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CRÓNICA

Azulgrana en blanco y negro

Algunos periodistas fuimos cómplices silenciosos al final de las aventuras de Ronaldinho ‘Gaúcho’

Pere Cusola, nacido en la Masia, cuidó el césped y de la puerta de acceso al vestuario.
Pere Cusola, nacido en la Masia, cuidó el césped y de la puerta de acceso al vestuario.

¿Ha llegado El Gaúcho?Hubo un tiempo en que el ejercicio del periodismo consistía en ir cada día al mismo sitio, a la misma hora y preguntar a la misma persona, y a la misma gente, hasta saber que ninguno te podía eludir ni mentir, ni siquiera cuando se trataba de conocer las andanzas de un personaje tan díscolo como Ronaldinho.

Mi rutina empezaba en la entrada del estadio, frente a la barrera que desde una garita manejaba Fernando Calderón, cuya autoridad se expresaba en un señor bigote negro, disuasivo y tan rotundo como el propio Camp Nou.

“Ha entrado el coche”, respondió Fernando a mi pregunta, la mejor manera de no engañarme ni tampoco de traicionar a Ronaldinho y al Barça. La llegada del vehículo no garantizaba precisamente la presencia del 10. Aunque su Audi estaba aparcado como el de un futbolista más del plantel de Frank Rijkaard, El Gaúcho no estaba dentro, ni del coche ni del campo, sino que seguramente todavía descansaba de una noche más exigente que el entrenamiento matinal en el despacho de Manel en la sala Bikini. Ronaldinho había mandado a un chófer con su coche al Camp Nou. Así los periodistas no se extrañarían y supondrían que si no se entrenaba estaría en el gimnasio, en el servicio médico o en la oficina con el presidente Joan Laporta.

Muy poco después se dio un día en que, por el contrario y como muestra de la dispersión del brasileño, tampoco pasó por casa, recién salido de la sala de fiestas en la que disfrutó de sus mejores noches en Barcelona, y a su llegada se encontró con que no había nadie en el Camp Nou. No se había enterado de que el técnico dio fiesta a los titulares del Barça.

Algunos periodistas fuimos cómplices silenciosos al final de las correrías de Ronaldinho Gaúcho quizá porque al inicio habíamos sido partícipes de sus ruidosos triunfos en estadios como el Bernabéu. Aquel círculo virtuoso se convirtió en vicioso: si Rijkaard no tuvo el valor de quitar a Ronaldinho, el jugador que cambió la vida al barcelonismo, tampoco Laporta se atrevió a destituir al técnico que le permitió redimir el legado de Johan Cruyff. La complicidad que había entre directivos y futbolistas alcanzó a muchos periodistas, todos deudores de la sonrisa de El Gaúcho. La gestión de la información resultaba sencilla y cómoda, sobre todo mientras gobernó el Barça.

La externalitzación de servicios ha complicado unas relaciones ya debilitadas y deshumanizadas

El papel del periodismo agradecido se complica cuando el equipo deja de ganar y se impone contar los motivos sin atender a los intereses particulares sino por la necesidad de responder a la exigencias del oficio, que pide un cierto distanciamiento para buscar la noticia, encontrarla, contrastarla y publicarla, un proceso que durante un tiempo pasó por ganarse la confianza de los empleados cualificados del Barça.Fernando Calderón jamás me pasó una información, ni buena ni mala, sino que solo me dio conversación, atendió a mis preguntas y me puso sobre la pista de Ronaldinho. Tampoco Alfonsa García, la señora que cuidaba de los lavabos en la última planta del estadio, la de la tribuna de prensa, te contaba muchas novedades sino que simplemente con saludarla sabías por el tono de la conversación si algo serio pasaba aquel día en el Camp Nou. Y reconfortante resultaba también cruzarte con Manel Vich mientras caminaba hacia su cabina para cantar las alineaciones porque antes se había visto con el entrenador, con el presidente, y con la figura del equipo, sobre todo en tiempos de Ronaldinho.

La jornada de un periodista que cuidaba de la vida del Barça empezaba en la barrera de entrada del estadio y acababa en la puerta de salida del campo, después de pasar por la sala de prensa, bautizada con el nombre del inolvidable Ricard Maxenchs, y otear el acceso al vestuario que en su día guardaba Pere Cusola, capaz con una mano de cortar el césped y de imitar sin tacha las firmas de los jugadores, siempre requeridos para dedicar una camiseta o una pelota del Barça. A Cusola le sustituyeron personajes tan familiares como Bustos y ahora mismo José Muñoz. Nadie ocupó en cambio el puesto de Francesc Martí porque cerraron el bar de la prensa, el mismo en el que se anunciaban las alineaciones en una pizarra, y con el tiempo también desapareció la figura del sereno, un señor bizco que me explicó haber recibido una propina de 5.000 pesetas por dejar que una pareja celebrara la noche de bodas en el gol sur del Camp Nou. Y todavía sigo la pista de Avelino Blasco, el cocinero de la Masia, la residencia de los jóvenes futbolistas en la que comían trabajadores de la categoría de la secretaria Mercè Garriga o el coordinador del fútbol base Oriol Tort.

Habrá compañeros que recuerden a la telefonista Trinidad Turmo, por no hablar de fisioterapeutas tan serviciales como Ángel Mur, padre e hijo, o de utilleros entrañables, pocos como Papi Anguera o Txema Corbella. Aumenta por suerte la bibliografía dedicada a personas que dignificaron con su faena al Barcelona por la investigación de periodistas como Xavier García-Luque, Frederic Porta, Jordi Finestres, Josep Bobé o Ángel Iturriaga o de documentalistas del Barça de la categoría de Manuel Tomás por no hablar del historiador Carles Santacana. La mayoría son o han sido gente de club, leales a la empresa, y por tanto nunca dijeron una palabra de más, de la misma manera que no acostumbraban a confundir a la prensa, entregada a su rutina de pasear cada día por el estadio para tomar el pulso al Barça. Los periodistas necesitábamos interlocutores para chequear las novedades y solo a partir de una buena praxis, la que garantizaba un control de calidad y rigor, se establecía una relación de confianza, un pacto tácito con las fuentes, también con las del FCBarcelona.

La externalización de servicios ha complicado unas relaciones ya debilitadas y deshumanizadas desde que los empleados han sido sustituidos por ejecutivos y los clubes prefieren los especialistas en relaciones públicas y comunicación corporativa a los periodistas, hoy perdidos por el Camp Nou. Nadie nos necesita, tampoco los jugadores, y ya no tenemos a quien preguntar para saber sobre Neymar. No se trata de convertir cada crónica en un ejercicio de nostalgia y frustración sino de elogiar obras como la del fotógrafo Xavier Valls, que ha publicado un libro estupendo —El meu Barça en blanc i negre. Els sentiments d'una época(Base)—, con prólogo de Joaquim Maria Puyal, para recordar que si hoy el Barça es una marca ganadora y comercial es porque sobrevivió a la derrota, gracias también al relato periodístico que hoy se repudia en el Camp Nou.