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Análisis:

Ceremonia jurásica

Al meollo de la cuestión y sin curvas: a estas alturas, ¿Para qué sirve la ceremonia de los Goya? Vamos a preguntarlo de otra forma: ¿Para qué sirve ESTE formato de la ceremonia de los Goya?

La respuesta se cimenta sobre varias respuestas. Una: es la gran fiesta del cine español, el guateque de la gran familia que, el tiempo de una noche de organdí, acude al autoaplauso para ahogar las penas (de variado formato en la hora actual) o saborear los éxitos. Lo que se llama "darse una alegría" o "que nos quiten lo bailao". Dos: sirve para dar publicidad a películas cuyos presupuestos de promoción suelen ser insignificantes en el peor de los casos o insuficientes en el mejor de ellos. Y es verdad, a menudo ocurre que hay títulos semienterrados en vida pero que, con el Goya en el zurrón, reviven en taquilla como los muertos vivientes de una de zombies cualquiera. Tres: los Goya sirven para defender a machamartillo la idea de que hay una industria sólida y un auténtico star system en el cine que se hace en el santo espacio comprendido entre Francia y Portugal. Hay que creérselo y nos lo creemos, igual da que caigamos en un estrambótico ejercicio de voluntarismo.

Y, siendo verdad esas tres respuestas al porqué de los Goya, ninguna de ellas se merecería que la repetición, el hastío, la ausencia de humor con clase, el aroma demodé, el toque hortera, el frikismo sin causa, el encadenamiento de gags sin gracia (exceptuemos, pero eso no es una novedad, a los brillantes trasgos de Muchachada Nui) y esa demoledora sensación de violencia ajena que te recorre el vello y te hace que desees desaparecer o pensar en ejecuciones masivas, fueran ayer el formato elegido para la gran noche del cine español. Y nunca la dichosa crisis ni el subsiguiente tijeretazo de recursos económicos -si es que lo ha habido- podrán servir de excusa para justificar la otra: la más desoladora y exasperante crisis de creatividad. Si el 2008 ha sido, como ya se ha dicho y repetido, un mal año del cine español en lo creativo, exceptuando tres o cuatro destellos, la gala de ayer fue un excelente reflejo del año.

Ha llegado el momento -mejor, el momento llegó hace tiempo- de que quienes piensan, pagan y hacen esta ceremonia de formato jurásico se replanteen todo: no tal o cuál aspecto, no tal o cuál gag, ni tal o cuál presencia o ausencia, sino la razón de ser misma de insistir en lo prescindible y de defender lo indefendible. Tres horas de segmento de emisión en la televisión pública un domingo por la noche merecen algún argumento mejor que semejante catálogo de banalidades.

Carmen Machi no es -se presumía, ahora se sabe- la persona idónea para conducir un coche así. O igual sí. Igual es lo que, definitivamente, gusta aquí. En todo caso, fue irremediable, a los 10 minutos de empezar la gala de ayer, pensar en Rosa Maria Sardà e incluso -por no retrotraernos tanto en el tiempo- en el tal Corbacho. No es posible presentar tres horas de espectáculo bajo el disfraz de lo racial y lo cañí porque sí (esa gama ya la bordó, para quien le guste el género, Loles León).

Carmen Machi había dicho muy airada, días atrás, que no era Aida quien iba a presentar los Goya, sino ella, Carmen Machi. Fue Aida. Normal. Este país eleva a los altares del éxito con una indescifrable generosidad a los reyes y las reinas de la serie B o Z, de ahí el éxito de una serie como Aida y de ahí la presencia de Carmen Machi en el domingo por la noche de ayer.