CONCIERTOSCrítica
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Garantía de sudor

La banda de Kiedis y Flea renueva su fe en el músculo. Y, a juzgar por el entusiasta llenazo en el Barclaycard, el invento sigue funcionado

El concierto de anoche de Red Hot Chili Peppers.
El concierto de anoche de Red Hot Chili Peppers.Claudio Alvarez

Luego entraremos en matices, pero algún predicamento ha de conservar una banda que pulveriza en un par de horas las 32.000 entradas correspondientes a dos noches (martes y miércoles) en el Barclaycard Center.

Es probable que el discurso de Red Hot Chili Peppers tienda al agotamiento y que ninguno de sus tres o cuatro últimos álbumes hayan aportado gran cosa al canon estilístico definido a fuego durante los noventa. Parece evidente que el jovenzuelo Josh Klinghoffer nunca gozará como guitarrista del predicamento de John Frusciante. Y hasta sospechamos que Anthony Kiedis puede afinar mejor de lo que en algún momento lo hizo anoche. Pero los cien minutos exactos de espectáculo fueron una exaltación del músculo y la furia, el refrendo del rock como sublimación sonora de la catarsis y, para no escatimar detalles, una pasmosa virguería luminotécnica y visual. Habremos visto casi de todo, pero pocas cosas tan endemoniadamente bonitas como el envoltorio de esta gira de The getaway.

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La estrategia parece clara. Los peppers se proponen agotar al espectador antes de que ellos mismos evidencien los primeros síntomas de fatiga. Así, el concierto acaba planteándose como una hermosa confrontación de adrenalinas entre el gallinero y el escenario. Es difícil dirimir quién sale victorioso del duelo, pero no podremos jamás negarles a RHCP su compromiso y efervescencia, la condición de grupo que ofrece una garantía absoluta de sudor. Quizá esté de más el alarde innecesario de inaugurar la fiesta con un arrebato improvisado entre guitarra, bajo y batería, un duelo de testosterona que será amplísimamente superado durante la noche. En todo caso, asistimos a una sección rítmica que opera como una avalancha y se asegura de que sintamos en la boca del estómago el pálpito de cada semicorchea. Y de ahí, con seguridad, la vigencia de estos tipos, incluso tanto tiempo después de que se les acabaran las ocurrencias. Ya se sabe: algo tendrá el agua.

El cuarteto es muy hábil a la hora de conservar su idiosincrasia. Ahí están el movimiento perpetuo y ese encorvamiento simiesco de Flea, un bajista sencillamente brutal que a veces parece disponer de tantas manos como un shiva budista. Solo un tipo tan vigoroso como Chad Smith puede aproximársele en pegada. Klinghoffer parece el sobrinito bakala de alguno de ellos y Kiedis irrumpe con aspecto intencionadamente infame, cual prejubilado en su chiringuito marbellí: visera de guiri, camiseta gualdrapa, bermudas estampados en mil colores y canillas al aire. Y luego están los cilindros luminosos, esos cientos de tubitos colgados del cielo que suben y bajan para esbozar millares de geometrías, a veces inspiradas en la cadena gigante del ADN. No solo cuentan nuestros tímpanos, que en estos casos resultan castigados con severidad. En el caso de RHCP, la música también entra por los ojos.

Los Red Hot Chili Peppers en acción.
Los Red Hot Chili Peppers en acción.Claudio Alvarez

Al reciente The getaway se le reserva un protagonismo muy discreto, por mucho que Flea aproveche el tema central (mucho más vitamínico sobre el escenario que en el estéreo del salón) para descamisarse y exacerbar su perfil de brincador. Su virtuosismo con las dobles cuerdas es pasmoso, y no digamos ya la introducción instrumental, con Klinghoffer como escudero, para Californication. Al muchacho hay que agradecerle también sus segundas voces, de un inesperado y agradable toque andrógino. Agachado frente al micrófono cada vez que canta, con el pelo enmarañado sobre la cara, Josh parece el típico chiquillo malote al que le pillaron fumando en el ascensor.

Californication fue ese punto de inflexión en mitad del recital, el momento en que del calor se pasa al fervor entre las masas. Así dicho puede sonar a jerga de régimen totalitario, pero es una descripción ajustada. Hay algún momento macarra, chulesco y muy bien armado, como Suck my kiss. O la contrapartida sosegada de Soul to squeeze, enriquecida por un órgano sabroso que aporta uno de los hasta tres músicos de refuerzo. Nada inventan ya estos cuatro caballeros, pero al menos les renuevan la fe a quienes aún crean en el (inmenso) poder sanador de unos buenos guitarrazos. Una vieja historia, pero una historia que sigue haciendo méritos para ser contada.

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