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crítica de 'efectos secundarios'

Píldoras para ser feliz

Por estructura, por temática, por tono y hasta por género, en el nuevo trabajo de Steven Soderbergh, hay dos películas en una

Rooney Mara y Channing Tatum, en 'Efectos secundarios'.
Rooney Mara y Channing Tatum, en 'Efectos secundarios'.

Por estructura, por temática, por tono y hasta por género, en Efectos secundarios, nuevo trabajo del siempre prolífico Steven Soderbergh, hay dos películas en una. La primera, la de arranque, es un interesante drama psicológico, con apuntes de crítica social, económica, empresarial y política, con los medicamentos contra la depresión como eje central. Mientras, la segunda se acaba conformando como una truculenta intriga, también psicológica, que deriva en thriller carcelario y judicial. Sin embargo, y a pesar de que estructural y estilísticamente ambas mitades pueden encajar bien, en el fondo son como agua y aceite, o peor, como un antídoto, porque la segunda anula todas las virtudes de la primera, sus acercamientos, sus críticas y sus conclusiones. De modo que más que integrar dos películas distintas, quizá lo que haya en Efectos secundarios sea el puro vacío.

EFECTOS SECUNDARIOS

Dirección: Steven Soderbergh.

Intérpretes: Jude Law, Rooney Mara, Vinessa Shaw, Catherine Zeta-Jones, Channing Tatum.

Género: intriga. EE UU, 2013.

Duración: 106 minutos.

Ver en la televisión o en el metro o en los periódicos un anuncio de un medicamento contra la depresión que incluye seguras promesas de futuro es una invitación al desconcierto, a la mentira. Por aquí la práctica [aún] no se ha extendido, pero en EE UU estos reclamos son habituales, no como una rendija a la esperanza sino como una puerta abierta a la felicidad. Como dice el personaje del psiquiatra que interpreta Jude Law (británico): “La diferencia es que de donde yo vengo, se piensa que el que está en tratamiento psiquiátrico es un enfermo; aquí, sin embargo, está en proceso de curación”. O sea, un negocio, la nueva economía, algo en lo que Soderbergh viene incidiendo de soslayo en la última fase de su carrera: Magic Mike, Contagio, The girlfriend experience…

De forma sutil, sin vehemencia, el objetivo de Soderbergh pocas veces está a la altura de los ojos de sus criaturas, casi nunca las mira con emoción: planos picados y contrapicados, otros con mucho aire por arriba, grandes angulares, cámaras en la espalda, en pleno seguimiento. Y, sin embargo, todo queda desvelado. Las connivencias entre las empresas farmacéuticas y los médicos, que cobran importantes cifras por ensayar con sus pacientes; la información privilegiada respecto de futuras normas legales; las astronómicas ganancias en la Bolsa respecto de esa información. Y, como contrapartida, los efectos secundarios en el enfermo. De miedo. Pero llega un momento en el que el relato gira y todo lo anterior se va a pique. Por inverosímil, por prestidigitador y, sobre todo, porque se anula toda la carga de crítica social, política y económica. ¿En pos del entretenimiento? Se equivocan. Lo entretenido estaba en el principio; el resto es un farol.