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Sequía cultural absoluta en Guinea Ecuatorial

Se estrena el documental ‘El escritor de un país sin librerías’, basado en la experiencia de Juan Tomás Ávila, que vive en Sant Cugat, huido de la dictadura de su país

El escritor Juan Tomás Ávila en una imagen de la película.
El escritor Juan Tomás Ávila en una imagen de la película.

uan Tomás Ávila Laurel, Juanto, nació en España. Malabo, donde vio la luz en 1966, pertenecía entonces a España. Igual que la isla de Annobón, de donde es originario, “uno de esos lugares que, cuando se cuenta su historia, se dice que fue descubierto”, se narra en el documental El escritor de un país sin librerías, dirigido por Marc Serena (Manresa, 1983). A través de la experiencia de Juanto, la película (estrenada este viernes tras pasar por los festivales de Valladolid y L'Alternativa) plasma la situación de Guinea Ecuatorial, un país que se independizó hace 51 años y que, desde 1979, sucumbe bajo la dictadura del golpista Teodoro Obiang. Y allí, en el golfo de Guinea, vino al mundo este escritor que, tras una semana en huelga de hambre en protesta por la falta de libertades en su país, en 2011 decidió exiliarse a Cataluña. Desde entonces vive en casa de su pareja, en Valldoreix, cerca de Sant Cugat del Vallès.

Perseguido por la cámara

La película toma el pulso a la situación política, cultural y social de Guinea. Desde Sant Cugat, Juanto viaja a su país “perseguido” en todo momento por la cámara, que recoge su reencuentro con la familia, con los compañeros de la universidad, con gente de la calle que no está dispuesta a callar. Las imágenes, alternadas con ilustraciones animadas y complementadas con testimonios musicales (asoma la voz de Concha Buika —hija de exiliados ecuatoguineanos—, entre otras), nos estampa todas las desigualdades (heredadas y fomentadas) que maltratan ese país del que nadie parece querer hablar: “En el régimen del Apartheid, en Suráfrica, estaba todo muy claro para todo el mundo”, se queja Marc Serena. “Pues resulta que en Guinea Ecuatorial la España franquista instaló un sistema muy parecido. Guinea ecuatorial escapa de la ecuación norte-sur”.

“El rodaje no se pudo hacer con calma”, sostiene Juanto. Serena se siente orgulloso de ser de los pocos (acaso los únicos) en “filmar en Guinea Ecuatorial un documental que es crítico con el régimen”.

En 2015, recuerda el director, la película Palmeras en la nieve, que refleja las desigualdades del país, no se filmó en Guinea. “El mérito ha sido poder filmar la película”, dice Serena. “Juanto no tiene miedo, pero nosotros, el equipo, sí hemos tenido”.

Los que dan la cara en la película se juegan mucho. Oímos a los pocos que no temen hablar: los colegas universitarios de Juan Tomás; un grupo de actores que, tras un ensayo, llegan a la conclusión de que hay que “descolonizarse un poco”; jóvenes en una juerga nocturna; o un rapero que, con mirada inquieta (¿estará mirando si aparecen militares?), va escupiendo las verdades de la dictadura.

Son los menos, los valientes. Porque “en Guinea el silencio está relacionado con el miedo. La gente no tiene miedo por capricho sino porque ha vivido la opresión”, dice Ávila.

Vemos escuelas en las que los niños cantan el himno nacional... de España; locuciones del No-Do diciendo que “España nunca ha ejercido el colonialismo”; los lujos de la clase dirigente; chozas con techos de uralita; un cine... cerrado, claro; carteles de felicitaciones al dictador; una autopista apenas transitada. Y el 5 de junio el pueblo, sin escapatoria, celebra el “natalicio” del presidente. Ajeno al bombardeo mediático de felicitaciones (no falta el ahora viejuno Cumpleaños feliz de Parchís) por televisión, por radio, en carteles publicitarios, al más puro estilo megalómano, totalitario, Juanto permanece en la modesta casa de su familia. Para él, igual que para Gabriele (Marcello Mastroianni) en la película de Ettore Scola, no es Una giornata particolare.


El que se narra en la película no es el primer viaje que el protagonista hace de regreso a su país. “Yo me fui en 2001 cuando todavía tenía un visado válido después de asistir a una charla en la Fundación Olof Palme en Barcelona y nunca pedí asilo político, por lo que puedo regresar a Guinea cuando quiera. Asumir el miedo no tiene sentido”, explica, tranquilo, Juanto.

Escribir en español

El escritor, que dirigió en Guinea la revista cultural El patio, va tirando de los derechos de sus libros, básicamente, de los traducidos al inglés, al francés y al finlandés, porque en castellano son muy difíciles de encontrar. “Yo escribo en español, pero aquí no hay interés por Guinea Ecuatorial. Mi libro Arde el monte de noche lo editó en España Calambur en 2008 y pasó sin pena ni gloria. En 2014 se tradujo al inglés y fue libro del mes en el New York Times”, cuenta el autor, que ha dado charlas en varios países, incluida una gira por universidades de Estados Unidos.

La sequía en el consumo de cultura es terrible en Guinea Ecuatorial. “Si Joan Margarit decía que la libertad es una librería, este es un país donde no hay libertad”, reflexiona Marc Serena. La sequía en el único país africano donde el castellano es lengua oficial no es solo cultural, es absoluta.

 

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