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crítica de '15 años y un día'

Todo tibio, excepto Maribel Verdú

Gracia Querejeta hace el cine que le sale del alma, sus obsesiones son permanentes

Maribel Verdú y Tito Valverde, en '15 años y un día'. pulsa en la foto
Maribel Verdú y Tito Valverde, en '15 años y un día'.

La arrogante, hosca y a ratos agridulce criatura que protagoniza la última película de Gracia Querejeta no pertenece a ese género tan de moda de adolescente genética e irremediablemente psicópata que amarga la existencia de su entorno familiar no como símbolo de rebeldía o por sentirse incomprendido, sino que se ensaña con todos aquellos que andan cerca exclusivamente por placer, por sadismo, porque quiere, porque puede.

Este es inofensivamente borde pero secretamente generoso y sensible. Su preocupada madre, por si acaso no tenemos claro cómo es su amado y problemático hijo a través de sus actos y sus palabras, nos explica con pretendida complejidad la verdadera personalidad de su niño, sus anhelos y sus carencias, sus disfraces y sus defensas, su agresividad y su ternura. Y entiendo que la loba conozca íntimamente la verdadera naturaleza y las subterráneas virtudes de su hirsuto cachorro, pero esa comprensión y ese amor no me resultan contagiables como espectador. Es una película que supera la corrección pero que no me apasiona en ningún momento. Y se supone que están hablando de sentimientos intensos, de relaciones cruzadas y complejas, de personajes heridos a los que les cuesta expresar lo que sienten, de gestos tan sutiles como reveladores, de enigmas familiares. Pero ese despliegue de humanidad no logra transmitirme ni frío ni calor, algo que no me ha ocurrido en otras películas de su directora, como en las auténticamente emotivas El último viaje de Robert Rylands y Héctor.

Y está claro que Gracia Querejeta hace el cine que le sale del alma, que sus obsesiones son permanentes y reconocibles, que las relaciones familiares, su anverso y su reverso, las medias verdades y los recuerdos lacerantes, los secretos y los exorcismos sentimentales, lo que se dice y lo que se calla, lo que se sugiere y lo que se oculta aparecen en toda su obra. También su vocación de realismo y un lenguaje visual muy práctico, sin tentaciones de exhibicionismo. 15 años y un día prolonga ese universo, pero es previsible, involuntariamente académica, ligeramente desvaída.

Hay diálogos y personajes que me resultan impostados, recitados, falsamente naturales. Todo pretende ser tan parecido a la vida misma, que a veces me resulta forzado. Tengo que aguzar excesivamente el oído para entender cristalinamente el lenguaje del chaval. Me gusta y me transmite sensación de espontaneidad y verdad el personaje de la peluquera inmigrante. Otros menos. Y me falla el protagonista, con lo cual el armazón se debilita.

¿Y qué me gusta mucho en medio de tanta tibieza? Una actriz llamada Maribel Verdú, buena desde pequeña, pero que me fascina absolutamente en su madurez, dotada para muchos registros, capaz de matices, un seguro infalible de arte y veracidad en cualquier personaje al que preste su gestualidad, sus movimientos, su mirada, su voz. Aquí tiene un monólogo largo y memorable. Y además, el paso de los años le sienta muy bien a su belleza. Cuando aparece ella, logro creerme casi todo, pero desgraciadamente eso ocurre de vez en cuando. Que me quiten al niño, que me dejen a la madre.