La crisis del coronavirusTribuna
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Certezas pedís

Reclamar a la ciencia que se calle mientras no tenga una conclusión definitiva es fruto de la ignorancia

Un laboratorio dedicado a la investigación del coronavirus en el Centro Nacional de Biotecnología (CSIC), en Madrid.
Un laboratorio dedicado a la investigación del coronavirus en el Centro Nacional de Biotecnología (CSIC), en Madrid.Álvaro García

Llevamos todo el año atropellados por un amasijo de átomos, el SARS-CoV-2 que ha puesto el mundo patas arriba. Los científicos llevaban décadas prediciendo una pandemia de estas características, pero ninguno de ellos, naturalmente, sabía qué virus la causaría ni en qué fecha exacta. A principios de este infeliz año del Señor de 2020 conocimos de cara al agente infeccioso. No era un virus de la gripe, como la mayoría de los expertos hubiera esperado después de las tres pandemias del siglo XX causadas por esa familia mortífera, sino un coronavirus nuevo y desconocido. Los virólogos han tenido que investigar el virus mientras los epidemiólogos trataban de yugular su propagación y los inmunólogos se apresuraban a diseñar nuevas vacunas.

De esta situación de emergencia científica se ha derivado cierta percepción pública de que los científicos están todavía más confusos que la población general sobre las recomendaciones contra el virus. Hay líderes de opinión a los que admiro como analistas políticos que han exigido a los investigadores que se aclaren entre ellos antes de dirigirse a la gente y al poder político, en una chocante exhibición de ignorancia sobre la forma en que progresa el conocimiento. Lo que sabíamos en enero ha quedado parcialmente sobreseído, como lo hará en diciembre una parte de lo que sabemos ahora, pero pretender que la ciencia se calle mientras no tenga certezas absolutas solo puede calificarse de estupidez científica, una enfermedad crónica del intelectual español medio.

“La estupidez científica es una enfermedad crónica del intelectual español medio”

Dicho lo cual, hoy ya sabemos los mecanismos fundamentales de la propagación de la covid-19, y no precisamente gracias a la inercia del pensamiento político patrio. Elizabeth Lee, Justin Lessler y sus colegas de la Facultad de Salud Pública Johns Hopkins en Baltimore, un nodo principal del análisis de datos durante la pandemia, revisan esas certezas en Science. Una de las más importantes es que la mayoría de las infecciones por el SARS-CoV-2 ocurren en las casas, las residencias de ancianos y otros espacios cerrados y mal ventilados.

La razón puede parecer obvia ahora –en esos lugares la gente experimenta contactos prolongados con otra gente—, pero no era tan obvia en marzo, cuando las medidas adoptadas por los Gobiernos se centraban en evitar las superficies que pudieran estar contaminadas en espacios públicos. En un estudio surcoreano de 60.000 casos, los contactos en casa demostraron sextuplicar el riesgo de infección de cualquier otro lugar. Las parejas de los infectados y los mayores se llevan la peor parte, y los jóvenes portadores asintomáticos son los principales contagiadores, aunque un abuelo infectado también se las trae. Son datos obtenidos por esa ciencia que debería estar callada en espera de certezas metafísicas.

Hay mucho, mucho más en el artículo de la Johns Hopkins, y recomiendo su lectura a todos los analistas, a ser posible antes de la próxima tertulia. Certezas, pedís, cuando a duras penas tenéis una mínima noción de lo que es eso, salvo por los cursos de catequesis que os desorientaron aún más. Deponed vuestra actitud y aprended algo de lo que suena fuera de vuestra cámara de eco.

* LA CIENCIA DE LA SEMANA es un espacio en el que Javier Sampedro analiza la actualidad científica. Suscríbete a la newsletter de Materia y lo recibirás cada sábado en tu correo, junto con una selección de nuestras mejores noticias de la semana.

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