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Lucio Dalla, un grande de la canción italiana

Miles de personas despiden al cantante en la plaza del Ayuntamiento de la ciudad donde vivía

Miles de personas le dan el último adiós en la plaza del Ayuntamiento de Bolonia

Ciao Lucio, el cartel cuelga de la ventana medieval del Ayuntamiento. Bolonia despide al cantante Lucio Dalla -fallecido por infarto a los 68 años el pasado jueves en Montreaux (Suiza), donde acabada de ofrecer un concierto- y lo hace llamándole por nombre, como se trata a un vecino muy querido, más que a un célebre conciudadano. Toda la ciudad se ha volcado para dar el último adiós al cantautor y miles de personas, desde las 9.30 de hoy sábado, han hecho cola para entrar en el Palacio D'Accursio, sede del Ayuntamiento, donde se ha instalado la capilla ardiente.

En la plaza de enfrente rebotan las notas de algunos de sus éxitos, como 4/3/1943, Anna e Marco o L'anno che verrà (1979). Jóvenes estudiantes bajan de sus bicicletas, vecinos de todas las edades sacan fotos o leen en silencio el periódico, padres sisean a los niños, ancianos se quitan el gorro: todos avanzan lentos hacia el arco de ladrillos rojizos que cede paso al patio del Palacio medieval. Dentro, un inverosímil silencio. Una larga cola serpentea ordenada y lenta hasta el ataúd. Sobre la caja han sido colocados un cuerno de coral rojo, típico amuleto de la zona de Nápoles, aquella zona que le inspiró Caruso (1986), un cigarrillo de los que fumaba él y una rosa. Apoyadas en el suelo se van amontonando muchas coronas -una enviada por el cantante español Julio Iglesias- ramos o flores sueltas, algunas acompañados por papelitos: "Se va el lobo más bueno", dice uno, en referencia a su éxito Attenti al lupo o simplemente, "Ciao lucio".

Su piso, cerrado

Todos recuerdan su trato cercano por las calles del casco antiguo por donde se le veía pasear

Fuera, la plaza rebosa de personas. A un centenar de pasos, en la Via D'Azeglio, está cerrado el amplio piso donde vivía Dalla. Ancianos -reunidos en corros, argumentan emocionados su incredulidad: "Pero si lo vi el otro día aquí tomándose un café, le vi buena cara…" -; hombres y mujeres de mediana edad, como Monica Guaraldi, médica de 52 años, dice: "Era parte de nosotros, marcó las etapas de mi vida con sus canciones, no suelo acudir a los funerales pero a él se lo debía"; y muchos jóvenes: "De pequeño mi madre me lo señalaba y yo le saludaba desde la ventana, de mayor aprendí a valorarlo también como artista", cuenta Leonardo Del Poggio, modista de 28 años, gafas negras y ropa del mismo color. Todo el mundo recuerda su trato cercano por las calles del casco antiguo por donde se le veía pasear, pequeño y plácido como un duende extravagante, apoyado al bastón, con un inseparable gorro calado en la cabeza. Después, declaran su admiración hacia el artista, siempre refinado pero popular, cuyo pecho sabía forjar sonidos tan diversos, broncos o suaves, y cuyos textos sabían capturar los matices de los sentimientos y la nobleza de los últimos. Como en su Piazza Grande, la historia de un melancólico sintecho que transcurre la noche en esta misma plaza -la Piazza Maggiore de Bolonia- que hoy le acoge para el último despido. Esta canción suena hoy en el aire con una fuerza casi premonitora: "Una familia verdadera no la tengo, mi casa es Piazza Grande" y "Quiero morir en la Piazza Grande, entre los gatos sin dueños como yo".

El flujo de personas -son cerca de 30 por minuto- no parece bajar de intensidad, tanto que el alcalde acordó el permiso para no cerrar las puertas y dejar abierta la capilla ardiente a ultranza, hasta que no quede nadie sin despedirse. También se aplazó el partido entre el equipo local de fútbol y el Novara, para que todo el mundo estuviera libre y en muestra de luto para el que fue uno de los tifosi más aficionados.

Además de las autoridades, han querido acercarse a dar su último adiós a Dalla el expresidente del Gobierno italiano Romano Prodi, también boloñés, quién ha destacado como se siente en toda la ciudad "un cariño impresionante" y el cantante Gianni Morandi, que al enterarse de la noticia de la muerte repentina del su amigo, conciudadano y colega dijo "esto duele como una cuchillada". Pero son las miles de personas anónimas las que protagonizan esta despedida, los ciudadanos de Bolonia, la ciudad donde por la calle le saludaban llamándole por nombre, le paraban tuteándole para un comentario sobre el último partido, la ciudad que él quería porque le permitió ser "normal". "La hazaña excepcional, créeme, es ser normal", cantaba en Disperato erótico stomp (su gran éxito de 1977). Un objetivo que hoy, bajo el sol de una prematura primavera aparece logrado.

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