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BARRIONALISMOS COLUMNA i

Padres y madres postizos

Recuerdo a muchos progenitores de mi infancia turnándose para hacerse cargo de mí y mis amigas, sin quejarse ni criticar nuestros cambiantes gustos musicales

Varias adolescente, gritan durante un concierto de Alejandro Sanz en 1998.
Varias adolescente, gritan durante un concierto de Alejandro Sanz en 1998.

Te recogerá la madre de Esther o la de Virginia. Con esa frase se despedía mi madre de mí muchas tardes en la puerta de la escuela de música. Otras veces se encargaba ella de mis dos compañeras y de mí. Se turnaban, dependían del lío que tenían. Hasta que llegó un momento en el que ya no hizo falta que fueran a buscarnos porque nos hicimos mayores. El tiempo ha pasado, sin embargo, todavía tengo muy presentes a Isabel, a Emilia y al resto de las madres y padres de mis amigas. Hoy, les toca a ellos.

No sé cuándo ni dónde tuvo lugar el primer concierto al que asistí, pero sí el nombre del grupo: La Década Prodigiosa, en la primera versión de la banda. Por aquel entonces, me pareció una maravilla. Jamás podré olvidar los nervios que tenía antes de ir, cómo lo conté los días posteriores en el colegio y quién nos llevó: Macario, el padre de María. Él no fue el único progenitor al que recuerdo sufriendo o riéndose con su hija y conmigo. A Luis, el padre de otra María, le ha tocado soportar la música que nos ha gustado en cada etapa de nuestra vida, ya fuera Alejandro Sanz, Los Fresones Rebeldes o Extremoduro. Sin preguntar, sin quejarse, sin criticarlo siquiera, iba. En caso de que le superara o tuviera alguna obligación, se ausentaba durante el concierto y nos esperaba fuera, puntual, tan pronto como concluía.

Los padres y las madres eran la leche, estaban siempre. Cuando me tocó hacer de bruja de Blancanieves, en segundo de EGB, no me acordé de llevar la manzana roja, y a escasos minutos de que me tocara salir a escena, la madre de uno de mis compañeros, que vivía cerca, apareció con una para que todo quedara perfecto.

Con Bea tenía un ritual fijo en verano: al regresar de la piscina, como éramos vecinas, nos duchábamos y la que acababa antes iba a casa de la otra a buscarla. Si Conchi, que era como se llamaba su madre, hacía tortilla, la mejor del universo, me avisaba para que yo no cogiera bocata y así poder disfrutar de aquel manjar.

Cuando Susana y yo nos creímos mayores y modernas, pero no teníamos ni edad ni permiso ni dinero como para ir a Madrid, mi madre nos llevaba al centro comercial Loranca, en Fuenlabrada, para poder comprar ropa que, por aquel entonces, nos parecía guay y diferente. En realidad, íbamos igual que el resto, no obstante, nadie nos lo decía para no romper nuestra alegría. Cuando María (la de Alejandro Sanz) y yo nos creímos aún más mayores y más conscientes, su padre nos llevó a nuestro primer mitin político. Y luego estaba el hit veraniego, el momento en el que me llevaban al pueblo o se venían al mío y, directamente, nos convertíamos en hijas postizas.

El barrio, la localidad, el municipio, la aldea, la cercanía, la infancia y la juventud hacían que la amistad se viviera en familia. Los años provocan que dure. Un saludo a todos los míos.

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