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OPINIÓN i

El Brexit como lección

En una sociedad dividida por aspectos existenciales, quizás el peor remedio es aplicarle un referéndum. Por primera vez en su historia moderna, los británicos optan por la ruptura y contra la evolución

Manifestación en contra del Brexit en el Parlamento inglés, el pasado miércoles. Ampliar foto
Manifestación en contra del Brexit en el Parlamento inglés, el pasado miércoles.

Contemplamos con una cierta tristeza el caos final del Brexit. La democracia británica era entre nosotros un mito muy consolidado, con razones y sin ellas.

Con razones porque muchos piensan que ya en el siglo XVIII, incluso a fines del siglo anterior, cuando la Revolución Gloriosa (y pacífica) de 1688, Inglaterra era una democracia parlamentaria. Algo hay de eso: por entonces se empezaron a limitar los poderes del monarca, se garantizaron ciertos derechos fundamentales —algunos incluso decenios antes— y aumentaron los poderes legislativos y de control en el Parlamento. Por tanto, en estos tiempos empezaron a desarrollarse en Inglaterra ciertos principios liberales. Escritores franceses, Montesquieu y Voltaire entre ellos, viajaron a Londres, permanecieron largas temporadas, admiraron el sistema inglés y en sus obras propusieron importarlo a su país. Probablemente, sin esta influencia no hubieran tenido lugar las revoluciones norteamericana y francesa, ni el Cádiz español.

Pero, a su vez, la evolución (que no revolución) británica fue continua pero muy lenta, con la cómoda ventaja adicional de crear un gran imperio que aportó abundante riqueza a las islas aunque la repartiera muy mal. Hasta hace relativamente poco, hasta el gobierno laborista de 1945, Gran Bretaña ha sido la sociedad más clasista de Europa occidental, probablemente más que España. Eton, Oxford y Cambridge eran el refugio que otorgaba el poder político, económico y social a una élite casposa, encerrada en sí misma, convencida de su superioridad moral y cultural. Las memorias de Tony Judt, que provenía de la clase media y estudió ya becado en Cambridge hacia 1970, algo que entonces era excepcional, muestra a las claras esta situación: los jóvenes que estudiaban en el King’s College de Cambridge, como fue su caso, disponían de una criada exclusiva a su servicio. Nanterre, al norte de París, donde se iniciaron las revueltas de mayo de 1968 era, ciertamente, otra cosa.

Por otro lado, como paradoja, a partir de esta época Londres empezó a sustituir a París como icono de la juventud y la moda: los Beatles, los Rolling, la minifalda de Mary Quant y Carnaby Street, Twiggy y La Gamba, el free cinema (tan distinto a la nouvelle vague). Ninguno de estos fenómenos procedía de las antiguas élites, ni de Eton, ni de Oxford ni de Cambridge: el horterismo de barrio ganó a la distinción british, los pubs a los clubs, el fútbol al cricket, los fotógrafos a los pintores: quizás los liberales y libertinos del grupo de Bloomsbury derrotaron, por fin, a los moralistas victorianos. Además, en los años ochenta y noventa, subido a la cresta de la ola Thatcher, Londres pasa a ser, junto a Nueva York, la capital del mundo financiero ya globalizado: desde los puentes sobre el Támesis ya se veían los peces de colores, los arquitectos de moda hicieron su agosto al construir vanguardistas edificios de oficinas junto al río.

Un mundo nuevo, libre y cosmopolita había emergido con fuerte empuje. Pero el viejo orden, la Inglaterra profunda, nostálgica del imperio, mentalmente conservadora, orgullosamente nacionalista, ferozmente contraria a la unidad de Europa, seguía existiendo, todavía estaba bien implantada. Esto es lo que no calculó bien Cameron al convocar el referéndum. Había dos Gran Bretañas muy distintas: la última evolución de la democracia, entendiendo la democracia como igualdad, la que se inició en 1945 con los cambios laboristas, había triunfado sólo en parte, a medias. La nostalgia por el pasado todavía seguía teniendo partidarios.

En una situación así, en una sociedad dividida por la mitad en aspectos existenciales, quizás el peor remedio es aplicarle un referéndum. El 52 contra 48 por cien que declaró vencedor al Brexit podía haberse invertido y que los vencedores fueran los partidarios de seguir en la Unión. Hubiera sido igual, el lío estaba armado. Por primera vez en su historia moderna, quizás desde los tiempos de Oliver Cromwell, los británicos optan por la ruptura y contra la evolución. Se debaten entre celebrar otro referéndum, un Brexit blando, salvaje, de consenso, duro…

Reflexionar sobre este grave error de los británicos nos debe hacer reflexionar a los españoles sobre el caso catalán. Hay bastantes puntos en común con una diferencia significativa: los tratados europeos prevén la salida de un Estado, ningún norma aplicable a nuestro caso la prevé. A la vista de las dificultades del Brexit ¿pretendemos nosotros un ejercicio circense del “más difícil todavía”? Quizás haya que poner límites a la insensatez.

 

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