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OPINIÓN

Fabricantes de ratafía

Este licor se ha convertido en un elixir que, al permitir recuperar la república perdida, crea universos paralelos

Imagen del vídeo de Torra promocionando la ratafía.
Imagen del vídeo de Torra promocionando la ratafía.

Los símbolos están tomando el relevo a la política. Continuadores concienzudos del legado de Puigdemont, para el Gobierno del president Torra lo importante es la apariencia. Se generan mensajes –a veces incluso falsos­– para simular que el cadáver de la república catalana goza de buena salud. La nueva entrega del procés continúa pues donde acabó la temporada anterior, pero con otros protagonistas.

El trato dispensado recientemente al ex diputado finlandés Mikko Kärnä, gran activista pro-independencia en las redes sociales, da idea de las horas bajas en que vive un Gobierno autonómico que debe parecer constructor de república. Para alimentar el marco mental procesista, el propio president no duda en ascender en las redes sociales al citado ex diputado a diputado. Le dio la bienvenida mientras en el carrillón del Palau sonaba Finlandia del postromántico y nacionalista Jean Sibelius. En su colorista crónica, Cristian Segura desgranaba algunos rasgos políticos de Kärnä, un político en línea con el simbolismo vigente, pues saluda desde la república catalana a Felipe VI, Twitter mediante, pidiéndole que renuncie al trono, o solicitando que Finlandia rompa relaciones con “la tiranía franquista” española.

El rango dado a la visita del ex diputado lapón recuerda la desproporción con que durante la época de aislamiento franquista se dispensaba a personajes como el conde Potocki, uno de los ilustres invitados al Congreso Eucarístico de 1952 en Barcelona.

En la Cataluña de 2018, el independentismo hegemónico trata de generar una atmósfera que permita respirar e ilusionar a un sector de la población que quiere vivir en un estado independiente. El mordisco de realidad a la república virtual lo proporciona la evidencia de los políticos presos en una aplicación abusiva de la prisión preventiva: especialmente sangrantes resultan los ya más de 10 meses de encarcelamiento de Jordi Sànchez y Jordi Cuixart.

Mientras el mundo real sigue su camino, el procesismo recrea su ficción paralela. La Generalitat habla de restaurar leyes impugnadas por el Tribunal Constitucional, pero las entiende como un elemento de desobediencia simbólica, no como un instrumento de transformación política. Al tiempo que el Ayuntamiento de Barcelona pone en marcha una comercializadora pública de energía eléctrica, toma un papel activo en la acogida de refugiados o lucha por lograr un parque de vivienda pública, la Generalitat subasta 47 edificios procedentes de herencias intestadas. Definitivamente, el onirismo nacionalista evita que la realidad estropee su ordenado mundo.

En ese cóctel no podía faltar el alcohol bien entendido. El president Torra se ha sumado a la fabricación de ratafía para hacer, según propia confesión, “país, paisaje, color, familia y tradición”, relataba Jordi Pueyo en estas páginas. No estamos ante un licor cualquiera: Anna Gabriel envió nueces verdes desde Ginebra y a Clara Ponsatí ­–la ex consejera que dijo que el rey iba desnudo y la Generalitat de farol con la independencia– se la invitaba a buscar nogales en Escocia para hacer otro tanto y así contribuir a internacionalizar el conflicto a través de la ratafía, esa suerte de ayahuasca procesista. Incluso para un amplio sector de la ciudadanía que está en contra del encarcelamiento preventivo de los políticos catalanes, que ve ilógico que otros hayan tenido que huir para evitar la prisión, que se opone a la judicialización de la política o que busca una salida política negociada a la crisis, la ceremonia de fabricación de ratafía adquiere unos tintes iniciáticos de religiosidad difícilmente compartibles por rayar en el ridículo. Todo vale para encubrir el gran fiasco en que acabó la república y por ello se da gran valor simbólico a pequeños detalles ya sean amigos lapones o fabricación presidencial de ratafía. El licor, preparado por un taller en Santa Coloma de Farners en el que participó Torra, será enviado a los políticos catalanes en el extranjero. Se trata de saber qué sabor tiene la tierra, ese mundo armónico y familiar que pervive en los genes de una parte mayoritaria del nacionalismo catalán desde Torras i Bages.

La ratafía se ha convertido en un elixir que, al permitir recuperar la república perdida, crea universos paralelos. A la invención de la tradición, noble tarea a la que se entregan con tesón todos los nacionalismos, hay que sumar la modificación de un presente a base de hipérboles. Son los signos de los tiempos del procesismo. Mientras unos fabrican ratafía, la realidad sigue ahí.

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