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Al encuentro del otro

Las imágenes exhibidas en Arlés se lanzan a la búsqueda de realidades ignoradas y reflejan el universo personal e intransferible de sus autores

'Narragansett, Rhode Island', 1973.
'Narragansett, Rhode Island', 1973.

Hace un año, los Encuentros de Arlés adoptaron el lema 'Una escuela francesa' como línea conductora del festival fotográfico, que cada año abre la programación cultural estival en el sur de Francia. Fue un homenaje al proyecto pedagógico nacido en el seno de los Rencontres, pero las críticas no fueron especialmente buenas. En 2013, solo el programa oficial ofrece una de las mejores ediciones de este festival, cuya supervivencia y expansión dependen de un ambicioso plan de gestión cultural pública y privada aún en discusión. Y lo hace con otro reconocimiento: el de la riqueza representativa –documental y estética– que propicia la fotografía en blanco y negro.

François Hebel, director de los Rencontres, considera que "desde hace treinta años, se ha producido una gran liberación de la fotografía en blanco y negro". Si antaño "el blanco y negro era una especie de academia oficial de la fotografía que, como tal, atendía a las reglas de esa academia (se tiraba en pequeño formato y se consideraba vulgar hacer una copia de gran tamaño)", hoy goza de "una libertad creativa inusitada", asegura.

Hebel, que lleva las riendas del festival junto con Jean-Noël Jeanneney, celebra "la diversidad y elasticidad" de ese campo de la fotografía "también en su difusión: desde los formatos expositivos murales a las proyecciones audiovisuales y las instalaciones". ¿Qué aporta esa riqueza, y cómo se conjuga con la apuesta comisarial de 2013 (Arles in black)? "Se trata de tener en cuenta esa diversidad y de ver también que existe un protocolo utilizado en la fotografía conceptual desde los años 90. Es la mezcla de ese protocolo y la libertad creativa lo que hace que sea interesante".

Annebelle Schreuders (1), 2012. ampliar foto
Annebelle Schreuders (1), 2012.

La abundancia y diversidad de esta edición, visible en su mayoría hasta septiembre, no permite una reseña remotamente exhaustiva. Pero, si se serpentea por las exposiciones que albergan los templos desacrados de Arlés y los antiguos talleres ferroviarios de la SNCF, se puede trazar un itinerario sui generis basado en dos actitudes: la del fotógrafo que retrata su personalísimo universo simbólico, y la de aquel que sale al encuentro de una realidad ajena, ignorada u olvidada. En definitiva: el otro.

A esa búsqueda del otro pertenece la misión franco-sudafricana que instó a doce fotógrafos a intercambiar sus miradas, y fruto de la cual se presenta la exposición Transition. Los paisajes de Jo Ractliffe, el reportaje tribal de Zanele Muholi, y en particular las imágenes extemporáneas de Alain Willaume ofrecen una visión poliédrica de una sociedad aún infrarrepresentada. El sudafricano Pieter Hugo complementa esa misión con su serie de retratos basada en la –muy simbólica– inversión de la pigmentación.

África forma parte también de la exposición/instalación del chileno Alfredo Jaar La política de las imágenes, una extraordinaria reflexión crítica sobre la recepción de la fotografía, el control del discurso informativo y la desconexión fatal de los medios con la realidad. Es la muestra más política (con amplias referencias al papel de EEUU en el derrocamiento de Salvador Allende) que podemos encontrar en Arlés, y también la más ensalzada por la crítica por su ejecución.

Los encuentros también permiten ver dos grandes muestras expuestas en la fundación Forma de Milán: Una historia americana del afroamericano Gordon Parks y Your wounds will be named silence, estremecedor trabajo sobre Zimbabwe de Robin Hammond.

También es posible sumergirse en la alteridad, en este caso de Oriente Medio, a través de las muestras Keep your eye on the Wall, muestra colectiva en torno a los territorios palestinos, y Los árabes y Mutaciones de Beirut, de Samer Mohdad.

Frente a esa visión, el festival invita a explorar el universo personal de fotógrafos en cuyos trabajos aparecen como motivo recurrente bien el propio autor —Arno Rafael Minkkinen, Gilbert Garcin–, o sus fijaciones personales –Sergio Larrain, Hiroshi Shugimoto, Jean-Michel Fauquet, Miguel Ángel Rojas, Daido Moriyama, Wolfgang Tillmans y Erik Kessels, entre otros–.

En el documental de Emilio Maillé sobre el director de fotografía mexicano Gabriel Figueroa (La máquina loca), proyectado en el festival, Jean-Michel Humeau decía, a propósito de la época dorada de la fotografía, que "hubo una época en la que soñábamos en blanco y negro". Arlés permite, este verano, entender por qué se puede seguir soñando con o sin ausencia de color y de qué manera la elección de atributos formales –película, composición, cromatismo– hace viajar al espectador y situarse en el lugar del otro (o en la mente del fotógrafo).

La espera recompensada

Es otro de los temas subyacentes que no están explicitados en la descripción de los comisarios, pero que se puede hallar hilvanando las muestras de Hiroshi Shugimoto (Revolución, Los colores de la sombra) o John Davies (Francia-Inglaterra). El primero presenta una serie de paisajes marítimos y lunares en blanco y negro y otra serie en color que constituyen, ambas, puros cuadros expresionistas evocadores de Mark Rothko. Son el resultado de un proceso de paciencia, experimentación y exposiciones prolongadas que comenzó hace más de treinta años. En la visita guiada, Shugimoto explicó que el paisaje marítimo es su primer recuerdo de la infancia, y su afán, desde entonces, ha sido recrear esa memoria primigenia a través de la abstracción. Por su parte, Davies aplica esa misma paciencia al paisaje urbano, plasmado en una vasta gama de grises de inusitada perfección formal.