El ‘giallo’ ilustre de Dario Argento

El cineasta italiano, el hombre que ha influido en el mejor terror estadounidense, imparte una ‘masterclass’ en el certamen de Sitges, en la que recuerda su carrera

El realizador italiano Dario Argento, en una imagen reciente.
El realizador italiano Dario Argento, en una imagen reciente.Jacopo Raule / Getty Images

“No puedes estar siempre trabajando en proyectos pequeños porque al final es tu personalidad la que se empequeñece. De las cosas pequeñas tienes que poder pasar a hacer algo grande”. Así de fuerte entraba Dario Argento al encuentro con sus fans (sala llena) en el festival de Sitges. Lo llamaron masterclass pero tuvo poco de eso y mucho de conferencia, de monólogo, de soliloquio alrededor de la figura de un nombre imprescindible para entender el terror moderno. Argento, inconfundible acento romano, 72 años a sus espaldas, aparecía en escena con un polo claro y vaqueros negros, como el que sale a dar una vuelta y acaba apareciendo en un evento. De rostro singular y personalidad expansiva (Argento no tiene abuela pero se lo puede permitir por ser quien es), el director italiano, firmante de clásicos como El pájaro de las plumas de cristal, Rojo oscuro, Suspiria, Inferno o Phenomena, disertó sobre su carrera, desde los años sesenta cuando se dedicaba a escribir libretos para terceros hasta la Italia actual, de la que solo acertó a decir: “No puede producir películas de género como antes porque no tiene acceso a la financiación… O eso creo”.

De los inicios, eso sí, hubo mucha tela que cortar: “Siempre me interesó el cine, crecí con él, era un sueño, una maravilla. Fue en esos años cuando empecé a sentir un deseo, una furia irrefrenable por él. Al principio intenté acercarme a través de la escritura, de la crítica cinematográfica, pero aquello no me llenaba. Así que empecé a escribir guiones para pequeñas películas hasta que un día se cruzaron en mi camino Bertolucci y Sergio Leone. Gracias a ellos me labré una reputación y pude empezar a trabajar a mayor escala. Lo que pasa es que seguía sin estar satisfecho y comprendí que tenía que intentar algo más: y eso era la dirección”.

Su primer filme, El pájaro de las plumas de cristal, arrasó en Italia (“No se lo esperaba nadie, ni yo, ni siquiera mi padre que fue el productor de la película”) y repitió el éxito nada más y nada menos que en Estados Unidos. “El inicio es importante, porque eso es lo que va a marcar toda tu carrera”, decía Argento mirando al tendido. Naturalmente, en la charla empezaron a aparecer los términos que han marcado a los fans del género desde hace más de cuatro décadas: “El giallo… ¿Qué es el giallo? Veamos, el giallo es casi como un policíaco. Y digo casi porque en realidad la policía no tiene nada que ver con él”. Risas en la sala, leve sonrisa en el rostro del italiano (la única que esbozó en todo el acto) y a otra cosa. “Es cierto que mi influencia es muy grande, pero no solo en el cine italiano, sino en el slasher de los años ochenta en Estados Unidos, en Brian De Palma o John Carpenter, sino también en el moderno cine asiático, ya sea en Corea del Sur, Taiwan o Hong Kong… Mi cine ha recorrido el mundo como una serpiente”, decía el romano añadiendo luego: “Lo digo sin ánimo de presumir”.

Después soltó un chorro de anécdotas donde triunfó especialmente la relacionada con Phenomena, película de culto donde las haya, y que estaba poblada de bichos: “Bueno, los insectos son los animales más despreciados de la Tierra, pero yo los encuentro fascinantes así que me gustaba la idea de meterlos en una de mis películas. La cuestión es que nos fuimos a rodar a Suiza porque creo que era algo paradójico hacerlo allí, un sitio tan relajado, tan tranquilo… El problema era llevar los insectos hasta allí, así que con la idea de dos especialistas en la materia los metimos en dos camiones y los llevamos hasta Suiza. Cuando llegamos a la frontera los aduaneros nos dijeron: ‘¿Pero ustedes qué se han creído? ¡No se pueden importar insectos a Suiza!”. Para aquel entonces, aunque el auditorio se lo estaba pasando bomba, Argento empezaba a emitir signos de cansancio y se pasó a las preguntas del público. “Mis referentes son el cine expresionista alemán, el cine estadounidense de los años cuarenta y cincuenta y por supuesto Ingmar Bergman y el maestro Alfred Hitchcock. Todos ellos son claras inspiraciones en mi trabajo”.

Al final, tiempo para las preguntas de relleno, Demons (y su secuela), el Marqués de Sade (“Le admiro, es un hombre que me interesa muchísimo, pero no creo que sea ninguna referencia en mi trabajo como sí lo era para Passolini y su Saló o los 120 días de Sodoma”) o por qué mueren tantas mujeres atractivas en sus películas. Ante esta última pregunta el asombro se ha asomado a los ojos de Argento, que aunque acostumbrado a estos saraos también tendrá sus flaquezas: “En mis películas también mueren mujeres feas. Mira en Drácula [su último filme]: matamos a una mujer muy fea. Además, las mujeres guapas son igual de guapas vivas que muertas”. Y después de la boutade y ante la frustración de los cazadores de autógrafos y demás especies de festival cinematográfico huyó por la puerta de atrás como alma que lleva el diablo. Ya se sabe: la experiencia es un grado.

Cronenberg, un hijo de padre desconocido

Brandon Cronenberg presentaba a competición en el Festival de Cine de Sitges su ópera prima, Antiviral, y ayer huyó de las comparaciones con su padre, en un encuentro con la prensa que acabó subido de tono. Incluso soltó que no conoce a su progenitor, David Cronenberg: “En realidad no me llamo Brandon Cronenberg. Tenía otro nombre y me lo cambié porque soy fan de David y era una manera de homenajearle. Quisiera tener fotos con él y si lo ven por aquí, le dicen que hoy también estoy, porque me gustaría conocerlo”, soltó con ironía. Más calmado, Brandon rehusó las comparaciones: “Lo importante es hacer las cosas que a uno le interesan”. Más aún: durante el rodaje David Cronenberg ni siquiera estaba en Canadá. “Él, por tanto, no ha rodado la película”, remató. Antiviral narra la historia de Syd, un trabajador de una clínica que vende virus cultivados en la piel de celebridades, aunque en sus ratos libres el protagonista también se gana un sobresueldo con la venta ilegal de esos productos. “En la sociedad actual cada vez más mucha gente busca la fama sin hacer nada a cambio”.

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