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Entrevista:ESTHER TUSQUETS Editora y escritora

"A mi edad, uno se lo permite todo"

"Tengo una sensación de final y quiero empezar a ir ligera de equipaje", dice mirando a los ojos de su interlocutor Esther Tusquets (Barcelona, 1936). Y quizá por eso, la por otra parte aún hoy preclara y astuta ex editora de Lumen cree que, como le ha ocurrido a su amigo Miguel Delibes, "he llegado a ese punto más allá del bien y del mal en que uno se lo permite todo". Y, entre otras cosas, ha decidido ingresar en una cofradía de irreverentes, lo que justifica el título de sus último libro: Confesiones de una vieja dama indigna (Bruguera), tercera entrega de sus memorias, tras Confesiones de una editora poco mentirosa (RqR, 2005) y de Habíamos ganado la guerra (Bruguera, 2007).

Si eso es posible, es el volumen con un grado de sinceridad más brutal, hacia ella y hacia los demás, reforzado por el hecho de que la mayoría de los personajes que desfilan están vivos y son del aún comedido ámbito cultural. Así, la todopoderosa agente Carmen Balcells es "impredecible, arbitraria, me cuesta entender el código ético por el que se rige", "una dama de hierro bañada en lágrimas" y con "cierto esnobismo" y "adicción a jugar a los Reyes Magos". Camilo José Cela, por su parte, "sólo sabía hablar de dinero"; el poeta y editor (y uno de sus múltiples amantes) Jordi Batlló es "el tipo más autodestructivo con el que me he tropezado"; Rosa Regàs hacía, como editora, "piratería pura y dura"; la familia Maragall, en especial el hoyconseller Ernest, "da miedo" y ejerció "censura moral" para recortar la biografía que hizo de Pasqual... Aunque, de todos ellos y otros, siempre hay un adjetivo elogioso, alguna virtud, aspectos de admiración sincera. Veteranía.

La iconoclastia es total. Incluso con ella misma. "No añoro mi etapa de editora, no es lo más importante que he hecho en mi vida; qué quiere, me cansé de mi profesión, a la que no volvería por nada del mundo; es un negocio muy complicado: el azar es la mitad del oficio", sentencia. "¿Le parece demasiado? Pues ponga el 40%, y el resto, gusto e instinto; eso sí, porque con las mismas cartas uno puede ganar mucho y otro perder el doble", dice influida por su pasión por el bridge. El ejemplo, fácil: "Carlos Barral me pasó Apocalípticos e integrados de Umberto Eco porque estaba convencido de que no se vendería; o más claro: tras publicar a Eco durante años yo, muy fina, me negué a ir a subasta por El nombre de la rosa; por suerte, los empleados de la editorial no me hicieron caso", elogia del único colectivo del que casi no dice nada en el libro. "Estuvimos muchos años juntos, hubo mucha intimidad y al final los comportamientos... Dejémoslo así".

Pocos se libran en las Confesiones... de salir en ellas. Ni siquiera su madre, presencia constante que hasta aparecerá en el título de la compilación de sus 21 relatos breves, Carta a la madre y cuentos completos que editorial Menoscuarto, con edición y prólogo de Fernando Valls, publica esta semana. "Las madres siempre vuelven, ¡qué pesadas! Sí, no sé si me quiso mucho o poco o si no lo hizo como yo quería, pero de ella me ha quedado mucho: desde la pasión por los relojes y la porcelana a la literatura; todo lo que he aprendido y el mal que también ha hecho... Igual eso lo podría decir mi hija Milena de mi. Las relaciones madre-hija son complicadísimas: todo pasa menos eso".

Más fácil fue la vinculación con su padre, que en el libro aparece como el verdadero eje espiritual de Lumen: compró la editorial familiar para ella, impidió que se dividiera cuando, tras pelearse, se separaron ella y el tándem formado por su hermano Oscar y su entonces esposa Beatriz de Moura (el progenitor puso dinero para crear Tusquets Editores), y según ella misma, su muerte fue el principio del final de Lumen. "No encontré a nadie que llevara bien el negocio y por eso decidí vendérmela a Bertelsmann". ¿Arrepentida, visto el final con la jubilación forzosa? "El único error quizá fue en no pensar o saber que Milena quería ser editora; pero es un negocio complicado: es muy fácil perder dinero".

Habla por experiencia, como demostró la pelea con su hermano y cuñada, ex novia de fotógrafo Xavier Miserachs y también ex go go a tiempo parcial en Bocaccio, templo de la Gauche Divine. "Beatriz quería hacer sus libros y yo los míos; era evidente que en Lumen no había sitio para las dos; lo que me molestó fue el argumento que dio. ¿Cómo defenderme ante mi hermano de que todo aquello pasaba por envidia de que ella era guapa y, como tal y todas, perseguida por las feas?".

Con la agente Balcells, a la que conoció porque llevaba los derechos del muñeco Topo Gigio, el claroscuro es más acentuado. "Me ha ayudado incluso en la vida, me inspira ternura y creo que ha hecho más bien que mal al sector porque ha frenado los excesos de los editores... Pero sí, no la cogí como agente mía porque me parece arbitraria y has de estar seguro de fiarte de tu agente". Si bien en el libro deja caer que le gustaría volver a encontrarse con ella, no parece dejar esa opción a Regàs, acusada de triple delito: intentar piratearle los derechos del Ulises de James Joyce y de Paulina de Ana María Matute, amén de llevar casi a la bancarrota, a partir de su sello La Gaya Ciencia, a las editoriales que formaban Distribuciones de Enlace. "Y luego se defendió acusándome de falangista", resalta con sorprendido enfado. Y escribe: "Rosa es muy lista y muy trabajadora y a mí las personas muy listas y muy trabajadoras me asustan un poco".

Otros que también salen malparados son Salvador Clotas y Félix de Azúa, a los que acusa sin tapujos de haber hundido la carrera literaria de Ana Maria Moix, cuando los primeros eran miembros del jurado del Biblioteca Breve. "Se cargaron con ferocidad la novela de Ana, que no escribió más hasta muchos años después; lo que más me molestó es que lo iban explicando tan contentos, en plan enfant terrible". Tampoco quiere profundizar más en el affaire de los Maragall ("si el libro hubiera sido sólo mío [lo firmó con Mercedes Vilanova], no hubiera permitido que se censurara"], que le lleva a comentar el caso Millet en el Palau de la Música: "Sólo me ha sorprendido el grado tan y tan alto del fraude y que tanta gente lo sabía; lo demás, no: esta burguesía no es la del siglo pasado que se sentía responsable de sus empresas y de la sociedad en la que vivía".

Con la misma franqueza con que aborda su vida profesional, Tusquets hace lo propio con la privada, donde no tiene reparos en admitir, por ejemplo, cierta atracción por las mujeres durante un periodo de su vida -"mis relaciones con ellas nunca fueron completas", resume hoy?y su relación con Pere Gimferrer -"sí, no somos muy parecidos pero me gustaban sus cartas de amor, un poco petulantes, y el hecho de que fui la primera mujer que estuvo con él".

Hay aún rescoldos literarios en su vida ("Mi mejor libro quizá es Correspondencia privada; en el primero, El mismo mar de todos los veranos, en las 70 páginas iniciales navego, no se sabe por dónde voy"; "querría cambiar la puntación de mi trilogía del mar: ahora escribo como una analfabeta"; "no me resigno a no escribir teatro, yo quería ser actriz"; "podría decir Joyce o Woolf, pero hoy estoy orgullosa de haber editado a Giorgio Bassani"), pero en cambio su discurso se impregna de los achaques de la edad: "Ser viejo es no poder bajar casi del coche y vigilar no caerse en el bordillo; estoy en contra de vivir tanto... Hace cuatro años estuve a punto de morir ahogada, me dormí en el mar; entonces me pareció demasiado pronto. Ahora, morir sin dolor dentro del mar...".