvert!, el espectáculo que inauguró el viernes La FabricA, un complejo para ensayos y preparación de espectáculos, y también exhibición —se verá aquí Kabaret de Warszawski y un Fausto integral de ocho horas—, que era una de las reivindicaciones históricas del festival, resultó decepcionantemente hueco pese a su espectacularidad. A cargo del grupo F (¡hay que ver qué daño ha hecho la Fura dels Baus!), consistió en una mezcla de tirolinas, proyecciones y pirotecnia sobre la fachada del nuevo edificio. Una multitud, más de 8.000 personas, acudió a presenciar el espectáculo, entre ellos muchas familias musulmanas. La FabricA está en el banlieu de Aviñón, un kilómetro fuera de las murallas en una zona suburbial bastante desolada. En el Aviñón extramuros se encuentra un mundo bastante diferente del culto y turístico del centro. Eso sí que es off. Junto al río pueden verse prostitutas que ofrecen sus servicios en rulottes, y un cambalache de drogas. En todo caso, para espectáculo en Aviñón el de coraje que pudo verse el viernes cuando dos obreros se lanzaron al Rhone para rescata a una mujer de 70 años que había caído a las aguas con su coche.

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