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HOMENAJE A ZIGGY STARDUST

Bowie, un extraño objeto de museo

El Victoria & Albert de Londres propone un agotador pero discutible viaje por la figura del músico Más de 40.000 entradas vendidas por Internet para la muestra

'El arquero', retrato de Bowie a cargo del fotógrafo John Robert Rowlands para la gira 'Station to station' de 1976. Ver fotogalería
'El arquero', retrato de Bowie a cargo del fotógrafo John Robert Rowlands para la gira 'Station to station' de 1976.

23 de Heddon Street, un mediodía cualquiera en un callejón cualquiera a espaldas de la barahunda de coches y gente proyectada por la imperial y bulliciosa Regent Street. No llueve sobre Londres como en aquella tarde de 1972, cuando el fotógrafo Brian Ward plasmó la imagen de un alien rubio, guitarra en bandolera, la bota apoyada sobre unos embalajes pringosos, bajo el cielo negro y la luz de una farola: The rise and fall of Ziggy Stardust and the spiders from Mars (Ascendencia y caída de Ziggy Stardust y las arañas de Marte). Una placa conmemorativa a buscar con lupa y varios restaurantes irremisiblemente cosy y aparentemente evitables son ahora los anacrónicos testigos de cómo se fraguó la portada de un disco para la leyenda. Que están para eso (las leyendas, queremos decir): para difuminarse como lágrimas en la lluvia, que diría el replicante mártir de Blade runner.

¿Y David Bowie, en todo esto? Volvamos a South Kensington y recordemos la visión de hace 24 horas: en un pasillo del Victoria & Albert, ese museo gigantesco a la mayor gloria de las artes menores (moda, diseño, artes decorativas…), pegados en unos cristales, sucesivos carteles con el rostro del mismo alien —esta vez pelirrojo— reciben al visitante con cara de susto. Es uno de los clichés de la serie captada por Brian Duffy en 1973 para la portada del álbum Aladdin Sane. El rayo azul y rojo que cruza de forma aparatosa el ojo derecho de Bowie (el bueno, no el que el golpetazo de un compañero de estudios dejó a nuestro héroe con la pupila dilatada de un androide en soledad) no esconde la gran metáfora, que no es otra cosa que una cara de susto, o al menos de sorpresa desagradable; como si Aladdin Sane, de forma retroactiva —40 años, ya— tuviera miedo de algo, de alguien. Quizá de lo que hay detrás del rayo, del ojo, de la metáfora y de los cristales: la exposición David Bowie is, que abrirá sus puertas a los incondicionales del mito y a los demás seres humanos este sábado en el Victoria & Albert Museum (hasta el 11 de agosto).

Una de las célebres imágenes captadas por Brian Duffy para la portada del disco 'Aladdin Sane', en 1973, y que sirve de imagen de la exposición.
Una de las célebres imágenes captadas por Brian Duffy para la portada del disco 'Aladdin Sane', en 1973, y que sirve de imagen de la exposición.

Los responsables del museo londinense decidieron, hace cosa de dos años, aceptar el reto de exponer un bien inmaterial de alto voltaje como es la mezcla compuesta por el personaje Bowie y por la obra del personaje Bowie. Encomiable. Peligroso. Tanto, que el triple salto mortal, aun ejecutado con red, ha acabado regular. Los comisarios de la exposición, Victoria Broackes y Geoffrey Marsh, tuvieron acceso ilimitado a lo que no se cansan de denominar Los archivos Bowie, un supuesto cofre de los tesoros si de memorabilia hablamos. Delante de la vitrina donde se expone una de las indudables joyas expuestas, la partitura original de Space oddity, Victoria Broackes explica: “Esta muestra es un reto fascinante, porque supone trabajar sobre algo acerca de lo cuál tanta gente en el mundo siente tanta pasión”.

Meter a Bowie en un museo es, de entrada, discutible. Aún lo es más enclaustrar a uno de los mayores músicos del siglo XX (y, si se incluye su extraordinario y flamante nuevo disco The next day, también del XXI) en un museo de artes decorativas. Sí, ya sabemos que Bowie influyó directamente en los diseñadores de moda y en los arquitectos de conceptos escénicos para shows en directo, y estamos ante el artista total y todo lo que se quiera, y a eso se agarra el concepto de esta exposición, pero uno entra al V & A, se pone los auriculares y escucha su voz, mira sus dibujos, las fotos, los mil y un trajes del músico en sus giras, los instrumentos, las carpetas de discos, los vídeos, el maniquí de Ziggy Stardust metido en un ataúd blanco y el Pierrot de Ashes to ashes paseando junto a una adorable viejecita por la playa de Hastings… y se larga a por un té con scones con la irresistible/temible sensación de haber asistido a un concierto fallido. Algo mucho más parecido a espantosas giras de los ochenta como The glass spider tour que a los históricos gigs de los setenta en la Round House de Candem o en el Hammersmith Odeon. Una exposición más parecida a los prescindibles discos de finales de los ochenta y los noventa (Never let me down, Tin Machine…) que a las sucesivas obras maestras compuestas entre 1969 y 1980 (Space oddity, Hunky dory, Ziggy Stardust, Young americans, Station to station, Low, Heroes, Scary monsters and super creeps…).

Por supuesto, el peregrino asiste a todas las declinaciones positivas del chico más famoso de Brixton. De las negativas, que las hubo, hay poca o nula noticia. Ya puestos, y teniendo en cuenta que la exposición es en Londres, los comisarios podían haber recogido capítulos bien londinenses, como aquel de la llegada de Bowie a la Estación Victoria en 1976, saludando con el brazo en alto tras haber declarado en una entrevista con el New Musical Express que “Europa saldría beneficiada con un régimen fascista”. Claro que Bowie decía estas cosas y las contrarias: su nivel de diarrea verbal, aun siendo kilométrico, fue siempre, afortunadamente, muy inferior al de su genialidad musical.

Los responsables de esta exposición han tenido a bien poner el acento en las insoslayables “influencias creativas” (las comillas son suyas) sobre la obra de Bowie. Es sabido: si se elige ese camino, las posibilidades son infinitas para bien y para mal. Y así, se nos explican hasta la saciedad los cruces de caminos entre David Bowie y Andy Warhol, entre David Bowie y Marcel Duchamp, entre David Bowie y Lindsay Kemp, entre David Bowie y Fritz Lang, entre David Bowie y los artistas expresionistas de Die Brücke, entre David Bowie y Alexander McQueen, entre David Bowie y Nabokov, entre David Bowie y las distopías de J. G. Ballard y entre David Bowie y el sursum corda, y tanta intensidad intelectual y tanta necesidad de subrayados justificativos mata lo auténtico, lo germinal, lo genial, aquello que debería quedar explicado sin tanta concomitancia forzada y trillada: a saber, la psique volcánica y contradictoria del propio personaje Bowie (uno más, junto a Ziggy Stardust, Aladdin Sane o El Delgado Duque Blanco) y la monumentalidad de una obra capital en la música popular de los últimos 44 años.

Disco y exposición: ¿azar?

The next day, el disco de estudio número 26 en la carrera de David Bowie y su regreso tras un silencio de 10 años, se ha situado ya en el número 1 de las listas de ventas en Reino Unido tras cosechar magníficas críticas. A eso se unen las 40.000 entradas para la exposición Bowie is despachadas por el Victoria & Albert por Internet. Los responsables del museo llevaban como seis meses anunciando la exposición. Lo cual contrasta con el silencio sepulcral desde el que el propio Bowie y sus músicos elaboraron The next day en los dos últimos años. Las lenguas más pérfidas ya hablan de una coincidencia demasiado llamativa: el disco salió el día 12. Los periodistas comenzaron a visitar la exposición a primeros de mes. David Bowie is abre sus puertas este sábado. Desde ayer, el disco es número 1. Bowie siempre fue un genio de la música... y del marketing. ¿Cabe relacionar todas estas premisas?

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