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OPINIÓN i

La década perdida

Nunca se habían levantado tantos castillos de nubes ideológicas como en estos diez años. Un auténtico festival de la irresponsabilidad y de la imaginación estéril y destructiva

Carles Puigdemont y Quim Tuesta.
Carles Puigdemont y Quim Tuesta.

Diez años ya desde que empezó todo. Una década vacía, de parálisis catalanista. Y también una década de vaciamiento de las instituciones. De gobiernos frívolos e irresponsables y políticos distraídos. Atentos solo a sus estrategias oportunistas, para desviar la atención de los problemas de la gente. También de agitadores concentrados en la disrupción, es decir, en evitar el funcionamiento de las instituciones, empezando por las propias. De predicadores demagogos, dedicados a mantener ardientes las brasas del resentimiento. De corruptos, e hijos corruptos de veteranos corruptos, adoradores del becerro de oro disfrazados primero de prudentes y patrióticos gobernantes y al poco de tribunos revolucionarios.

La de 2010 ha sido la década de la desinstitucionalización, una dinámica que daña a Cataluña, donde siempre han sido las instituciones y las políticas que las promueven las que sostienen la idea y el sentido de país. En nombre de objetivos quiméricos o de palabras vacías se ha hipotecado todo lo que se había construido en la larga y accidentada historia del catalanismo. O lo que es peor, apelando a inasibles estructuras de un Estado propio inexistente, se han deteriorado hasta poner en peligro las auténticas estructuras, políticas, administrativas y legales, que han venido sosteniendo la catalanidad en el último siglo y medio.

Nunca se habían levantado tantos castillos de nubes ideológicas como en estos diez años. Comparados con los anteriores y escasos brotes de radicalidad revolucionaria, esta década perdida ha sido un auténtico festival de la irresponsabilidad y de la imaginación estéril y destructiva. Muy poco quedará de este montón de hojas de ruta, proyectos de transiciones, comités e instituciones inútiles, presupuestos dilapidados, carreras malogradas e incluso vidas alteradas por las sentencias judiciales.

Si acaso, una mutación negativa del país, ahora dividido y debilitado, menos capacitado para avanzar y consolidar el camino fructífero del catalanismo posibilista que tan buenos resultados había cosechado desde hace un siglo. Con una capital largamente superada por Madrid en la competencia entre urbes hispánicas y una clase política que culmina la década vacía, sin rendimientos en casa y sin resultados en su interrumpida capacidad de influencia en la gobernación de España. Y lo que es peor, con una mutación nefasta en el sistema español de partidos, donde al fin ha surgido y consolidado el fantasmón del nacionalismo de peor ralea, el que pretende apoderarse de España, de sus símbolos, de sus instituciones, después de haberse apoderado y anulado tantas veces sus libertades y su democracia.

Solo por este motivo muchos no querrán olvidar ni perdonar esta década vacía llena de despropósitos y deslealtades de la que nadie quiere hacerse responsable. Quim Torra, el presidente vicario e interino, y su rector, el huido Carles Puigdemont, son quienes mejor expresan la deriva hacia la irresponsabilidad y el desgobierno, esa especie de inhibición que equivale a un desentendimiento de los asuntos públicos, una falsa resistencia que apenas puede esconder una auténtica rendición catalana. Y Artur Mas, naturalmente, el máximo irresponsable, el que prendió la mecha y designó a esos sucesores lamentables.

Las formas del autoengaño son infinitas, pero la única verdad es que Cataluña no es independiente, su autogobierno se encuentra en su momento más débil, su peso en España y en el mundo ha quedado disminuido y coartado probablemente para mucho tiempo y sus más irresponsables dirigentes apenas cuentan ni quieren contar para gobernar en Cataluña y cuentan con serias dificultades para decidirse a facilitar que se gobierne fuera de Cataluña, incluso cuando se quiere gobernar a favor de Cataluña.

Como el secreto exhibido a la luz del día, la explicación es tan clara que nadie quiere aceptarla. Son las elites políticas, económicas e intelectuales catalanas las que tomaron la decisión de rendirse, enmascarada bajo los gestos grandilocuentes de una falsa independencia que no podían obtener y de la que se sabían incapaces de obtenerla. Cansadas de gobernar, de pelear para obtener más autogobierno, de pugnar por hacerse imprescindibles en el gobierno del conjunto de España, prefirieron desistir para concentrarse en el descompromiso de sus asuntos, el egoísmo del propio beneficio y el modesto tamaño de sus pequeños ensueños y ambiciones personales y locales.

¿Qué conclusión piensan deducir quienes quisieron experimentar con Cataluña para satisfacer sus diminutas ambiciones o sus inmensas ignorancias? ¿Querrán volver a tropezar en la misma piedra? ¿O acaso hay que evaluar de forma diferente y positiva la realidad estatutaria y constitucional en la que Cataluña ha conseguido sus niveles históricamente más altos de autogobierno?

Todos esperamos la respuesta. La promesa de tropezar de nuevo en la misma piedra, formulada solemnemente por los más obstinados, es el reconocimiento de una rendición definitiva. El regreso al catalanismo eficaz, gradualista y pactista, capaz de avanzar los pequeños pasos al modo europeísta en cada ocasión favorable, es la otra respuesta, que todavía no se ha producido y cuya materialización está de la mano de Esquerra.

El secesionismo estéril que hemos conocido, al contrario de lo que aparenta la impavidez de Oriol Junqueras, es la expresión de una profunda debilidad, de una enorme inseguridad y de una gran desconfianza en las propias fuerzas, una rendición en definitiva. Quizás estemos a tiempo todavía de superar esta aparente huida hacia adelante, convertida en humillante retroceso. Pero no es fácil romper el espejismo de una victoria inasible bajo el que se esconde una derrota tan contundente que ni siquiera quiere reconocerse como tal. Se necesita la valentía y la clarividencia que nuestra clase dirigente no ha tenido hasta ahora y que difícilmente se puede pedir a los ciudadanos sin el ejemplo previo de quienes pretenden dirigirles. 

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