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CRÓNICA

La conquista del ‘raor’, fiesta y locura

El estreno de la pesca, particular, a la antigua, del célebre pescado fino recuerda la carrera de la conquista del Oeste y una procesión del Carmen, una manifestación

Es el día de la conquista del raor y las Baleares tienen el mismo olor (amable) de pescado frito. Miles de pescadores retan la suerte para que muchos más comedores prueben la blanquísima y mínima carne y la piel del animal de colorines que en la sartén pasa a ser dorada.

La especie está mitificada, sí. Es un ejemplo moderno de locura colectiva, en el mar y en la mesa. El día en que se levanta la veda de uno de los pescados más delicados y curiosos del Mediterráneo, el 1 de septiembre, el acontecimiento rompe moldes.

El estreno de la pesca —particular, individual, con anzuelos y gamba, a la antigua— recuerda la carrera de los colonos de La conquista del Oeste. Quizás la concentración de tantas embarcaciones y gente conocida en tan pocos espacios, las pesqueras del blanco, (los simbólicos pescados solo habitan, comen y se entierran en los fondos claro de arena) se parece a la beata procesión marinera del Carmen; o a una manifestación.

Para el aficionado, la emoción es primitiva, con esporádicas y eléctricas picadas al anzuelo del menudo y raro raor, pescado solitario, caprichoso, muy bello. Al ser capturado en los fondos desiertos se rebela; en la barca, quiere huir, escurrirse, fuerte y resbaladizo, quiere morder los dedos de su depredador. Quedan rastros. En la misma pesca, lenta, aburrida por momentos, se capturan arañas (peligro), una especie de lenguados (pedaços), algún pulpo, besuguitos, peces voladores, y, entonces, parece que al volantín se ha colgado una bestia.

La primera jornada, cuando se alza la prohibición de la pesca recreativa, sucede una comunión interinsular, un acontecimiento comunal, la mayor reunión de navegantes (miles) en un solo día en los alrededores del archipiélago. Es “un colapso social más que un colapso ecológico”, según observó en IB3 radio el investigador Josep Alòs del IMEDEA (Instituto Mediterráneo de Estudios Avanzados).

Alòs teoriza sobre las “características diferenciadas de personalidad” entre los raors, que se entierran en la arena para protegerse, si bien algunos son sociales y curiosos. Existen en muchos mares del mundo, pero no desatan la pasión de los mallorquines, menorquines, formenterers e ibicencos. El explorador submarino Fernando Garfella ha documentado con sus cámaras la aventura secreta de estos bichos tan hermosos. Es una revelación de parte de los misterios de los veranos mediterráneos. En invierno, son invisibles.

Los baleares tienen pocas fiestas, manías e hitos compartidos en las cuatro islas, exceptuando quizá las carreras de trote, de caballos trotones con cabriolet. El raor es, por eso, un pescado simbólico, bandera, que motiva transversalmente el deseo de los nativos, residentes y adheridos. Durante los últimos años, en la tele, en todos los medios, han hecho de la costumbre una macrotradición y una neofiesta compartida.

El mismo día que se acaban los tiempos de pesca de otro animal marino rojo (la langosta) empieza la época de capturas permitidas del raor y también es la temporada de la lampuga, otro de los endemismos culturales mallorquines (y de Malta, pescado nacional).

Hasta 100 euros y más se pagan en las pescaderías por un kilo de raors. Los privados no pueden vender las capturas y los profesionales se dedican poco, ya casi no lanzan palangres, una apuesta compleja de antaño. Desde hace unos años, la obsesión culinaria, la moda, hace llegar hasta Palma partidas del Senegal, Argelia y de los mercados catalanes, pero los ejemplares se distinguen a la vista: suelen ser más grandes y, muchas veces, han sido refrigerados o congelados.

El deseo, la pasión por el raor, liga un poco con su belleza y misterios y, posiblemente, con su pesca, que es una lotería. El exquisito emigrante de playas sumergidas pica cuando quiere, según el sol, el viento, las corrientes. Muda de sexo y un macho lidera una bandada de hembras. Come mariscos y es casi el único habitante del desierto del arenal sumergido. Desde el siglo XVI está documentado y dibujado en los manuales. Seguramente el salto a la fama llegó a los años 80 del XX, cuando el presidente español Felipe González, en sus vacaciones mallorquinas, fue a pescarlos en Port Andratx con el viejo marinero, el patrón Cristino. La autoridad lo contó y los medios le dieron más categoría pública.