Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Auto de fe

El procés lo ha relativizado todo y ha evidenciado cuan delgada es la línea que separa al patriota del traidor

Miembros de la Mesa del Parlament después de declarar en el Supremo.
Miembros de la Mesa del Parlament después de declarar en el Supremo.Uly Martín

La presencia del independentismo ante los tribunales se ha comparado con la de los herejes en los autos de fe. Contrariamente a la idea generalizada, en estas ceremonias tan festivas y masivas como lamentables para el penitente no se ejecutaba a nadie: sencillamente el reo abjuraba de sus (presuntos) pecados y mostraba público arrepentimiento. Lo que contaba era el valor pedagógico del hecho, que sirviera de ejemplo ante la plebe. La ejecución llegaba luego por parte del brazo secular.

La debilidad es bien humana y perfectamente comprensible, pero acostumbra a estar reñida con la épica. Si se desafía la legalidad con una Declaración Unilateral de Independencia es que interiormente se está dispuesto a pagar un alto precio, aunque el gesto pueda revelarse tan fugaz como inútil. Debe tenerse mucha confianza en que o el sacrificio vale la pena o va a valerla a medio plazo.

En el caso que nos ocupa, las evidencias indican que ni ha sido ni va a ser así. Lo sucedido el pasado jueves con la comparecencia de la Mesa del Parlament ante el Tribunal Supremo entronca con la tradición del procesismo que consiste en decir una cosa ante los tribunales —una estrategia muy humana—, y otra ante el megáfono. No es nuevo. Con motivo de la consulta soberanista del 9-N, Artur Mas discurrió desde un categórico “la responsabilidad es toda mía” hasta culpar por inacción al Tribunal Constitucional por no advertir “si tan claro era el delito”. Puro instinto de conservación se argüirá. Es cierto y es un derecho que asiste a todo el mundo. Pero el procesismo ha logrado hacer de ello una virtud que ha revestido con el manto de la nueva política.

El magisterio máximo en esta materia lo ha desarrollado el PDeCAT, que pasó de defender los recortes a erigirse en abanderada de la revolución de las sonrisas; de protectora de los casinos a apóstol de la economía cooperativa y antimonopolista. Ahora el universo independentista se enfrenta al galimatías monumental de tener un Govern en el exilio belga, ocho consejeros encarcelados, los dos Jordis, Sànchez (ANC) y Cuixart (Òmnium), presos y la espada de Damocles de la justicia sobre la cabeza de los integrantes de la Mesa del Parlament.

El panorama no puede ser más desolador y los nuevos pasos que se dan desconcertantes. Al tiempo que desde Bruselas se reivindica la República, un manifiesto suscrito por personalidades independentistas y del mundo de los Comunes devuelve la ficha a la casilla teóricamente superada por el procesismo de pedir un referéndum legal y pactado con el Ejecutivo central. Esa jugada resulta de incomprensible lectura para quienes sostienen que la República está viva y hay que defenderla.

En el mundo real, Cataluña es una autonomía intervenida. No se han cumplido siquiera las condiciones fijadas por el disuelto Consejo Asesor para la Transición Nacional. Se habla del mandato del 1 de octubre obviando que los observadores internacionales designados por la propia Generalitat lo desaconsejaron explícitamente como base para la declaración de independencia. Si los extraterrestres visitaran Cataluña no sería fácil explicarles —intentado objetivar al máximo— que están en una república independiente que a su vez está intervenida por una potencia extranjera que es su gran enemiga.

Cada comparecencia del independentismo ante los tribunales enfrenta un mundo de ficción a un riguroso auto de fe, como los que protagoniza el fiscal general José Manuel Maza, a quien no le duelen prendas al extender el anatema al hereje al tiempo que le insta a volver al buen camino. La petición de prisión inflexiblemente reiterada por Maza abunda en ese sentido. Quizás convendría abandonar la política de tierra quemada, de derrotas humillantes aunque sea en detrimento de la fe verdadera. El procés lo ha relativizado todo y ha evidenciado cuan delgada es la línea que separa al patriota del traidor. Pero hasta los grandes inquisidores tienen los pies de barro, como demuestra la reprobación el pasado mes de mayo de Maza por el Congreso de los Diputados por intentar obstaculizar la investigación del caso Lezo de presunta corrupción del PP. Quizá haya que confiar más en la misericordia y recordar que la infalibilidad papal no fue dogma hasta el concilio Vaticano I, en julio de 1870, y no por casualidad: las tropas italianas preparaban su asalto final a los Estados Pontificios. Con frecuencia las razones teológicas más elevadas tienen raíces muy prosaicas.

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