La crisis del coronavirus

Lo que hizo mal la OMS

Las quejas contra el organismo se vuelven contra los países miembros

El director general de la Organización Mundial de la Salud (OMS), Tedros Adhanom Ghebreyesus, durante una reunión del Comité de Emergencias de la OMS en Ginebra el 14 de enero.
El director general de la Organización Mundial de la Salud (OMS), Tedros Adhanom Ghebreyesus, durante una reunión del Comité de Emergencias de la OMS en Ginebra el 14 de enero.OMS / Europa Press

Una de las mejores cosas que podría salir de esta pandemia es un compromiso internacional para estimular a la Organización Mundial de la Salud (OMS). La cuestión es crucial, y el momento es el adecuado para abordarla. La OMS ha recibido críticas por su gestión pandémica –reaccionó tarde y confabuló con China, por poner dos ejemplos— y ha sufrido un ataque feroz de Donald Trump, que les cortó el grifo presupuestario y atascó el planeta de tuits descaminados o perversos para arruinar su imagen. Pero una de las primeras medidas del nuevo presidente de Estados Unidos, Joe Biden, será restaurar esos daños, volver a la OMS e incorporar la racionalidad científica a su política. La confabulación con China ha resultado en una colaboración internacional muy fructífera, y las acusaciones de tardanza están a punto de volverse contra los propios gobernantes que las formularon.

La OMS proclamó el mayor estado de alarma en sus escalas hace casi un año, el 30 de enero de 2020. Se llama PHEIC, siglas inglesas de emergencia internacional de salud pública, y anunciaba la inminencia de una pandemia. Los expertos críticos piensan que la PHEIC debió declararse una semana antes, y es posible que tengan razón. Una semana puede parecer una mota de polvo en el gran marco de las cosas, pero en una pandemia puede significar la diferencia entre controlarla o que se te escape de las manos. Aunque sean críticas fundadas, solo ocupan un plato de la balanza. En el otro plato hay virtudes que tienen más peso que los defectos.

Fueron los países miembros quienes no hicieron el menor caso a la alerta de la OMS del 30 de enero, que recomendaba con urgencia hacer pruebas diagnósticas, trazar a los contactos de los positivos y tomar medidas de distanciamiento social. Podemos culpar a la OMS de haber tardado una semana en tocar la campana, pero no de que los países tardáramos dos meses en oírla. Quizá lo primero que haya que resolver sea nuestra incompetencia, no la de la OMS.

En una iniciativa insólita que debería convertirse en cotidiana, la OMS ha encargado una revisión interna a sus expertos y otra de científicos independientes para evaluar su propia actuación durante la pandemia. Es un examen al que deberían someterse todos los Gobiernos, que de momento no dan signos de vida inteligente. En sus conclusiones provisionales hay un enjambre de datos y detalles de utilidad para los especialistas, pero un mensaje común de ambos informes es que el mayor error de la OMS no ha sido de la OMS, sino del nulo caso que le hicieron sus países miembros.

Los informes se encargan para identificar los errores y corregirlos. Si el error es que los Gobiernos no atienden a la OMS, habrá que corregirlo. Los expertos empiezan a estudiar formas de hacerlo, y los políticos deberían prestar atención al asunto. Los países no solo deben contribuir a la financiación de la OMS, sino también a mejorar los pactos internacionales en que se funda esa agencia imprescindible.

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