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OPINIÓN

El tiempo, ese gran jugador

Mariano Rajoy sigue la Doctrina Queuille: No hay problema que no se resuelva gracias al paso del tiempo y a la falta de solución

El paso del año es un buen momento para recordar el papel del tiempo en la acción política. El control del tiempo es una de las palancas más interesantes en el combate por obtener y mantener el poder, que es la esencia de la política. Diferir los problemas, aplazarlos para fechas indeterminadas, cuando se sabe que no hay solución útil a mano, es un instrumento esencial del buen político.

Mariano Rajoy confía en la acción del tiempo. Siguiendo el ejemplo de uno de sus más longevos y penosos antecesores en la dirección del ejecutivo español, ha situado la carpeta sobre el conflicto secesionista catalán en el montón de los problemas que resolverá el paso del tiempo. Sigue la filosofía de su homólogo Henry Queuille, que presidió el consejo de ministros francés en tres breves ocasiones entre los años 40 y los 50, aplicando la doctrina por la que se hizo célebre: "No hay problema que no se resuelva gracias a la contribución del tiempo y de la falta de solución".

En favor de Rajoy hay que reconocer no tan solo su activa contribución a la falta de solución del problema —y paradójicamente, a su solución según el método Queuille— sino también su responsabilidad y su activísima participación en la fabricación del conflicto. A su responsabilidad se debe la ausencia del PP catalán en la ponencia de reforma del Estatut de 2006, la campaña de recogida de firmas contra el nuevo Estatut, el recurso de su partido al Tribunal Constitucional, la parte del PP de las presiones que sufrió el alto tribunal y luego la más absoluta inacción política en los cuatro años de proceso independentista.

Rajoy no se ha convertido tan solo en el Señor No para los catalanes: no al pacto fiscal, no a la consulta, no a cualquier reforma de la Constitución, sino que todo lo que ha hecho desde 2012 hasta prácticamente el nombramiento de Enric Millo como delegado del Gobierno y la apertura del despacho de Soraya Sánchez de Santamaría en Barcelona ha servido como combustible y estímulo al proceso independentista.

Que nadie se confunda respecto al diagnóstico. No es una cuestión de ineptitud política. Denigrar a Rajoy por falta de virtudes políticas es un ejercicio inane sin el más leve asomo de credibilidad. La dejadez respecto a Cataluña y la persistente abulia con que su Gobierno se ha enfrentado al conflicto son fruto de decisiones e ideas perfectamente coherentes y de una estrategia de repercusiones electorales calculadas.

Rajoy comparte con el independentismo una parte de la Doctrina Queuille: es precisamente la inexistencia de una solución al conflicto secesionista lo que conducirá a la solución real y efectiva. Los independentistas creen que la salida será la independencia, mientras que Rajoy cree que será el mantenimiento de las cosas tal y como están o incluso mejor para quienes desconfían del autogobierno de los catalanes. Se entiende el desprestigio de la Tercera Vía entre unos y otros. ¿Para qué habría que preocuparse por encontrar una solución si precisamente la ausencia de solución es lo que va a producir la desaparición del problema?

Rajoy tiene motivos para estar agradecido al soberanismo catalán. Es dudoso que en 2011 hubiera obtenido la mayoría absoluta que le ha permitido gobernar sin control parlamentario durante cinco años —especialmente el quinto de gobierno en funciones. Pero es seguro que no hubiera obtenido la investidura ahora gracias a la abstención del PSOE de no existir la reivindicación del referéndum por parte de Podemos y los grupos nacionalistas del Congreso. Los servicios prestados por el independentismo a Rajoy son inmensos e impagables. Y en honor a la simetría, la viceversa también es cierta. Ni Rajoy no sería hoy presidente sin el independentismo y sin Rajoy el independentismo no tendría la fuerza que tiene.

Ahora se diría que Rajoy ha introducido una leve matización. Ha sustituido la mudez, la torpeza y el disparate prodigados durante cuatro años de acción del Gobierno y del PP en Cataluña por el diálogo, la coherencia y la profesionalidad. No está mal. Reconozcamos que la falta de solución ha crecido en Cataluña hasta niveles tan altos que no hace falta ya seguir promoviéndola para sacar rendimientos en el resto de España. Si hay que dialogar, en el fondo, es porque hay en juego una disputa por los votos socialistas y de Ciudadanos en Cataluña. Para el resto, Rajoy sigue teniendo clara la doctrina: dejar pasar el tiempo sin hacer nada, ni siquiera tocar la Constitución; que la falta de solución siga perforando al socialismo en toda España y que la combustión interna en los otros partidos, en Podemos y Ciudadanos, siga reforzándole en su posición de Gobierno en minoría.

La doctrina Queuille tiene algún inconveniente. No es solo el tiempo lo que hay que controlar. La inacción política, con Francia metida en dos guerras coloniales consecutivas, fue la que se llevó por delante la IV República y condujo a un cambio de constitución y de régimen.