A la caza del capitán Ahab
Extraordinario Josep Maria Pou en un poético y estremecedor montaje de 'Moby Dick'

Josep Maria Pou es Ahab. Lo es física y espiritualmente en una interpretación del enloquecido capitán del Pequod tan arriesgada y apasionante en sus dudas como en sus certezas. Las necesita para dar caza a un personaje agotador que, en la versión de Moby Dick dirigida por Andrés Lima, adquiere una estatura tan titánica como la novela de Herman Melville. Huele a éxito este montaje, por la osadía de la hábil adaptación teatral de Juan Cavestany, la complicidad de Lima y un inmenso Pou que, en un memorable estreno, impactó al público que llenaba el Teatro Goya.
Pou deja ver y sentir al espectador la pasión, la sabiduría, y los riesgos que asume un actor cuando se enfrenta a un gran reto. Desde que los ricos matices de la iluminación de Valentín Álvarez dejan vislumbrar la mirada enloquecida de Ahab, su siniestra figura y quejumbroso andar, con su pata de madera y hueso que rezuma dolor, Pou muestra sus cartas sin trampas.
El gran actor emplea un arsenal de recursos, con un arco vocal que va del susurro al grito y el aullido, para mostrar el instinto depredador que mueve a Ahab en su ajuste de cuentas con la vida y la muerte. Pero no viaja solo en esta aventura: "Sin imaginación no vais a poder seguirme", dice Ahab a sus marineros. Pou pronuncia esa frase, que es la puerta de acceso al montaje, con un tono y una intención tan bien calibrada que parece dirigirse personalmente a cada espectador. Si aceptas, puedes subir al Pequod en busca de emociones.
Moby Dick
Moby Dick, de Juan Cavestany. Josep Maria Pou, Jacob Torres y Oscar Kapoya. Director de escena: Andrés Lima. Teatre Goya. Barcelona, 29 de enero.
La primera proeza de esta aventura es la adaptación de Cavestany, que condensa casi todas las esencias de una novela de 700 páginas en una hora y veinte minutos de función que retratan el alma enferma de Ahab. Sus frases, sus gritos y aullidos se clavan como arponazos que agitan imágenes de sobrecogedora fuerza poética; se respira la grandeza de Shakespeare en la siniestra ambigüedad de Ahab, pues en su locura se dan la mano el bien y el mal, el diablo y el profeta.
Hay trazos de Orson Welles, del cómic y el cine expresionista, en la propuesta de Cavestany y Lima, que exploran la mente y el alma enferma de Ahab; también en la interpretación de Pou, que ha encarnado en escena a Welles y a un Rey Lear de referencia. La escenografía en forma de pasarela que sugiere la proa de un barco, firmada, al igual que el vestuario, por Beatriz San Juan, es un espacio teatral en el que, más allá de las imágenes proyectadas en la pantalla, la música y los efectos sonoros, emocionan sus recursos artesanos.
Junto a Pou, tan sólido y afilado como el gran arpón que esgrime en la función, el resto de la tripulación del Pequod queda en manos de dos actores, Jacob Torres (Starbuck, Ismael) y Oscar Kapoya (Pip), que se reparten con eficacia éstos y otros personajes del relato, a veces casi sombras humanas que perturban los pensamientos de su colérico capitán. Es un gran espectáculo y probablemente lo será más cuando el rodaje vaya limando, asentado y dando más naturalidad al esfuerzo interpretativo.
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