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OPINIÓN i

El bloqueo de Cataluña

Por ahora, después de Artur Mas y Puigdemont, Quim Torra ha empeorado aún más la atrofia de las instituciones de la Cataluña autónoma

Torra y Puigdemont en Berlín, el pasado mayo.
Torra y Puigdemont en Berlín, el pasado mayo. gres

ERC intenta volver disimuladamente a los modos pujolistas del peix al cove después de haberlos repudiado como pecado autonomista y como obstáculo retrógrado en la marcha –más larga que corta– hacia la república catalana independiente. Con un nuevo catálogo de sumisiones, el peix al cove que fue la razón existencial del pujolismo reapareció con las transacciones correspondientes que, a pesar de tantos despliegues de fumistería, han sido el subtexto del Consejo de Ministros en Barcelona y la votación sobre los presupuestos en el Congreso de los Diputados. Que regrese aquel mercadeo puede parecer un aquietamiento de las aguas revueltas pero también es interpretable como un estancamiento regresivo y transgresor, en un momento en que haría falta nuevas dosis de imaginación institucional –generacional, interactiva– en la vida política de Cataluña, agrietada por el desacato y la falta de liderazgos sociales, desconcertada por deslealtades. Eso es lo que representa, aunque aparentemente contraste con la ruptura retórica, un rebrote camuflado de pujolismo como componente arterioesclerótico del sistema de vasos comunicantes entre Cataluña, el Estado y la dinámica económico-empresarial.

Si fuese así, después de las fiebres del independentismo estaríamos en lo mismo, en un proceso que es digestivo y no épico. Pero para pensar de tal modo hay que creer en la fiabilidad estratégica de ERC, lo cual es una ingenuidad arriesgada o una carencia flagrante de sentido común histórico. Pregúntenselo a Josep Tarradellas. Tan revelador respecto a la irrupción de los chalecos amarillos en Francia, el viejo ensayo de Alain Peyrefitte (1976) sobre el periódico descontento francés –traducido como El mal latino– sostiene que la memoria consciente de cada pueblo es cada vez más corta. Es aplicable a Cataluña aunque la veneración tergiversada de recodos históricos como 1714 pretendan lo contrario. La política de memoria corta predomina y lo demuestra que se hable más del mito de una Cataluña medieval dotada de soberanía moderna que del significado del tarradellismo. Lo mismo ocurre con una readaptación tosca de la táctica del “peix al cove” sin tener en cuenta las filigranas parlamentarias de Cambó o la conexión inextinguible entre Cataluña y el conjunto de España. Por llamarlo de alguna manera, para los entes pensantes del establishment secesionista tiene mayor prioridad legitimar la ubicación fuera de las opciones de la ley que los amplios márgenes que quedaron trazados en 1978.

Y al final de ese trayecto de rupturismo triunfante lo que los herederos del pujolismo divisan como menor de los males es un regreso al zoco pujolista, regreso arcaico porque prescinde de evidencias tan heterogéneas como la solidez constitucional o la desintermediación, las nuevas tensiones europeas o el desconcierto de identidades en un mundo pegado al smartphone. Una aclimatación política de ERC puede imitar los efectos de una cámara descompresora pero no dejará de ser un movimiento improvisado, sin credibilidad ni horizonte, sino más bien con una sobrecarga de caducidad. Que Oriol Junqueras lo intente tiene sentido: lo sorprendente es que haya núcleos económicos, nostálgicos y próximos a un postcatalanismo de transacción, que se lo crean.

Como tantos adolescentes japoneses, Puigdemont en su Waterloo y Torra en su burbuja de la Generalitat padecen el síndrome del hikikomori

Ni los sobresaltos bursátiles ni el proceso político de la Unión Europea interesan a la insólita amalgama de do ut des y desacato en ciernes que todos los días deja pasar oportunidades para una Cataluña hoy por hoy inquieta y desconcertada. Decrece la movilización independentista y sus residuos practican un radicalismo que es del todo ajeno a las formas del catalanismo histórico. También lo es ERC, desleal en la proclamación de la Segunda República, en octubre de 1934 y en los momentos más paroxísticos de lo que se conoce como procés.

Como tantos adolescentes japoneses, Puigdemont en su Waterloo y Torra en su burbuja de la Generalitat padecen el síndrome del hikikomori, no estudian ni trabajan, recluidos en sus estancias y en conexión permanente con la irrealidad de un videojuego cuyas consecuencias afectan a la convivencia de la ciudadanía de Cataluña. Mientras, el tren de la política improvisada y sectaria de ERC circula por un paisaje caracterizado por la superficialidad y la inconsistencia de las viejas élites de poder. ¿Quién va a sustituirlas? Por ahora, después de Artur Mas y Puigdemont, Quim Torra ha empeorado aún más la atrofia de las instituciones de la Cataluña autónoma, desde la parálisis administrativa a la desazón interna de los Mossos de Esquadra. Todo eso lleva a extremos de desconfianza. Cataluña es una sociedad bloqueada.

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