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Desde Berga, emblema del separatismo: “No sabemos dónde estamos”

Los vecinos piden que se haga efectiva la declaración de independencia

Fachada del Ayuntamiento de Berga (a la derecha), con la estelada como única bandera.

Los pueblos de la Cataluña central, donde el independentismo está más arraigado, amanecieron ayer con una extraña sensación. A la declaración de independencia en el Parlament del pasado viernes le siguió un fin de semana en el que reinó una calma impropia de un país que se creía recién constituido. Ayer, primer día laborable después de la aplicación del artículo 155 de la Constitución, las noticias revelaban que el Gobierno catalán destituido estaba acatando, en la práctica, la intervención del Ejecutivo central. En Berga (Barcelona), ciudad de poco más de 16.000 habitantes gobernada por la CUP y con un Ayuntamiento casi completamente independentista, la sensación que había es que la república catalana no acaba de nacer.

“La verdad es que es todo muy raro, no sabemos dónde estamos: ¿en qué quedamos, tenemos república o tenemos el 155?”, lamentaba Albert Giménez, votante de la CUP. Esta ciudad se ha convertido en los últimos años en el corazón, junto con Vic y otras poblaciones de la Cataluña central, del independentismo más desobediente. Giménez, como tantos vecinos, ayudó con su voto a que la CUP ganase las elecciones municipales de 2015, se ilusionó con el referéndum del 1 de octubre y con la declaración de independencia, y ahora asiste con estupefacción a lo que considera una “bajada de pantalones”. “Supongo que tienen un plan, pero no entiendo por qué no estamos gobernando ya el Estado independiente, me parece una falta de respeto con los heridos del 1 de octubre”, advirtió.

El referéndum ilegal del 1-O no necesitó defensa alguna en Berga: la jornada transcurrió sin incidentes, aunque los llamados “comités de defensa” en los colegios electorales estuvieron muy preparados por si llegaba la policía. Sin embargo, en esta ciudad saben bien qué significa la desobediencia: hace algo más de un año, la alcaldesa, Montserrat Venturós, fue detenida por negarse a declarar ante el juez, que la investigaba por haber retirado la bandera española del Ayuntamiento. Su detención propició concentraciones de apoyo y situó a la regidora como una de las figuras políticas más activas de la izquierda independentista. Después de pasar la mañana en Barcelona, Venturós no quiso ayer responder a las preguntas de EL PAÍS con el argumento de que la estrategia de la CUP en relación con la aplicación del artículo 155 no está cerrada. Aunque consideran ilegítimo todo lo que provenga de este artículo, y también las próximas elecciones autonómicas, los cupaires tampoco descartan presentarse.

Las calles del casco antiguo de Berga están llenas de pintadas: “Votaremos”, “huelga general”, “libertad Jordis”… No obstante, el “votaremos” no tiene el mismo efecto cuando se piensa en unos comicios impuestos por el Gobierno, previstos para el próximo 21 de diciembre. “No podemos decir que no a unas urnas, pero ir a otras elecciones autonómicas sería un retroceso, no estoy seguro de que el independentismo se tenga que presentar”, reflexionaba ayer Pere, camarero de un bar en el centro. En una población tan independentista como Berga, el sentir general es que hay que aplicar el resultado del referéndum. En esta ciudad, se impuso el con un 94,8% de los votos, según el recuento que difundió la Generalitat. Sin embargo, también hay quien lo ve insuficiente, como Mayte Ferrer, una vecina que paseaba por el centro a media tarde. “Deberíamos pasar otra vez por las urnas, creo que hay que votar en una situación de normalidad”, dijo mientras su madre, negando con la cabeza, le cortaba: “Yo lo que quiero es que nos dejen todos en paz”.

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