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CRÍTICA i

El ‘Mediterráneo’ de Serrat sigue emocionando

La gira 'Mediterráneo da capo' atraca por fin en Barcelona

El cantautor Joan Manuel Serrat.
El cantautor Joan Manuel Serrat. EFE

Y Serrat volvió a casa por Navidad. Era natural que tras ocho meses en la carretera el del Poble Sec quisiera pasar el solsticio de invierno con su gente. Y su gente estaba en el Fòrum, tres noches seguidas con todo el papel vendido desde hace meses, casi diez mil personas (para ser exactos 9.252 butacas ocupadas) dispuestas a celebrar con el cantante no ya la entelequia navideña sino algo mucho más telúrico y palpable: ese Mediterráneo que tenemos tan cerca y al que estamos tan unidos aunque a veces nos olvidemos de él.

La gira Mediterráneo da capo atracaba por fin en Barcelona y, además, en el local más cercano posible a ese mar que glosa. Había pasado en julio por un par de poblaciones catalanas dejando un magnífico sabor de boca pero después una inoportuna afección laríngea impidió que otros lugares pudieran disfrutar con la propuesta.

Así que una cierta expectación, que se notó en la algarabía reinante en el inmenso y desangelado hall del auditorio, rodeaba el estreno barcelonés de una aventura que, a priori, podría parecer desquiciada pero que, en este caso, en absoluto lo es: recuperar en escena un disco entero cuarenta y siete años después de su publicación. Claro que no se trataba de un disco cualquiera: si en 1971 Mediterráneo fue un auténtico bombazo con el paso de los años se ha convertido en una de esas raras propuestas que aúna público y crítica, habiendo sido elegido mejor disco del pop español.

Y la expectación fue en aumento en el interior de la sala ocupada por un público ya maduro que daba la impresión de haber saboreado ya el disco en el momento de su publicación. A las 21,10 horas, es decir, con solo unos minutos de retraso, se apagaron las luces, el auditorio entero contuvo la respiración durante unos segundos y los músicos empezaron con un popurrí de canciones del homenajeado elepé. Serrat apareció en el gigantesco escenario, traje oscuro, camisa abierta, sonrió, tomó la guitarra y el Mediterráneo, el mar, sus recuerdos, los nuestros, los de todos, anegaron toda la sala.

Así, sumidos en esa húmeda felicidad en la que la nostalgia bien entendida se entremezclaba más que con la actualidad con las ganas de un futuro más luminoso, pasó la primera hora. Y pasó como un vendaval, casi sin darnos cuenta. Serrat habló de los cuarenta y siete años transcurridos desde que compuso esas canciones en Calella de Palafrugell: “Podría haber esperado a los cincuenta años pero, tal como están las cosas, prefiero pecar de prudente y celebrarlo por anticipado”. Recomendando inmediatamente: “Si alguien tiene algo que celebrar que no espere a que el calendario le dé permiso”.

Todas las canciones del histórico elepé desfilaron una tras otra, aunque con el orden cambiado. Comenzó y acabó la tanda, lógicamente, Mediterráneo, esa canción con la que todavía una mayoría se identifica. Al acabar nos quedamos con la sensación de que nosotros hemos envejecido pero esas canciones ni un ápice. En sus nuevos arreglos, que tampoco difieren en su esencia tanto de los originales, sonaron frescas y cercanas, te siguen atrapando, emocionando, casi medio siglo después de haberse escrito.

Tras nuestro paseo marino, el concierto podría haber acabado y seguro que nos habríamos ido a casas exultantes , pero todavía quedaba más, mucho más. Lógicamente nadie se movió de su asiento y Serrat regresó, más sonriente si cabe, para contentar al personal. Fue un pequeño grandes éxitos en el que se fue hasta los inicios de su carrera: Cançó de matinada, M’en vaig a peu, Cançó de bressol, le cantó a la luna, a Barcelona, a la mujer, al tiempo pasado y volvió a cantarle al mar. Habló de la violencia de género, de la familia Ulises, de Don Quijote, de los plásticos que llena el fondo marino y calificó ese Mediterráneo que unificaba la velada como “un sarcófago de cadáveres de hombres y mujeres”.

Cantó a León Felipe, a Josep Vicenç Foix, a Miguel Hernández, y el público cantó con él a Antonio Machado. Algo más de dos horas eufóricas que concluyeron, como cuarto bis, precisamente con ese también eufórico Cantares. En ese momento el personal decidió que ya tenía suficiente y, aunque algunos seguían aplaudiendo, una mayoría emprendió el camino de regreso a casa. Nos quedamos sin Paraules d’amor, otra vez será.

Mediterráneo da capo pasó por Barcelona mereciendo la nota más alta. Ahora se toma ahora unos días de vacaciones pero a mediados de enero vuelve a hacer las maletas y se va primero para las Islas Canarias y después para América de sur a norte, incluido el legendario Beacon Theatre neoyorquino. A lo mejor aún tendremos ocasión en Barcelona de volver a zambulliros en ese Mediterráneo serratiano antes de que se cumpla el medio siglo de vida, sin duda volveríamos a hacerlo con gusto.

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